Capítulo 36
Helena terminó su turno en el hospital a las ocho de la tarde con esa sensación de agotamiento que solo deja el final de una jornada interminable.
El trabajo dignifica, decía el sabio. Te honra, te realiza, te pule y te abrillanta.
El trabajo es la hostia. Pero al sabio se le escapaba una sonrisa irónica cuando lo afirmaba. Que de tonto no tenía un pelo.
A Helena su trabajo le importaba un bledo desde hacía tiempo, pero, como la inmensa mayoría de las personas, era esclava del dinero, y por desgracia lo sería siempre.
A pesar de la jornada laboral, tenía el cuerpo cargado de electricidad, una especie de temblor suave que la hacía caminar más deprisa por el Born bajo la luz dorada de las farolas que iluminaban las calles.
Llegó al paseo del Born, donde al otro extremo la esperaba Gabriela. Se miraron y la periodista levantó una ceja, cómplice.
—Mírala, de veintiún botones… Venga, dime, ¿qué te traes entre manos?
—He quedado con un tío —admitió medio vergonzosa, medio orgullosa.
—Vaya, me alegro. ¿Os estáis conociendo?
—¿Conociendo? Calla, loca. En la cama quiero conocerlo. Si cae un polvo, ya habré hecho el agosto. Y si además es bueno, habré hecho el año entero. No vuelvo a poner una lavadora con calzoncillos ni para Dios.
—También pueden ponerlas ellos.
—Quita, quita. Ni así.
Un hombre para una noche loca. Sin preguntas ni promesas.
Sin pasado ni futuro. Gabriela soltó una carcajada.
Quería creer que con Omar era algo parecido, pero en el fondo sabía que no era del todo así.
Ella a Omar lo quería. Encantada de la vida pondría lavadoras con sus calzoncillos. Lástima que todo fuera tan complicado.
Caminaron juntas un rato, rodeadas por el bullicio del Born, en dirección al bar donde el tío esperaba a Helena.
—Mira por dónde, los corazones eran del trío de arpías.
—Joder, qué fuerte, Helena.
—Eh, que me la trae floja. Muy floja. Y Rosa… Que le arrancaran el corazón no la convierte en buena persona. Qué callado te lo tenías, ¿eh?
—De algo así, si no estás segura…
—Sí, sí, mejor no decir nada. Lo entiendo. Por cierto, aquí tienes lo que me pediste.
Helena extendió el brazo con un sobre en la mano. Gabriela lo cogió y se lo metió en el bolso. Si su instinto periodístico no le fallaba, ahí estaba la llave para abrir la puerta de una bomba informativa que la catapultaría al Olimpo de la profesión.
—Muchas gracias.
—De nada. No creas, algún favor he tenido que hacer. Pero si pienso en García… Lo que le hicieron no tiene nombre. A ver si esto sirve para algo.
—Esperemos que sí. —Con el primer objetivo conseguido, Gabriela fue a por el segundo—. Por cierto, Helena, por el periódico corre el rumor de que tenéis ingresada a la mujer de un pez gordo, Baltasar Padilla, de Next Energy.
—Una tía muy esnob, ¿verdad?
—Se llama Teresa Alsina.
—Ah, claro… La marquesa. Sí que está, sí. Menuda señoritinga. Esta peña me saca la vena más radical.
—¿Por qué lo dices?
—A la señora no le gusta estar en un hospital público, ni compartir habitación ni la comida. Debe de ir cada semana a un restaurante con estrellas Michelin… Está en la mejor habitación del ICIB . Poderoso caballero es don dinero. Puta medicina privada.
—Pero las pruebas del ensayo clínico se hacen en el Sant Jordi, ¿no?
—¿Y tú cómo sabes que está en un ensayo clínico?
—Corre por la redacción del periódico.
—Sí, el ensayo es en el Sant Jordi. A mí me da la impresión de que aquí hay gato encerrado.
—¿Por?
—Un ingreso rápido, aceleraron los papeles de un día para otro, le permiten estar en el ICIB a todo lujo… Y lo que más apesta es que la descripción de su cuadro clínico coincide al cien por cien con el objeto del ensayo. Qué casualidad… Para los ricos la vida está llena de ellas.
El rostro de la misteriosa mujer que le había dado el USB en la cafetería de la calle Petritxol ocupó los pensamientos de Gabriela. «No me creas. Pregunta. Investiga». Pues bingo.
Ahí había tela. Segundo objetivo conseguido.
—Es aquí. —Helena señaló un bar con la barbilla.
—Muchas gracias por todo.
La mujer le guiñó un ojo, abrió la puerta del local y dejó que la música y la promesa de una noche intensa la envolvieran.
Media hora después, Gabriela llegaba a casa.
Emma y Paula ya estaban durmiendo y Kilian, tirado en el sofá, veía un partido de no sé qué.
Se encerró en el despacho para escudriñar el botín conseguido.
Abrió el sobre con delicadeza; DIN A 4, blanco, grueso y áspero.
A ojo de buen cubero diría que ahí había medio kilo de papel.
Tela a mansalva. Al ver el contenido, su rostro dibujó gestos de concentración: ceño fruncido, labios apretados, mandíbula rígida y la cabeza ligeramente inclinada hacia delante.
Esos papeles contenían un resumen de lo que había sucedido en el Hospital Sant Jordi las semanas anterior y posterior al 4 de abril de 2020, el día de la muerte de Toni García en pleno pico de la primera oleada de la pandemia.
Por esas fechas se registraban entre trescientas y cuatrocientas muertes diarias por un virus desconocido que procedía de China y que había puesto el mundo patas arriba.
Un caos para el que ni el sistema sanitario ni la sociedad estaban preparados y del que decían que la sociedad saldría más humana y fraternal.
Luego resultó que había fiestas ilegales, paseos de tres horas con perros y certificados de empresa falsos, esenciales para ahuecar el ala mientras en los hospitales se rifaban los respiradores. La condición humana nunca decepciona.
Helena había cumplido llevándole los dos bloques de información que Gabriela le había pedido.
El primero, una lista de todas las personas ingresadas en el Sant Jordi entre el 26 de marzo y el 12 de abril de 2020 con nombre, fecha de nacimiento, DNI , teléfono, correo electrónico, fecha de ingreso y fecha de salida o de defunción.
El segundo, todos los certificados médicos de defunción firmados durante aquellas dos fatídicas semanas de locura, entre ellos el de Toni García.
Desde la visita al edificio Saturno, Gabriela tenía la certeza de que los San Isidoro no estaban detrás del envío de los tres corazones.
En su interior había crecido la sospecha de que alguien quería vengar la muerte de Toni García y hacer pagar a Montse Casanovas, Santi Nadal, Olga Mir, Carla Sala, Ismael Valdés y Jesús Maria Barceló la confabulación para mandarlo a un juicio en el que tenía las de perder y que muy probablemente habría acabado con él en la cárcel durante como mínimo cinco años.
Si habían montado esos fuegos artificiales, bien habrían podido mentir sobre las circunstancias de su muerte.
Gabriela confiaba en que entre esos papeles estuviera la respuesta.