El quinto corazón Capítulo 30
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Capítulo 30

El otoño, magnánimo, devolvía Mallorca a los autóctonos, que recuperaban la isla usurpada por los turistas y sus euros durante los meses de verano.

El calor había hecho las maletas hasta el año siguiente, y Gomila podía por fin volver a disfrutar de la sierra de Tramuntana al amanecer corriendo por caminos rurales.

Trail running , como lo llamaban los modernillos.

Quizá es que en inglés las cosas sonaban mejor, pero para él, terco como una mula, toda la vida sería ir a correr por la montaña. Y punto.

Hacía un año que a Gomila le había dado por el deporte.

Un día, la típica foto de grupo circula por el WhatsApp.

Qué pintas, joder. ¿Cómo había podido dejarse tanto?

Papada, cara de pan de kilo y michelines habían engullido al joven atlético que un día había sido.

Los años no pasan en balde, y a partir de los cuarenta cuesta Dios y ayuda desahuciar a los pliegues de grasa alrededor de la cintura.

Si además no te cuidas, más te vale que el aspecto físico te importe un bledo, porque estás condenado.

Desde ese día, el de la puta foto, nada de pan, nada de alcohol, nada de picotear, dieta espartana y mucho deporte.

En unas semanas (a él se le hicieron larguísimas), Gomila empezó a verse más delgado, y lo mejor era que la gente se lo decía.

Poco a poco se enganchó a la droga de mirarse en el espejo y gustarse.

Él, gracias a Dios divorciado, no había dicho su última palabra en el terreno de los sentimientos, y en un mundo de cartón piedra como este, por desgracia todo entra por la vista.

Esa mañana iba como un cohete. Uno, dos.

Uno, dos. Uno, dos. Controlando la respiración, las pulsaciones y el ritmo de carrera.

Cada inspiración le llenaba los pulmones de aire limpio y fresco con olor a pino, romero y tierra húmeda.

A primera hora, las vistas desde la sierra de Tramuntana eran espectaculares.

Solo el sonido de los pasos rítmicos sobre las piedras del camino rompía el silencio.

Correr por allí le aportaba una calma profunda que lo ayudaba a mantener los pensamientos y la forma física en armonía.

Después de un rato de subida en el que el corazón le exigía ciento setenta latidos por minuto, empezó a bajar hasta la playa de Repic casi flotando. Ligero como una mariposa y rápido como una liebre.

A las siete y cuarto de la mañana llegaba a la arena de la playa.

Deberes hechos. Inspiró el aire de mar para que le impregnara las fosas nasales y exhaló profundamente saboreando el perfume del salitre.

No sabría vivir lejos de la costa. No podía creer que hubiera gente que prefiriera el alquitrán y el bullicio de una ciudad.

Después siguió con su ritual diario. Se quitó el calzado deportivo, los calcetines y la ropa empapada de sudor y, totalmente desnudo, entró en el agua.

Estaba fresquita, aunque cualquier finolis urbanita habría dicho que estaba helada.

Él se bañaba todo el año en el mar. Pero desnudo, como a él le gustaba, solo podía hacerlo en temporada baja, porque si no los señoritos turistas se escandalizaban.

De fuera vendrán que de casa nos echarán.

Se zambulló durante unos segundos tejidos de serenidad.

Después sacó la cabeza a la superficie, y el eco del agua alrededor de los oídos se rompió.

Tenía un plano privilegiado del litoral de Sóller al amanecer.

Con la playa para él solo, dejó que su cuerpo se balanceara al ritmo de las olas.

La relajación del vaivén acompasado le desentumecía las piernas y las preocupaciones. Pero la paz tenía los minutos contados.

Se volvió hacia las rocas y no tardó mucho en interpretar lo que estaba viendo.

De manera casi instantánea sintió que empezaban a temblarle las piernas.

Una figura extendida descansaba bocabajo donde rompían las olas.

Enseguida se dio cuenta de que no se movía.

Ni un leve gesto. Nada. El corazón de Gomila, poniéndose en el peor de los escenarios, arrancó un galope descontrolado.

Se acercó poco a poco. El cuerpo —desnudo e inerte— tenía la espalda casi fuera del agua.

El pelo largo se mecía de un lado a otro al compás del vaivén del mar.

Tenía la piel pálida. Gomila le apoyó la mano en el hombro; estaba frío.

Efectivamente, los ojos no mentían. Esa persona estaba muerta.

Dio la vuelta al cuerpo: una mujer, cara desfigurada, cuencas de los ojos vacías.

En un gesto espontáneo, Gomila se echó hacia atrás.

Su olfato identificó el toque acre de la descomposición.

Imposible confundirlo. Inmediatamente, unas náuseas parecieron el preludio de un vómito que pudo controlar.

Salió del agua a toda prisa. En la arena se puso la ropa sudada y dio gracias a Dios por coger siempre el móvil cuando salía a correr por la montaña.

El 112 respondió enseguida. Con el habla entrecortada, contó todo el panorama.

Al otro lado del teléfono, una voz amable intentó tranquilizarlo.

Después le pidió que describiera lo que había visto.

Gomila empezó por lo que más le había llamado la atención: entre los dos pechos, a la altura del esternón, el cadáver tenía un cráter que dejaba a la vista varias capas de tejidos humanos.

Era grande, cabía una mano. Cualquiera diría que a esa mujer le habían arrancado el corazón.