Capítulo 26
—Estamos educando a una generación de imbéciles y yo soy cómplice de ello.
—¡Venga, hombre! ¿No crees que te flagelas demasiado?
—Joder, Josep, poner y quitar la mesa, tender, recoger y doblar la ropa y mantener la habitación ordenada… No pido tanto, coño.
—Ya sé lo que es ser ordenado para ti…
—Res-pon-sa-bi-li-da-des. Quiero que asuma responsabilidades. Pues la señorita cree que se le pide demasiado. Por no hablar de los estudios.
—Pero si lo aprueba todo…
—Perdona, solo faltaría… Que el nivel de hoy en día es bajísimo. Solo les preocupa que sean felices y se sientan realizados. No sé quién coño nos pagará las pensiones.
—Hablas como un viejo.
—Si tú lo dices…
—Lo que le pasa a tu hija es que echa de menos a su madre.
—Claro que la echa de menos, y lo entiendo. —Omar negó con la cabeza y después siguió desahogándose—. El problema es que no sabe lo que es el esfuerzo y la obligación. Muchos derechos, pero pocos deberes… Con tanta tontería, estoy criando a una pánfila.
—Pero no se te ocurra…
—No se lo diré. Tranquilo.
Suerte tenía Omar de contar con el agente Josep Alemany.
Se conocían desde los tiempos de la academia, donde habían jugado partidos de baloncesto memorables que forjaron una buena amistad.
Un tío llano. De los pocos a los que podía decirles las cosas tal como las pensaba, sin filtros.
Claro que todo lo que se dice todo no se lo contaba.
Omar prefería guardar algunas cosas a cal y canto en el baúl de las vergüenzas.
Dependiendo de la persona que te acompañara, los ratos en el coche patrulla podían dar mucho de sí.
Problemas, confesiones, confidencias, consejos, ¿y tú qué harías?
De vez en cuando, por la comisaría corría algún rumor de revolcón y, como en todas partes, se ponía en marcha la maquinaria del chisme.
Me han dicho que…
Esta persona con esta otra.
Se les ve de lejos.
Y, por descontado, un clásico del género: lo sé de buena tinta.
El coche patrulla con Omar al volante y Josep de copiloto se incorporó a la Travessera de Les Corts desde la calle Entença y, dejado atrás el colegio Pare Manyanet, entró en el aparcamiento de la comisaría rampa abajo.
Después de aparcar, Omar, como siempre, hizo el ritual de colocar todos los reguladores del panel de control hacia la izquierda. Josep, que había visto ese ceremonial una infinidad de veces a lo largo de los años, lo miró negando con la cabeza, como si su amigo fuera un caso perdido.
Cuando bajaron del vehículo, a Omar se le fueron los ojos hacia la antesala del área de custodia, la zona enrejada donde aparcaban los coches patrulla que llegaban con detenidos.
Detrás de la reja se había montado un buen follón.
Cuatro agentes trasladaban a un hombretón musculoso y a una mujer bajo la supervisión de Sandra Rovira.
Al ver a la cabo, a Omar le saltaron todas las alarmas y la relacionó con los corazones enviados a Jesús Maria Barceló.
El caso que Gabriela destapó en exclusiva porque él le había cantado La traviata .
Desde la cita anual en el hotel del Fòrum, no había vuelto a tener noticias de ella.
Una vez al año. Una y basta. Puto pacto.
Rápidamente vio la posibilidad de conseguir información o, dicho de otra manera, una excusa para hablar con ella.
En su último encuentro, él le había proporcionado aquel notición a cambio de que accediera a volver a verlo antes de un año.
Y Gabriela había aceptado. Joder si había aceptado. ¿A quién le amarga un dulce?
Era perfectamente consciente de que, si ese traspaso de información acababa sabiéndose, se exponía a recibir un buen palo de los de arriba y a que le cayera encima toda la ira de los de la DAI , la División de Asuntos Internos.
Conocía el riesgo, pero por algo dicen que tiran más dos tetas que dos carretas.
—Ve subiendo, Josep, que voy enseguida —le dijo Omar, que se quedó mirando la escena desde una distancia prudencial.
Los cuatro agentes —grandes como armarios— sacaron del coche a Yuri Casasín y a Honorinda San Isidoro esposados. La mujer, con muchas más luces, era un corderito obediente, pero él era un caballo desbocado y, con su corpulencia, difícil de domar.
—Casasín, no me toques los ovarios que no tengo ganas de bronca. —Sandra Rovira levantó el índice muy recto.
Pero el tío ni caso; era un aspersor de testosterona. Cuando un agente lo cogía por el brazo, él intentaba soltarse. Pero las ganas de tocar la pera duraron hasta que la paciencia de su mujer dijo basta.
—¡Yuri, basta, joder!
Y entonces Yuri se cuadró.
El jefe de turno ya había autorizado la entrada del matrimonio, y los cuatro gorilas los llevaron a la sala de recepción de detenidos.
—Vosotros dos, escuchadme. —Sandra chasqueó los dedos hasta que consiguió tener contacto visual con ellos—.
Esta sala tiene un doble sistema de cámaras con micrófono incorporado.
Aquí y allí. —Las señaló—. Lo que hagáis y digáis podrá verlo y escucharlo un juez.
¿Queda claro? Quedáis advertidos. Ahora poneos esto.
Les dio un chándal y una camiseta negra, y después los fusiló con la mirada de quien está hasta el gorro.
Honorinda y Yuri obedecieron y se pusieron esa ropa.
Luego la cabo les tomó las huellas con un escáner y el sistema detectó rápidamente los lofogramas.
