El quinto corazón Capítulo 28
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Capítulo 28

Gabriela siguió los pasos del señor Benancio por las tripas del edificio Saturno.

Ayudado por el bastón, iba bastante más deprisa de lo que en un principio ella se había imaginado.

Bajaron dos pisos, hasta el cuarto, y se plantaron delante de una puerta de la que se desprendían pequeñas láminas de pintura.

El hombre se sacó del bolsillo un gran manojo de llaves, tanto de serreta como de puntos.

A simple vista, Gabriela habría apostado a que eran unas quince.

Después de hacer una selección rápida, cogió una y abrió la puerta del cuarto tercera.

El piso estaba totalmente a oscuras. El viejo y la periodista se adentraron en lo que parecía la boca de un lobo.

Después de cerrar la puerta tras de sí, la visión de Gabriela se fundió a negro.

Su cuerpo reaccionó poniéndose de nuevo en guardia con el corazón acelerado, la piel de gallina y la respiración contenida a más no poder.

La vista había quedado reducida a la nada.

El oído se le aguzó al máximo, y su imaginación, traicionera como ella sola, multiplicaba por mil la amenaza de cada ligero ruido.

Oyó los pasos del señor Benancio avanzando.

Extendió el brazo hacia delante hasta apoyar la mano en el hombro del patriarca San Isidoro.

El hombre podía pasearse por la penumbra con los ojos cerrados, literalmente.

A Gabriela se le pasó por la cabeza sacar el móvil para tener un pequeño haz de luz, pero no era ella la que tenía la sartén por el mango, y hacer enfadar al anfitrión no era una opción.

Giraron un par de veces, primero a la izquierda y después a la derecha.

De repente, un paso pareció un pequeño salto al vacío.

Era un escalón. Luego llegaron varios más.

Ya en plano, dieron unos diez pasos seguidos.

Debía de ser un pasadizo. Oyó el chirrido de una puerta abriéndose.

Inmediatamente después oyó unos pasos correteando en la oscuridad.

Algo le rozó el pantalón y al instante su cerebro proyectó a una criatura de pelo corto y rizado, de textura rugosa y aspecto roñoso.

Le vino a la mente la mujer que rebuscaba entre las cartas en la entrada de la escalera: «Ratas.

Nos suben por las piernas». En una reacción corporal involuntaria, una corriente eléctrica punzante le recorrió la espalda desde la cabeza hasta el culo y, en un acto reflejo, su mano derecha apretó con fuerza el hombro del señor Benancio, que seguía caminando en medio de la negrura más absoluta.

De repente, el viejo se detuvo en seco. Gabriela exhaló nerviosa y repetidamente.

Notó la falta de circulación del aire y un olor terroso que impregnaba el ambiente.

Tras el clic de unos diferenciales, una bofetada de repentina luz de fluorescente castigó los ojos de Gabriela.

Por un momento, el mundo quedó reducido a manchas blancas, círculos luminosos y sombras coloreadas que bailaban delante de ella.

Poco a poco fue recuperando la visión, en la que se edificaba la figura del señor Benancio y la de un hombre escuálido.

Gabriela se frotó los ojos. La visión difuminada aún tardaría unos segundos en desaparecer.

El señor Benancio tenía a su lado a un tirillas con una camiseta de tirantes y una barba descuidada. La periodista miró al patriarca con incredulidad.

¿Quién era ese hombre?

¿Estaba secuestrado?

¿Y ella?

Si ella lo estaba, ¿Rai también?

Gabriela radiografió el lugar lo más deprisa posible.

Habían entrado por una puerta oculta detrás de una estantería falsa en ese zulo donde escondían vete a saber qué.

De momento, a una persona. Nada definía mejor el lugar que la palabra «guarida»: unos diez metros cuadrados de paredes, suelo y techo de cemento visto.

Había una cama plegable arrimada a una pared, una manta, una silla y una pequeña mesa de cristal. Encima descansaban un móvil, una botella de agua y los restos de una comida reciente. Todo estaba revuelto, como si nadie hubiera pensado en aquel lugar para vivir durante mucho tiempo.

