Capítulo 34
Todo principio tiene un final, y ese era el suyo.
Su cuerpo y especialmente su paciencia habían dicho basta.
Basta de jornadas interminables, de cargar con la presión de Makaroff, de buscar buenas historias para que el lector las devorara, de tener que demostrar su valía un día tras otro.
Una mañana te levantas y te das cuenta de que estás hasta el gorro.
Sí, Rai se jubilaba. Le abría los brazos a la idea de una vida tranquila: clubes de lectura, largos paseos, recuperar las clases de piano y una cerveza frente al mar. Nada del otro mundo.
No temía la soledad. Berta había muerto hacía ya muchos años y todavía no se había acostumbrado a su ausencia. El vacío que había dejado era imposible de llenar y, con periódico o sin él, eso no iba a cambiar.
El centenar de periodistas que abarrotaban la redacción lo miraban fijamente situándolo en el centro del foco por última vez.
Había compartido más de media vida con muchas de las personas que en ese momento esperaban sus palabras.
A algunas las apreciaba de todo corazón, con otras lo fingía, y a otras, no muchas, no podía verlas ni en pintura.
Pero allí estaban, adoptando una expresión emocionada.
Eso que llaman hipocresía laboral. Las reglas de un juego llamado lo-que-sea-por-cobrar-una-nómina-a-final-de-mes-para-poder-poner-un-plato-en-la-mesa.
Había visto de todo entre esas cuatro paredes.
Había sido feliz allí, cierto. Pero en ese momento, el del adiós, estaba convencido de que no echaría de menos la redacción.
La recorrió con la mirada: Makaroff, Gabriela y los jefes de sección.
Incluso los de administración se habían pasado por allí.
Con todo listo, carraspeó y pronunció su epitafio profesional.
—Compañeros, compañeras, muchas gracias por venir.
Me hace mucha ilusión veros aquí. Hoy cierro una etapa muy importante de mi vida.
Después de más cuarenta años de profesión, este es mi último día como trabajador de un medio de comunicación.
No creo que pueda decir que dejo de ser periodista, uno nunca deja de serlo.
El tiempo ha pasado volando, como un soplido.
Hemos vivido muchas cosas juntos, pero sobre todo aquí he aprendido que, aunque la verdad no grita, resiste.
Que es terca y que hay que salir a buscarla.
A los jóvenes, a los que asumiréis responsabilidades: nunca dejéis de perseguirla, de contrastarla, aunque sintáis que la presión es insoportable. Lo haréis muy bien, estoy convencido.
Como si le pasara el testigo, la mirada a Gabriela estuvo muy bien elegida.
Ella dibujó con los labios un «gracias» al que Rai respondió guiñándole un ojo.
Después siguió el consejo que un sabio le había dado cuando aún era un chaval: había que marcharse en buenos términos de todas partes, que la vida da muchas vueltas.
Era el momento de los agradecimientos y de una frase alentadora para cerrar el discurso.
— La Tribuna me lo ha dado todo y he intentado estar a la altura.
Gracias a Joan Vidal, que en paz descanse, por haber confiado en mí.
Él me fichó cuando yo era un joven redactor de El Universal .
Ernesto —lo buscó con la mirada—, gracias por creer en mí estos últimos años.
Y a los demás, gracias por el día a día, por el trabajo y por el compañerismo.
Os llevaré siempre en mi corazón. El futuro es vuestro. Salid a buscarlo.
Rai se llevó la mano a los labios y lanzó un beso al aire de la redacción, que lo ovacionó largamente.
Pues ya estaba hecho. Adiós y muchas gracias. Rai cortaba la cinta que inauguraba el inicio de una nueva vida.
Cuando los aplausos se apagaron, los periodistas volvieron a sus mesas y la corriente llevó a Rai hasta el despacho del director.
—Te echaremos de menos.
—No digas chorradas. En dos días no os acordaréis de mí. El periódico no se detiene.
—No eres fácil de sustituir.
—Nadie es imprescindible, Ernesto. Además, ya te dije que Gabriela está preparada. Tiene criterio y pisa la calle. Ponle la zanahoria cerca para que llegue y te dará buen resultado.
—No os quejaréis. Para zanahorias, las que os habéis llevado los dos.
—Sí. Tres pagas dobles, para ser exactos. Tú nos retaste y hemos competido. Señal de que lo hemos hecho bien. Ah, y la casa se ha beneficiado. Un pacto es un pacto. Y hemos cumplido. Es buena, créeme.
—De momento será interina hasta que demuestre que vale para el puesto. Que me traiga cosas. Entre nosotros, quiero que sienta la presión desde el primer día. A ver si es capaz de aguantarla.
—Nadie puede demostrar su valía hasta que le dan confianza.
—El tiempo lo dirá, Rai.
A rey muerto, reina interina puesta. Y que espabilara para cumplir con las expectativas. Más le valía, o ya sabía dónde estaba la puerta.
Rai y Ernesto se dieron un apretón de manos. El primero sin la distancia que establecen los galones.
Después, Rai salió del despacho y se marchó sabiendo que la redacción seguía viva. La melancolía llamó a su puerta, pero no consiguió arrancarle ni una sola lágrima. Hay cosas en la vida por las que no merece la pena llorar, y el trabajo es sin duda una de ellas.