Efectivamente, no era la primera vez que los detenían.
—¡Vaya! ¡Ha salido el gordo! Por lo que parece, ya habéis visitado el hotel de la comisaría antes, ¿verdad? Ya sabéis cómo va esto: a la mínima, os lo advierto, a la mínima os las veréis conmigo. ¿Queda claro? A la mínima. —Como si repetirlo tres veces fuera garantía de algo.
Sandra no esperaba respuesta, así que dio media vuelta y no presenció cómo la penumbra de los calabozos engullía a los detenidos.
A partir de ese momento, todo quedaría anotado en una ficha: comidas, incidentes de salud y encuentros con abogados, aunque la cabo solo esperaba saraos y trifulcas de Yuri Casasín.
Tanto Sandra como Omar se pasaron el resto de la mañana con el culo pegado a la silla por obra y gracia de la burocracia.
A la cabo le parecía una absoluta pérdida de tiempo.
Un error del sistema. Un mientras hago esto no estoy persiguiendo a los malos.
Para Omar, en cambio, era una bendición que le permitía catalogar el trabajo realizado fuera de la comisaría.
Un sistema sin orden no es un sistema ni es nada. Para gustos, los colores.
Las tareas administrativas se prolongaron hasta la una y media. A esas alturas ya hacía rato que el estómago de Omar gruñía, así que decidió bajar al comedor con la fiambrera bajo el brazo.
A la hora de comer, allí se juntaba toda la diversidad de trabajadores que poblaban la comisaría: investigadores, agentes de la Científica, mossos, administrativos e incluso guardias urbanos que habían dejado a algún detenido en la única comisaría de Barcelona que tiene celdas.
Omar barrió el comedor con la mirada. Era de los que preferían comer solos a tener que improvisar cualquier conversación de ascensor que, después de un rato hablando de chorradas, acababa inevitablemente con su pensamiento proyectando un mono tocando los platillos.
Mejor solo que mal acompañado. Siempre. Detectó un sitio libre justo detrás de los cuatro agentes que habían llegado con Sandra Rovira.
Parecía que estuvieran comentando la jugada.
Pues allá voy. Se sentó y extendió la comida en la mesa.
Fiambrera de vidrio (muerte al plástico).
Carbohidratos a la izquierda y proteínas a la derecha. Perfectamente diferenciado.
Trescientos cincuenta gramos en total. Gramo arriba, gramo abajo.
—¿Sabes lo que se ha encontrado en el piso de los San Isidoro?
—Pasta en metálico, tres pistolas, armas blancas y droga; dosis de cocaína, heroína, hachís y crack.
—Menudos perlas… ¿Muchas dosis?
—No lo sé exactamente. Sospechan que para abastecer los narcopisos que creen que tienen por esa zona.
—Debe de controlarlos ese Yuri Casasín. Joder, mira que está fuerte, ¿eh? Qué roca de tío, por Dios. Seguro que les arrancó el corazón él mismo con las manos. Como el tarado aquel de la segunda peli de Indiana Jones.
—Hombre, no es ningún angelito, aunque admito que ella me ha sorprendido.
—¿Quién? ¿Honorinda San Isidoro? ¿Por qué?
—Joder, ha sido ella la que ha acabado cuadrándolo.
—Es cierto, sí… ¿Qué tienen contra ellos?
—Montaron un follón en el Sant Jordi hace unos años y la madre de ella murió. Además, parece que la geolocalización del móvil los situaba a los dos en el complejo sanitario la tarde que le llevaron los corazones a Jesús Maria Barceló.
A partir de aquí, la conversación giró hacia temas que no tenían nada que ver con el trabajo. Que si coches, que si fútbol, que si series.
Omar ya tenía la información. ¿Y ahora qué? El instinto le pedía a gritos hacer una cosa y, durante el rato que tardó en terminar la comida, colocó todos los elementos en una balanza y el veredicto fue clarísimo: había más contras que pros.
Mientras fregaba la fiambrera y los cubiertos, terminó de decidirse.
Al fin y al cabo, era complicado que lo pillaran.
Él siempre pasaba inadvertido; era la máxima expresión del perfil bajo, y la recompensa era muy valiosa.
Como era analítico, decidió que la dopamina tenía la culpa de lo que iba a hacer.
Porque la culpa siempre era de otro, de un elemento externo, del karma o de lo que fuera.
En algún sitio había leído que la dopamina se disparaba cuando la recompensa no era predecible, lo que explicaba por qué muchas personas se sentían más atraídas por relaciones inestables que por vínculos seguros.
La respuesta química del cerebro transformaba la incertidumbre amorosa en un estímulo poderoso: ese no saber si llegaría una llamada, un mensaje o un beso.
Esto, en el amor, era angustia camuflada de deseo.
Con la fiambrera limpia ya en su taquilla, entró en el lavabo y se encerró en una cabina. Sacó el móvil del bolsillo y escribió un wasap. Definitivamente, a la mierda el pacto.
Omar
Hola! Cómo estás? Han detenido a dos personas por el envío de los corazones al ICIB. He visto cómo los metían en las celdas. Uno de ellos es una bestia que da miedo
Gabriela
Hola! Dónde los han detenido?
En el edificio Saturno
El de la Mina?
Sí
Sabes cómo se llaman?
Yuri Casasín y Honorinda San Isidoro
Qué tienen contra ellos?
La geolocalización del móvil el día que se dejaron los corazones en el ICIB
Muchas gracias, guapo
Y de repente el «En línea» de la parte superior de la pantalla desapareció. Ni un quedemos, ni un triste emoticono de un beso. Nada de nada. Puta dopamina. Toda la culpa era suya.