Capítulo 32
Todos habían mentido. Todos. Del primero al último.
El director comercial había mentido, la directora de Marketing había mentido y la directora de Suscripciones había mentido.
Todos habían inflado los números en las proyecciones de ingresos.
Y el director general se los había tragado o se los había querido tragar para poder presentárselos al Consejo de Administración.
Patada hacia delante y pan para hoy, hambre para mañana.
Pero el mañana ya había llegado. Entrados en el último trimestre del año, el batacazo económico que se vislumbraba era de los que dan vértigo.
La Tribuna estaba con el agua al cuello.
El director financiero, con la voz ligeramente temblorosa pese al intento de mantener la serenidad, repasaba las cifras.
Los ingresos en suscriptores, en publicidad convencional y en publicidad digital no compensaban la caída del papel ni el nivel de gastos.
En la sala de juntas, los miembros del Comité de Dirección del periódico miraban los informes con cara de circunstancias.
Ceño fruncido, labios apretados y tics nerviosos en la pierna eran la tónica general de unos directivos que habían hecho una gestión desastrosa.
Todos estaban con los brazos cruzados, como si intentaran protegerse del temporal que se avecinaba.
Ernesto Makaroff rompió por fin el silencio.
—A la administración pública ya no puedo pedirle más subvenciones. Les he sacado un diez por ciento más de lo que pacté a principios de año. Y que conste que este no es mi trabajo, pero lo hago. Esto arregladlo vosotros. —Los ojos del director del periódico estaban llenos de rabia.
—Ernesto, no me negarás que la redacción no ha recortado lo suficiente el gasto en colaboradores —se atrevió a decir el director comercial.
—¿Esto me lo dices tú? Tú, que no has conseguido un puto patrocinio en todo el año. Ni uno solo, ¿eh? ¡Uno! Con todos los especiales que hemos hecho. No hacéis más que desaprovechar el trabajo de la redacción.
—Los anunciantes buscan audiencia, Ernesto. Y hemos bajado. Nuestras noticias no despiertan el mismo interés que antes. Un poco de autocrítica, por favor.
—Llevo muchos años en el negocio. Muchos más que todos vosotros juntos.
Y siempre está el típico listillo que no sabe interpretar los datos de audiencia.
Veo que en La Tribuna eres tú. Sin ir más lejos, no habéis aprovechado la exclusiva de los corazones, que lo reventó en audiencia hace unos días.
¡Haced el puto favor de aprovechar todo lo que hacemos para facturar, joder!
A ver quién le explicaba a todo un director de periódico que, por mucha exclusiva que fuera, ninguna marca quería relacionarse con un tarado que envía órganos a un cardiólogo moribundo.
«Red Cola patrocina el envío de tres corazones humanos».
Esperpéntico. Qué pereza oceánica explicar algo tan sencillo.
Pero la batalla estaba perdida, y el director comercial prefirió agachar la cabeza y ahorrarse la réplica, porque ya sabía de qué iba el tema bajo ese techo: la fuerza de los galones siempre acababa imponiéndose. Así que a tragarse el sapo y a seguir.
Con cada nueva diapositiva que exponía el director financiero, el silencio se hacía más denso, como si el aire se comprimiera. Todo el mundo quedaba retratado.
—¿Y ahora qué? —Makaroff hizo la pregunta incómoda que nadie se atrevía a verbalizar.
—Lo veíamos venir, pero nadie quiso tomar decisiones cuando tocaba.
Vosotros pusisteis la cifra que teníamos que alcanzar en lugar de consultar a los que estamos cada día en la trinchera.
Ya os dije que no se puede crecer un veinticinco por ciento de un año para otro.
Aquí tenéis las consecuencias. Nuestro problema son los gastos, no los ingresos.
—Con este comentario, la directora de Suscripciones se la jugó, y mucho.
—¿Y qué quieres que hagamos? Tenemos que ingresar más para hacer un periódico como Dios manda —le replicó Ernesto.
—Deberíamos haber hecho un presupuesto coherente. Ahora decidid vosotros qué coño hacemos.
—¿Cuánto falta? —Makaroff miró al director financiero.
—Doscientos cincuenta mil.
El silencio cayó sobre la mesa de roble macizo de la sala de reuniones como una losa.
Para una empresa como La Tribuna , doscientos cincuenta mil euros eran una fortuna.
Las miradas entre los miembros del Comité de Dirección lo decían todo.
Eran acusadoras, de frustración contenida, de agotamiento mental tras años remando contracorriente en las aguas bravas de un negocio que se apagaba.
En el ambiente flotaban las ideas de un ERE , de cerrar alguna delegación y de recortes drásticos, pero nadie se atrevía a ponerlas en palabras.
También flotaba el peso de la responsabilidad no solo sobre los números de la empresa, sino también sobre los trabajadores y sus familias.
En esos momentos, la misión del periódico en una sociedad cada vez más desinformada era absolutamente secundaria. El único objetivo era salvar el cuello.
