El quinto corazón Capítulo 27
42%

Capítulo 27

Aquel rincón de la ciudad, desolado y fantasmagórico, hacía que cualquier ruido amplificara la sensación de vulnerabilidad.

Su cuerpo, de manera inconsciente, había adoptado una actitud defensiva.

Miraba constantemente a izquierda y derecha, adelante y atrás, con los músculos tensos y la respiración más rápida, más marcada.

Y las manos, frías y temblorosas, claro. Es lo que tiene el miedo.

Rai, puntual por naturaleza, tenía que llegar tarde precisamente ese día. Gabriela resopló un poco desesperada. En el ambiente flotaba una mezcla de polvo, hollín del tráfico y humedad que se entrelazaban haciendo el aire tan áspero que costaba respirar.

Un saco de huesos que rondaría los cincuenta años se le acercó con un andar parsimonioso.

Tenía los ojos rojizos y la cara chupada, y llevaba un chándal de no sé qué equipo que apestaba a sobaco.

Se plantó delante de ella aspirando un cigarrillo que sujetaba con el índice y el pulgar.

La miró fijamente y después la repasó de la cabeza a los pies con total impunidad, el muy cerdo.

Gabriela sintió que todos los pelos del cuerpo se le erizaban.

El hombre sonrió y dejó al descubierto un par de premolares de oro que brillaban en una dentadura renegrida por el tabaco y la falta de higiene bucal.

Gabriela pensó que era mejor evitar el contacto visual directo para no provocar conflictos.

—¿Qué haces aquí sola?

—…

—Eh, ¿eres sorda?

—Hemos venido a ver al señor Benancio.

La voz de Rai procedía de detrás del palillo, que dio media vuelta y se topó con una montaña que le sacaba como mínimo dos cabezas y le doblaba el peso.

—Dime, ¿dónde podemos encontrar al señor Benancio? —le preguntó Rai.

—¿De parte de quién?

—¿De verdad quieres saberlo? —Rai hizo el gesto de abrirse la chaqueta para sacar el carnet de prensa, pero el hombre pensó que era la placa y cantó rápido.

—En el sexto cuarta.

El hombre del chándal se marchó corriendo convencido de que dos secretas corrían por el barrio.

—Joder, Rai, ¿tenías que llegar tarde precisamente hoy?

Gabriela y Rai entraron en el edificio Saturno, un monstruo de hormigón con estética de centro penitenciario. La puerta de entrada, roja y llena de grafitis, era de barrotes, y el suelo estaba tan grasiento que los zapatos se pegaban al pavimento.

La portería, medio a oscuras, era un espacio lúgubre que apestaba a moho con paredes que supuraban pringue.

Al lado del ascensor había un montón de cartas tiradas por el suelo de las novecientas personas que vivían en el bloque.

Agachada, una mujer de más de sesenta años las revisaba por si había alguna a su nombre, que seguro que sería portadora de malas noticias.

Allí no llegaba nada bueno. Facturas, citaciones y embargos eran el pan de cada día.

—Estamos rodeados de mierda. Y de ratas. Nos suben por las piernas —les soltó la mujer en el tono de quien ya no puede más.

Canta de lejos que no somos de aquí, pensó Gabriela, que, tras haber escuchado la palabra «ratas», sentía escalofríos y picor por todo el cuerpo.

Ratas, marginalidad e inseguridad: bienvenida a la realidad de los olvidados de la sociedad.

El panel del ascensor indicaba que la puerta estaba abierta en algún punto del edificio, así que les tocaba hacer piernas.

Seis pisos arriba por la escalera fueron la constatación de las condiciones deplorables del lugar.

El camino hasta el sexto estaba alfombrado de suciedad: campos de colillas, pieles de plátano, compresas, bolsitas para guardar la droga… De todo. Y de todo era de todo.

En el rellano del tercero, una puerta entreabierta dejaba ver parte del interior de un narcopiso en el que un hombre, tirado por el suelo, tenía los ojos medio aquí, medio allá, la boca desencajada y una jeringa colgando del brazo izquierdo.

Por fin llegaron al rellano del sexto. Una tan fresca y el otro con la lengua fuera. Un hombre alto y fuerte como un roble estaba plantado delante de la puerta número cuatro. Tenía la mirada fija y ni se inmutó al verlos.

—Venimos a ver al señor Benancio.

Gabriela inclinó la cabeza hacia atrás para intentar tener contacto visual, pero el gorila, mudo, miraba al vacío como si oyera llover. Inmóvil, como uno de esos guardias reales británicos. Claro que ni él tenía la misma planta ni aquello era el palacio de Buckingham.

—Somos periodistas de La Tribuna . Estamos investigando la muerte de doña Carmen.