La falta de luz natural y el olor a encierro resultaban más opresivos que la pobreza del mobiliario. Pensó en Omar y en la urticaria que le daría pasar allí dentro varios días seguidos.

—Tranquilo, Juan, que aún no han venido. ¿Lo tienes todo preparado?

—Sí, tito Benancio.

—Aquí tiene, señorita, la razón por la que Yuri no pudo matar a nadie ni enviar ningún corazón.

Juan San Isidoro. J. S. I. Usted es periodista, seguro que ha oído sus iniciales en los medios.

Es mi sobrino. Huyó de la cárcel de Picassent durante un partido de fútbol.

Parece que cuando hay fútbol se montan unos follones en la cárcel…

Y lo aprovechó. La vida es de los espabilados.

—A Gabriela le llegó el flash de haber oído la noticia en la radio mientras se dirigía en taxi al Hospital Sant Jordi para hablar con Helena Soto—.

Yuri estaba esperándolo fuera de la cárcel y huyeron de Valencia esa misma noche.

Cuando los corazones aparecieron en el ICIB , Yuri y mi sobrino ya llevaban días escondidos en Tarragona, en una casa segura.

Y tres semanas después vinieron aquí. Como ve, nosotros cuidamos mucho a la familia.

Pero, como comprenderá, estas cosas no podemos contárselas a la policía.

—¿Y la geolocalización del móvil?

—Somos marginados, pero no idiotas. ¿Cree que no sabemos que la pasma puede mirar la posición del móvil?

Nosotros también vemos los programas esos sobre crímenes reales en los que sale la policía.

Cuando Yuri fue a Valencia, le dejó su móvil a Honorinda.

Ella lo llevaba encima para que, llegado el caso, los agentes vieran que había actividad.

¿Cree que no sabemos que si un San Isidoro se fuga de la cárcel sospecharán de nosotros?

—Pero el móvil de Honorinda también estaba en la zona del ICIB .

—Sí, mi hija fue al Hospital Sant Jordi con su cuñada, que tenía una visita. Y justo va y explota ese follón. Ya es puta mala suerte. —Chasqueó la lengua y remató la maldición negando con la cabeza.

La familia San Isidoro, repudiada por la sociedad, no mentía, y dos inocentes estaban en el calabozo cargando con una acusación de triple asesinato.

Poca broma. La madre muerta por negligencia médica y además tenían que tragarse este sapo.

Cornudos y apaleados. Entre la maraña de pensamientos que asaltaban a Gabriela, uno tronaba con fuerza: la línea de investigación de los Mossos era errónea y ella podía adelantarlos por la derecha.

—¿Por qué no se lo cuentan a la policía, señor Benancio?

—Si lo contamos, Juan tendría que cumplir su condena y le caerían unos añitos más por haberse fugado.

A Yuri y a Honorinda, la colaboración en la fuga de un preso considerado peligroso no les saldría gratis y también irían a la cárcel.

Precisamente , no pasaron la noche en ningún hotel del que pudieran sacar una factura y enseñársela a la policía.

El relato ya está hecho y encaja muy bien con lo que la gente quiere oír: unos quinquis les arrancan el corazón a los que los denunciaron y se los envían al que provocó la muerte de la matriarca de la familia.

Una historia que ustedes, los periodistas, pueden vender la mar de bien.

El problema es que es mentira. Pero nadie nos creerá y lo sabemos.

Ya lo he visto demasiadas veces. ¿Me cree ahora, señorita?

Gabriela consiguió sostenerle la mirada al viejo durante unos largos segundos y al final asintió lentamente.

—Adiós, Juan. Ten todo a punto a la hora que te dije.

El señor Benancio bajó de nuevo el fusible, cerró la puerta oculta detrás de una estantería falsa y la oscuridad volvió a reinar en ese rincón del edificio Saturno.

—En unas horas, mi sobrino se marcha de aquí, y usted y yo no lo hemos visto nunca. ¿Entendido?

—Entendido, señor Benancio.

—Ah, señorita, una última cosa: supongo que se da cuenta de que, si usted o su amigo dicen una palabra de esto, tendremos que ir a por ustedes.

En la negrura más absoluta, la voz del señor Benancio parecía aún más grave y poderosa. Como la del mismo diablo.