Capítulo 31 #2
—García tenía una obsesión especial con los medios de comunicación y lo presionaba mucho.
Era exagerado, hasta donde sé. Buena parte de su fama la consiguió por saber gestionar los medios.
Y, si me lo permites, manipularlos. Era insaciable.
Si publicaban media página de entrevista, él quería una.
Si salía dos minutos en el telediario, él quería cuatro.
Si salía cuatro, él quería salir en los titulares.
Siempre pedía más y más. La tensión llegó a tal punto que un día lo despidió a gritos.
—Pero si todavía es el director de comunicación…
—Barceló lo repescó después de la muerte de García.
—¿Por qué lo despidió?
—Entrevistaron a García en El Universal .
Nada menos que Abel Martín. Resulta que leyó la noticia en la web y al día siguiente tenía que salir en la edición de papel.
A García no le gustó el titular y exigió a Isma, como responsable de comunicación, que lo cambiaran.
Pero Abel Martín dijo que a él no le tocaba un titular ni el santo padre, y por sus huevos no lo cambió.
Por lo visto, estas estrellas del periodismo se creen dioses.
Bueno, seguro que ya lo sabes. Isma intentó que García lo entendiera, pero no hubo manera.
Le pegó una sarta de gritos y lo despidió.
—Y después de morir García recuperó el puesto.
—Así es.
—Joder…
—Sí, joder. ¿Quieres más? La lista es larga.
—Dispara.
—Rosa Vila, claro. Se tiró un montón de años pidiéndole un aumento de sueldo y siempre se la pasó por el forro.
—A Helena se le escapó una sonrisa de lo más maliciosa—.
Perdona. Ya sabes que esa idiota me cae como el culo.
Puedes imaginarte que las argumentaciones de García para negarle el aumento eran expeditivas y no demasiado diplomáticas.
—Me dijiste que lo de la agresión sexual no te cuadraba.
—A mí no. Ya te lo dije. García podía ser un tío difícil, pero creo que de ahí a agresor sexual…
Gabriela pensó que empezaba a ser urgente tener una conversación con Rosa Vila.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—¿A quién? ¿A Rosa? Ni puta idea. Yo, de esa, lo más lejos posible.
—Tú no puedes ni verla, pero a García le tenías cariño.
—Le tenía cariño porque me gustan las personas que van de cara.
No puedo con los falsos. Y qué coño, él siempre se portó bien conmigo.
No puedo decir lo mismo de los demás. Y eso, qué quieres que te diga, una no lo olvida.
También acabo de decirte que García era un tío difícil.
Eso también lo sé ver. La gente confunde ser estricto y querer imponer su criterio por el bien de la institución con ser mala persona.
Quizá sea sesgado, pero este es mi punto de vista.
—¿Te subieron el sueldo alguna vez?
—Mujer, después de veinticinco años trabajando, pues sí. Merecido, ¿eh? Que me dejo la piel.
—¿Quién aprobó el aumento?
—García.
—¿A ti te lo dio y a Rosa no?
—No compares, por favor. Yo curro mucho mejor que Rosa.
—¿Crees que podría haber sido capaz de denunciarlo por agresión porque nunca le subió el sueldo?
—Conociéndola, no me extrañaría lo más mínimo.
Resentida de mierda… Vendería a su madre por un plato de lentejas.
Y se vendió. Por supuesto que se vendió.
Y mira, al final se salió con la suya. Cuando a Jesús le interesó, la fichó para el ICIB y le duplicó el sueldo.
Le habrá quedado una jubilación guapa. Mala puta…
—La verdad es que, de puertas afuera, parecía que todo iba como la seda en el ICIB .
—Tanto Barceló como García tenían clarísimo el tema de las relaciones públicas.
Y un objetivo común los unió durante muchos años.
Pero García era la oveja negra. Estoy dispuesta a admitir que era un gilipollas, pero conmigo siempre se portó bien.
No puedo decir lo mismo ni de Jesús ni de los demás.
Un gilipollas, sí, pero iba de cara. Sin pelos en la lengua.
Los demás te la clavaban por la espalda.
—En la denuncia que interpusieron Montse Casanovas y Olga Mir, ¿todos testificaron en su contra?
—Hasta donde sé, sí. Todos.
—¿Incluso Jesús?
—Incluso Jesús.
—Sala, despechada. Isma, resentido por el despido. Rosa, frustrada por las negativas al aumento de sueldo. Jesús, hasta las narices de compartir la dirección. ¿Crees que fueron a cargárselo?
—¿A ti qué te parece? A mi modo de ver, aquello fue una confabulación en toda regla. La gente no acepta las críticas. Como decía mi padre: «Di las verdades y perderás las amistades».
—¿Crees que habría perdido el juicio?
—A ver, ¿tú qué crees? Al menos seis personas testificando en su contra y con acusaciones graves. Claro que habría perdido. Iban a por él.
—Pero no llegaron a juzgarlo.
—No. García murió de covid.
El corazón de Gabriela dio un pequeño salto.
De repente, todo lo que hasta entonces era confuso en su cabeza encajaba con una precisión absoluta, como si un velo se hubiera levantado y le hubiera mostrado una imagen nítida que no había sabido ver hasta ese momento.
Se quedó atrapada contemplando la fuente de Sant Joan, dándose cuenta de hasta qué punto había sido reveladora esa conversación en el claustro de la catedral.
Con las piezas del puzle en su sitio, necesitaba poder demostrar sus sospechas antes de publicarlo.
Sin cuerpo no hay delito, y sin pruebas no había noticia.
—Helena, ¿quieres desenmascarar esta confabulación?
—Ya sabes que no puedo con las injusticias.
—Pues tienes que conseguirme unos documentos. Toma nota.
Las sospechas de Gabriela iban por otro lado, y a Helena, con toda su buena fe, estaban utilizándola como una marioneta una vez más en su vida.
Si el pálpito de la periodista era cierto y la enfermera le conseguía la documentación, tendría las pruebas que harían detonar una bomba informativa sin precedentes.
Ya imaginaba la portada de La Tribuna . Y la paga correspondiente por gentileza de Ernesto Makaroff, claro.