Gabriela había tocado la tecla correcta.

Al escuchar el nombre de la matriarca, el hombre abandonó la pose hierática, bajó unos grados la cabeza y miró fijamente a la periodista.

Había conseguido captar la atención de esa roca con piernas y tenían que aprovecharlo.

Rai, curtido en mil batallas, sacó el carnet de prensa y se lo mostró.

Gabriela lo imitó. La bestia abrió la boca por fin.

—Esperad aquí.

Entró en el piso y los periodistas se quedaron solos en el rellano.

El silencio de ambos escondía un alud de pensamientos intrusivos que les generaba la sensación de peligro inminente.

Hasta que volvió el secuaz, los minutos se hicieron más largos que un día sin pan.

Al final se abrió la puerta y el hombre asomó la cabeza.

—Seguidme.

Un por favor seguramente era pedir demasiado.

Gabriela y Rai, obedientes, siguieron los pasos del musculitos y entraron en el sexto cuarta.

El interior del piso desentonaba con el resto del edificio.

Todo parecía bastante nuevo: parqué en el suelo, carpintería exterior de aluminio y luces led.

En ese entorno, todo un lujo. Cruzaron un largo pasillo y llegaron a una sala de estar donde, sentado en un sofá y con las manos apoyadas en un bastón, estaba el señor Benancio.

A primera vista parecía una persona que había vivido mucho.

Pelo plateado, piel arrugada y una gran cicatriz que le atravesaba la mejilla de arriba abajo, desde el labio hasta el ojo.

A Gabriela se le pasaron por la cabeza mil maneras de habérsela hecho, pero se guardaría mucho de preguntárselo.

El viejo miró a Rai fijamente a los ojos sin pestañear, sin decir ni pío, sin que ninguna fuga en la mirada dejara entrever qué coño se le pasaba por la cabeza.

Estuvo así un minuto que se hizo eterno.

De nada servía que Gabriela se preguntara por qué se habían metido en ese follón, aunque lo sabía.

Ella misma se respondió: para escalar en el periódico y en la profesión, por ego y también por dinero.

—¿Qué hace aquí? —El señor Benancio señaló a Rai con la barbilla.

—Soy Raimon Ventura y ella es Gabriela Palau. Somos periodistas. Estamos investigando la muerte de doña Carmen en el traslado del Hospital Sant Jordi al Vall d’Hebron.

Al oír el nombre de su mujer, el señor Benancio se santiguó y sacó un crucifijo que llevaba colgando por debajo de la camisa para darle un beso. Era grande, de unos diez centímetros. Y de oro, a juego con el anillo de sello que llevaba en el dedo corazón.

—¿Ha dicho Raimon?

—Sí, señor.

—¿Qué quiere investigar, Raimon?

—Si hubo negligencia médica.

—No hace falta que lo investigue. Ya se lo digo yo: sí, la hubo.

Tenía la voz muy grave. Hablaba a cámara lenta, con pausas, como si marcara cada signo de puntuación. Miraba únicamente a Rai e ignoraba a Gabriela, como si no existiera.

—Necesito pruebas para acreditarlo.

—Mi palabra es la prueba.

—Me temo, señor Benancio, que un tribunal necesita algo más.

—El hospital lo tapó todo.

—¿Qué pasó?

El señor Benancio se explayó. A grandes rasgos, la versión de los hechos coincidía con la de Santi Nadal y Helena Soto, pero ya sabemos que cada quien ve las cosas a su manera y que la culpa siempre es de los demás.

—Les acusaron de mala educación y de generar un ambiente irrespirable porque allí se acumulaba un gentío que hacía mucho ruido.

Con el apunte, Gabriela quería formar parte de la conversación, pero el señor Benancio, empeñado en seguir ignorándola, respondió mirando a Rai.

—¿Mala educación? De ninguna manera. Yo, sin tapujos, hablaría de racismo. Ra-cis-mo. Tal como suena. O, siendo generoso, hablaría de desconocimiento de la vida de los que tienen a su lado.

Rai se había quedado con la copla de cuál era el camino que seguir: si quería sacar algo de esa visita, debía hablar solo él.

—¿Por qué lo dice, señor Benancio?

—Para nosotros es un deber acompañar a los familiares o a los miembros de la comunidad cuando están en el hospital.

Nosotros creemos que la enfermedad es un paso previo a la muerte, la antesala del cementerio.

¿Quién es el maleducado entonces? El que no respeta las costumbres ni los sentimientos de los demás, creo yo.

Y, si nos atacan, tendremos que defendernos. ¿O no?

¿Mala educación o hecho cultural? ¿Salvajes o racistas? ¿Agresión o defensa? Ninguna realidad es absoluta; depende de diferentes factores que se interprete de una manera o de otra.

