Capítulo 31
En la girola que rodea el ábside de la catedral de Barcelona, Helena encendió un cirio a la Virgen del Carmen y se lo ofreció con toda solemnidad.
Estuvo unos minutos muda y concentrada en la imagen, abducida por un sentimiento de nostalgia que, el muy puñetero, hurgaba donde sabía que más dolía.
Luego, un suspiro, un beso en el puño a modo de ritual y salió de la capilla.
—No sabía que eras religiosa —le susurró Gabriela.
—No lo soy —le contestó Helena con una voz casi imperceptible.
—¿Y qué coño hacemos en la catedral?
—Solo tenía este rato libre y quería pasarme por aquí sí o sí. Hoy era el cumpleaños de mi padre. Él venía una vez por semana a poner un ángelo a la Virgen.
—¿Un ángelo?
—La vela que acabo de poner. En casa siempre la llamaban ángelo.
Mi padre era muy religioso. Rezaba todos los días y se santiguaba constantemente.
Salía de casa y se santiguaba. Cogía el coche y se santiguaba.
Empezaba un partido en la tele y se santiguaba.
Y así con todo. Y se cagaba en Dios como mínimo quince veces al día.
Era un tío curioso… —Los recuerdos le arrancaron una sonrisa—.
De pequeña venía aquí con él. Quiero creer que le alegraría que el día de su cumpleaños lo recordara así.
—Seguro que sí.
Cuando tu padre ya no está, recordar lo que te decía se convierte en el deporte preferido de todo hijo.
El vínculo de Helena con su padre ya no podía ser físico, así que la espiritualidad intentaba llenar el vacío.
En su caso, la muerte era una buena aliada de la vida.
Tenerla presente la ayudaba a vivir mejor.
En el ambiente flotaba un frescor húmedo y un olor polvoriento, como de libros viejos, cera de los ángelos e incienso reseco de alguna misa reciente.
Gabriela y Helena conversaban en tono eclesiástico y caminaban con el paso suave que requería la enorme carga simbólica de un lugar que llevaba siglos impregnado de fe.
—¿De qué murió tu padre?
—Una tía que iba borracha y drogada perdida lo atropelló. Tengo grabada aquí la llamada de la policía. —Se tocó la sien con el índice—. De un día para otro ya no estaba. Fue durísimo. De hecho, todavía lo es.
—Ostras, lo siento.
—Gracias. Ya hace siete años, pero a menudo todavía creo que entrará por la puerta de casa. El mismo día que lo enterramos dejé de beber y de drogarme. Se lo juré delante de la lápida. Y nunca he vuelto a hacerlo. Bastante lo hice sufrir en vida al pobre.
—Es el mejor homenaje que puedes hacerle. ¿Cómo lo lleva tu madre?
—Murió cuando yo tenía seis años. Casi no la recuerdo.
Que sí. Que ya se sabe que todo el mundo carga con sus cosas.
Que quien no tiene un ajo tiene una cebolla.
Pero es que Helena llevaba unos buenos manojos de cada en la mochila.
Adicciones, divorcio, muerte trágica de su padre y una infancia sin madre.
Todas las ilusiones de una vida frustradas por la tozuda realidad.
La colección de hostias era para enmarcarla.
La vida es dura, sí, pero para unos más que para otros.
Helena chasqueó la lengua y negó con la cabeza como si quisiera sacudirse la pena de encima.
—¿Sabías que el nombre de la catedral de Barcelona no es catedral de Barcelona?
—No jodas. ¿Y cómo se llama?
—Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia. Si alguna vez vas a un concurso de la tele y te llevas una pasta con esta pregunta, acuérdate de mí.
Podía darse el caso de que la nostalgia fuera una buena opción de vida, pero por ese día Helena ya había tenido bastante. Sacar a colación el nombre de la catedral era una excusa como cualquier otra para cambiar de tema, y Gabriela lo aprovechó.
—Te he traído el periódico de la entrevista que te hicieron.
Gabriela se lo tendió con una media sonrisa. No era por el periódico; Helena podía haber leído la entrevista en internet o comprado un ejemplar. Era porque se lo había prometido y esa era la demostración que había cumplido. Un puedes fiarte de mí con todas las de la ley.
—Para eso habíamos quedado, ¿no?
Y para sonsacarle información, pensó Gabriela, pero eso se lo calló.
La enfermera cogió el periódico y pasó la mano por la portada antes de abrirlo. Buscó la entrevista y la leyó de un tirón. Buen titular, buen contenido. Incluso se gustaba en la foto. Todo un diez.
Al alzar la vista, se encontró con Gabriela observándola en silencio. Había llevado el periódico cuando no tenía ninguna necesidad de hacerlo. Un detalle menor, quizá, pero suficiente para demostrar que cumplía lo que decía.
—Has cumplido. Muchas gracias, Gabriela.
—Ya te dije que siempre cumplo.
—Espero que sirva para que la dirección del hospital nos asigne más recursos.
Helena dobló el periódico por la mitad y se lo colocó debajo de la axila. Sin la bata blanca todavía se la veía más poca cosa. Era tan menuda que habría podido utilizar ropa de talla de niña.
