Capítulo 29
El Mercedes negro se plantó delante de la puerta del ICIB .
El chófer —americana, corbata y espalda como un armario— bajó para abrir la puerta trasera.
De ella salió Baltasar Padilla con aires de bruto y a continuación Teresa Alsina con gafas de sol, un pañuelo Gucci perfectamente colocado y el gesto altivo de quien está convencido de que el dinero lo compra todo.
Él, con andares de elefante, y ella, con andares de gata presumida, se dirigieron a la puerta de entrada, donde los esperaba Carla Sala al pie de la escalera.
—Señor Padilla, señora Alsina, bienvenidos al ICIB .
Se estrecharon la mano y después la doctora los acompañó al interior.
—Su secretario, señor Padilla, ya se ha encargado de todos los trámites del ingreso.
La mujer estaría ingresada durante un tiempo indeterminado, lo que tardaran en hacer el ensayo clínico de las arritmias ventriculares graves.
Su cardiopatía era el hilo del que pendía su vida.
Tras remover cielo y tierra (y alguna cosa más), Teresa Alsina entró a formar parte del ensayo.
Que un hospital público y de referencia lo llevara a cabo se justificaba por la alta mortalidad asociada, la necesidad de nuevas terapias y la detección y prevención con nuevas tecnologías y biomarcadores.
Aunque el ensayo tendría lugar en el Sant Jordi, la paciente estaría ingresada en el ICIB .
Los dos edificios estaban conectados, pero en cuanto a comodidades eran la noche y el día.
Las habitaciones del ICIB parecían suites privadas medicalizadas con vistas al parque de la Ciutadella, muebles de diseño, televisor de pantalla curva y un menú dietético elaborado por un chef propio.
Nada de compartir habitación, nada de rancho para comer y nada de olor a excrementos cuando un compañero hacía de vientre.
Toni y Jesús se inspiraron en Assisclínic, la parte privada del Hospital Clínic, y, como eran listos, evolucionaron el invento.
Por allí habían pasado personas de bolsillo infinito, como miembros de la familia real, empresarios del Ibex y burgueses habituales.
La gente atrae a gente, y si son famosos adinerados, aún más.
Baltasar Padilla formaba parte de la flor y nata empresarial del país gracias a Next Energy, la primera comercializadora de energía independiente de España, con filiales en México, Chile, Países Bajos, Panamá, Portugal, Bulgaria y Bélgica.
Estaba especializada en la venta de electricidad y gas, con un fuerte enfoque en las energías renovables, el autoconsumo y la digitalización.
Baltasar Padilla, fundador y CEO de Next Energy, poseía el cuarenta y cinco por ciento de una compañía que arrojaba buenos dividendos y un sueldo que llegaba a los siete dígitos entre bonificaciones, incentivos a largo plazo y mandangas varias.
En fin, que la pasta manaba a cascoporro.
¿Y para qué se quiere el dinero si no es para cuidar la salud?
Carla y el matrimonio Padilla caminaron por las tripas del edificio hasta la habitación que iba a ocupar Teresa Alsina.
El ICIB tenía aspecto de hotel boutique más que de hospital.
La mujer no podría sentirse más a gusto.
Al llegar, encontró sus maletas, un ramo de flores y un juego de albornoz y zapatillas nuevas a estrenar.
—Les dejo que se acomoden. En los próximos días haremos todo tipo de pruebas: resonancias, ecografías, pruebas de esfuerzo…
Dentro de un rato vendrá una enfermera y se lo explicará todo.
Pese a su estado de salud, el doctor Barceló me ha pedido que les diga que supervisará su caso personalmente.
Cualquier cosa que necesiten, hágannoslo saber.
—Muchas gracias, doctora.
Carla dejó al matrimonio solo en la habitación.
—¿Dónde va esta mujer con ese pelo sin teñir y los zapatos tan gastados?
—Olvídate del pelo y de los zapatos, Tere. Has tenido la suerte de entrar en este ensayo con el mejor cardiólogo del mundo y una gran cirujana. De las mejores del mundo también.
—Más le vale que sea buena. Porque a juzgar por la imagen…
La mujer empezó a deshacer la maleta ajena a las razones reales que la habían llevado a tener la «suerte» de que la eligieran para el ensayo.
Teóricamente, cualquier persona podía acceder a un ensayo clínico de un hospital público y de referencia siempre y cuando cumpliera los requisitos específicos establecidos en el protocolo.
Estos ensayos tenían criterios muy concretos que podían incluir factores como la edad, el diagnóstico médico, el estado general de salud o el tratamiento que se recibía en ese momento.
Mira por dónde, la mujer los cumplía absolutamente todos.
Todos. Su marido, Baltasar, sabía por experiencia que la suerte no existe, que es un invento de los mediocres para justificarse ante los fracasos.
A él, enamoradísimo de su Tere, le aterraba la idea de quedarse viudo antes de tiempo, y a golpe de talonario y de tráfico de influencias había conseguido que su mujer entrara en el ensayo.
«Que no le falte de nada», especificó Jesús. Pues adelante con los faroles.
Dicen que con dinero baila el perro. Y el perro bailaba gracias al medio millón de euros depositado en el Dubai International Bank a nombre de Nelson Sotomayor.
Un buen fajo de euros a cambio de entrar en un ensayo clínico de la sanidad pública que, si iba bien, le salvaría la vida.
Ante la ley, quizá, pero ante la sanidad está claro que no todos los ciudadanos son iguales.