Los segundos se alargaban. Todos los presentes sabían que esta vez no saldrían adelante sin ensuciarse las manos. La tensión era tan espesa que poco faltaba para que fuera tangible.
—Hablad con los bancos para pedirles un crédito, vended a vuestra madre, prostituiros si es necesario, pero la semana que viene quiero un plan realista para conseguir estos doscientos cincuenta mil. Realista. ¿Queda claro?
—Ernesto, doscientos cincuenta mil en tres meses es imposible —protestó la directora de Suscripciones.
—Tranquila, ya no es tu problema. Has dicho que ahora decidamos nosotros qué coño hacer, ¿verdad? Pues la primera decisión es que estás despedida. Ya puedes largarte de aquí.
Solo hay cuatro maneras de marcharse de un trabajo: irse a otra empresa, jubilarse, ser despedido o morirse.
Y, en cualquiera de estas situaciones, a las dos semanas la persona solo será un recuerdo lejano y los compañeros habrán olvidado el pedacito de salud que se dejó para sacar el trabajo adelante.
El caso de la directora de Suscripciones no sería diferente.
Ernesto Makaroff salió de la sala de reuniones con un objetivo entre ceja y ceja: demostrar a los ineptos del Comité de Dirección cómo se hacen las cosas.
Cuando llegó a la antesala de su despacho, Rai ya estaba esperándolo sentado en el sofá.
Un rato antes, el director le había enviado un mensaje de WhatsApp diciéndole que quería verlo «ahora mismo».
Y Rai, amén al capitán de ese buque insignia del periodismo llamado La Tribuna , allí estaba.
Durante la espera se había sumergido en otro mensaje, el que le había llegado hacía apenas veinte minutos.
Un chute de adrenalina de la altura de un campanario.
La pantalla le iluminaba la cara con esa luz blanca que siempre parece más sospechosa de lo que es en realidad.
Releyó el mensaje y esbozó una sonrisa de esas que llenan la cara.
Era tan buena y tan oportuna la información que acababan de darle que parecía hecho expresamente.
Hacía mucho que Rai conocía a Makaroff. Cuando quería verte «ahora mismo» era porque pretendía acelerar un tema, y, que supiera el director, él solo tenía el de los tres corazones en curso.
Estaba tan concentrado en el móvil que no se dio cuenta de que tenía a Makaroff plantado delante de él observándolo.
No con mala intención (o sí, en el caso de Makaroff nunca se sabía).
Fuera como fuese, en ese instante Rai se sintió como si lo hubieran pillado haciendo algo terriblemente comprometedor.
El silencio de ese segundo fue eterno. Sintió que se le calentaba la cara; seguro que se había puesto como un tomate.
Pero Makaroff, preocupado por la reunión del Comité de Dirección, entró en el despacho.
Rai lo siguió sin decir ni pío. No esperaba unas disculpas.
¿Dónde se ha visto que un director de periódico pida perdón por llegar tarde a una reunión?
Rai se había guardado rápidamente el móvil en el bolsillo y había cambiado la sonrisa por una cara de póquer impostada.
El despacho de Makaroff presidía la redacción desde un punto elevado. A través de la inmensa vidriera que hacía de pared podía ver en todo momento lo que hacían sus periodistas. Desde allí, el director disparó.
—Rai, necesito un bombazo de audiencia. Es urgente. ¿Cómo lleváis el tema de los corazones?
Lo sabía. Sabía que se lo pediría. A Rai estuvo a punto de escapársele una sonrisa, pero de entrada siempre era mejor hacerse el sueco. Decir lo que sabes nunca te beneficia si la partida no está muy avanzada. Jugar con las cartas marcadas asegura la victoria.
—Gabriela y yo estamos en ello. Si me lo pides, lo aceleramos. Ya sabes que, por el periódico, lo que haga falta. ¿Para cuándo lo necesitas?
—Para hoy mejor que para mañana. Necesito petarlo en audiencia para que los de gestión se caguen encima.
—Te digo algo pronto.
Cuando Rai se marchó del puente de mando, por fin pudo soltar una larga sonrisa que al menos se prolongó hasta que llegó a su mesa de la redacción. Delante de él, Gabriela tecleaba concentrada.
—Gabriela.
Pero ella como si nada.
—Gabriela.
—Perdona, acabo llegar. He ido a hablar con Helena Soto y estoy transcribiéndolo todo. Dime —le contestó sin desviar la mirada de la pantalla.
—Ya sé de quién es el tercer corazón.
Gabriela dejó la pantalla de golpe y miró a Rai, que levantaba el móvil que contenía el mensaje que Ricard Pedrola le había enviado desde el laboratorio de Egara.
—¿Recuerdas el cadáver que encontraron en Sóller hace un par de semanas?
—Sí, leí la noticia.
—Le habían arrancado el corazón. Es Rosa Vila. El laboratorio de los Mossos ha confirmado el ADN . Tenemos que preparar una información para mañana. ¡Ah! Y vete pensando en qué te fundirás la paga doble.