Gabriela sintió que el móvil le vibraba en el bolsillo.
Lo sacó y vio un mensaje emergente publicado por La Tribuna : «Encontrado el cadáver de una mujer en la playa de Sóller».
Guardó el teléfono y siguió caminando girola abajo con Helena.
Tras dejar atrás la sacristía, recorrieron la nave lateral hasta salir al claustro.
Ya fuera del templo, por fin podían dejar ese tono de monja de clausura que no le pegaba a ninguna de las dos.
El claustro —cuadrado, cerrado y rodeado de una galería cubierta con bóvedas ojivales— era uno de los espacios más serenos de todo el conjunto catedralicio.
Nada más entrar se toparon con las ocas que desde hace siglos han hecho de ese lugar su casa.
—¿Sabes por qué hay exactamente trece ocas? —le preguntó Helena señalándolas.
—Estoy segura de que ahora me lo contarás.
—Simbolizan los trece tormentos que sufrió santa Eulalia antes de morir, uno por cada año de su vida. Si alguna vez me dedican una catedral, debería tener un buen rebaño de estos animales.
Helena y Gabriela se sentaron en un banco de piedra frente al jardín enrejado donde las ocas cacareaban en el estanque.
—¿Cómo se encuentra el doctor Barceló?
—Ni idea, la verdad. Lleva días sin aparecer por el Sant Jordi. Y eso que vive al lado. A ver, no soy médica, pero en su estado, con el respirador portátil y la silla de ruedas…, no pinta bien. Encontrar a un donante empieza a ser urgente.
—Si no sale adelante, ¿quién ocupará su puesto?
—¿Ya lo estás matando?
—…
Gabriela sintió una oleada de calor subiéndole por las mejillas y se puso roja como un tomate.
—Tranquila, todo el mundo lo ha pensado. Para qué negarlo. No me atrevería a asegurarlo, pero lo lógico sería que Carla Sala lo sustituyera. Pero descuida, que todos son amigos y se entienden la mar de bien.
—¿Por qué lo dices?
—Porque, cuando García estaba vivo, aquello era una guerra civil. Ahora todo es una balsa de aceite.
—El doctor García no tiene muy buena fama.
—De jóvenes, Barceló y García eran amigos.
O eso es lo que contaban cuando montaron el ICIB .
La historia de los dos amigos de la infancia que revolucionaron la cardiología como mensaje de marketing es insuperable.
Siempre decían que incluso tenían el mismo grupo sanguíneo.
Como hermanos… En fin, ya se sabe que una cosa es lo que se dice y la otra la verdad…
Pero, fuera como fuese, en el Sant Jordi vi muchos enfrentamientos entre ellos.
Muchos. Debo decir que conmigo García se portó muy bien.
Tanto cuando mi padre tuvo un problema de corazón como cuando murió.
Se portó muy bien. Y eso…, pues mira, no lo olvido.
Yo sabía tratarlo, pero era un tío muy complicado.
Muy complicado —repitió—. Siempre imponía su criterio y lo llevaba al extremo.
Pisaba a quien fuera para que se acabara haciendo lo que él creía que se debía hacer. Y por eso mucha gente lo odiaba.
—Odio es una palabra muy fuerte.
—Cuando digo odio, es odio.
—¿Quién lo odiaba, por ejemplo?
—Sala.
—¿Carla Sala? ¿La cirujana? Si tiene pinta de no haber roto un plato en su vida.
—Venga, no me seas ingenua. Nadie llega a lo más alto de un lugar como el ICIB o el Sant Jordi sin haber roto un plato en su vida. Nadie. Dicho esto, García tenía la gran virtud de sacar lo peor de las personas. Las llevaba al límite.
—¿Qué pasó entre ellos?
—Fueron pareja.
—¿Perdona?
—Esta no te la esperabas, ¿eh? Sí, sí. Fueron pareja durante unos años. Juraría que incluso tenían planes de boda, pero acabaron a matar.
—¿Tan bestia era?
—Más aún. Cuando García murió, Sala abrió una botella de cava. Y no es una forma de hablar. Abrió una botella de cava, literalmente.
—Vaya tela. Eso es odio puro y lo demás son hostias.
—Ni que lo digas. La pasta o la bragueta, Gabriela. Este es el origen de todos los problemas. Es lo que hay. Desde que partió peras con García, a Sala el tema de las relaciones se le ha hecho bola y no se le ha conocido ninguna otra pareja. Vive solo por el trabajo. Si es feliz así…
Helena puso los ojos en blanco, como si no pretendiera entenderlo.
Después su atención se quedó atrapada en la fuente de Sant Jordi, protagonista de la tradición del huevo que baila sobre el surtidor en las fiestas del Corpus.
De pequeña, de la mano de su padre, se pasaban horas allí esperando a que el huevo se cayera, pero nunca vieron uno roto.
Menos mal que Gabriela estaba allí para disipar todo conato de melancolía.
Necesitaba que Helena largara todo lo que sabía.
—¿Quién más se llevaba mal con el doctor García?
—¿Quién más? Ismael Valdés, por ejemplo.
—¿El director de comunicación del ICIB ?
—El mismo.
—¿Qué pasó?