—Ha dicho que es periodista, ¿no?

—Sí. De La Tribuna .

La cara que puso dio a entender que nunca había oído hablar de ese periódico.

—¿Es de los buenos?

—Eso dicen.

—¿De los que cuentan la verdad?

— La Tribuna siempre dice la verdad, señor Benancio.

A fuerza de años, Rai había aprendido a decirlo con todo el aplomo del mundo.

Gabriela, en cambio, sintió que su detector de mentiras interno movía la aguja arriba y abajo dibujando un terremoto de magnitud siete en la escala de Richter.

—Pues, Raimon, cuente que Honorinda y Yuri no tienen nada que ver con eso de lo que se les acusa. Que les han cargado con el muerto por lo que pasó hace unos años. —Volvió a santiguarse y a besar el crucifijo.

—Pero, señor Benancio, la geolocalización del móvil los sitúa en el ICIB en el momento en el que se entregó la caja con los corazones.

—Ellos no lo hicieron, créame.

—Aunque las pruebas digan lo contrario.

—Exactamente.

—¿Y entonces por qué se les acusa?

—Porque la gente quiere culpables y quiere encontrarlos rápido. Es más fácil señalar a unos marginados de la sociedad que buscar a los auténticos responsables.

—Como mínimo, dos de las tres personas muertas, Montserrat Casanovas y Olga Mir, eran las que los denunciaron cuando doña Carmen estaba ingresada.

—Esas hijas de puta… Siempre mirando por encima del hombro.

Racistas de mierda… Mire, no sabía que ellas eran las víctimas, pero, Dios me perdone, para mí están mejor muertas.

—Y otro beso al crucifijo—. Para esa gente nunca dejaremos de ser escoria que sobra en esta sociedad.

¿Usted sabe lo que se siente cuando te miran como si fueras una cucaracha?

No, claro que no. Nosotros no tenemos oportunidades, ¿sabe?

Cuando naces en la mierda, ya estás condenado.

Nadie le da un curro decente a un tipo como yo, y mucho menos uno que pague bien.

Te miran el barrio, los antecedentes, la cara…

, y ya han decidido quién eres antes de que abras la boca.

—¿Buscarse la vida es delinquir? —A juzgar por la reacción del señor Benancio, aquí Rai se la jugó mucho.

—¿No delinquen los reyes y los políticos y viven en palacios?

Sin embargo, nosotros no vivimos en un palacio precisamente.

Nosotros crecimos sin un duro, sin apoyo y con todo el mundo señalándonos.

Nos hicieron sentir basura desde críos. ¿Y sabe qué pasa cuando apartas a alguien de la sociedad? Que acaba lleno de rabia.

—Entiendo perfectamente lo que me dice, pero Yuri hirió a una enfermera con una navaja.

—Yuri es un buen chico, pero es de mecha corta. A veces lo pierden sus arrebatos. Mire, puede que no seamos hermanitas de la caridad, pero, si eso mismo lo hace un niño de buena familia de Pedralbes, puedo asegurarle que como mínimo tendrá presunción de inocencia.

Touché . Rai no supo qué rebatir.

—Si la geolocalización de los móviles sitúa a Yuri y a Honorinda en el ICIB el día que alguien llevó la caja con los corazones, ¿cómo puede acreditar que no mataron a Montserrat Casanovas y Olga Mir?

El señor Benancio examinó a Rai de arriba abajo. Como si antes no hubiera tenido suficiente. De repente se levantó del sofá apoyándose en el bastón.

—Dígame, ¿usted es racista?

—No, señor.

—¿Se fía de mí? ¿De un marginado de la sociedad?

—¿Por qué no iba a hacerlo?

Entonces, por primera vez en toda la conversación, el señor Benancio se dirigió a Gabriela.

—Señorita, acompáñeme.

—¿Y yo?

—Usted, Raimon, se queda aquí. Con él. —Señaló con la barbilla al guardaespaldas—. Ha dicho que se fía de mí, ¿no?

—Eh… Sí.

—Pues vamos —dijo el anfitrión dirigiéndose de nuevo a Gabriela.

Rai y Gabriela se miraron nerviosos. Aunque a él no le hacía puñetera gracia, dio la última palabra a Gabriela interrogándola con la mirada.

Lo que tú decidas, parecía decir. Ella asintió sin dudarlo.

El peso que en esta decisión tuvieron las zanahorias de otra exclusiva y una paga doble solo lo sabía ella.

La puerta retumbó detrás del señor Benancio y de Gabriela con tanta fuerza que a Rai se le heló la sangre.

Ego. Dinero. Malditos sean.