El quinto corazón Capítulo 25
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Capítulo 25

Las Vele di Scampia de Nápoles, cuatro edificios mastodónticos en forma de vela latina donde la mafia se hizo fuerte a partir de los años ochenta, son el corazón del tráfico de drogas en Europa.

Desde allí, los tentáculos de la Camorra manejan toneladas de cocaína, cannabis, LSD y quién sabe cuánta mierda más que abastecen a adictos de todo el continente.

En Scampia, quien dicta la ley es la Camorra.

Y pobre de ti si te la saltas, que allí los juicios son sumarísimos y no se lleva eso de los alegatos de defensa.

Barcelona tiene sus Vele di Scampia en el bloque Saturno del barrio de la Mina.

Un monstruo de hormigón de diez plantas dividido en seis escaleras, cuatro pisos por rellano y doscientas cuarenta y cuatro viviendas.

Ni una más ni una menos. Ni punto de comparación con los napolitanos, aunque los tiroteos, los homicidios y la delincuencia son males cronificados.

Con este panorama no era raro que en el bloque Saturno la policía no fuera bienvenida y que pasarse por allí con uniforme supusiera un riesgo que no podía tomarse a la ligera.

Hacía apenas un mes, un tiroteo entre bandas rivales de narcotraficantes —ciento cincuenta balas en cinco minutos— había sembrado el pánico entre los vecinos.

Tres semanas después del macabro regalo de cumpleaños enviado a Jesús Maria Barceló, todos los indicios llevaban a ese rincón abandonado de la ciudad donde hacía años que la palabra «futuro» había perdido su significado.

A las tres y media de la madrugada, la temperatura había caído hasta los diez grados y el calorazo del verano ya era un recuerdo reciente que no volvería hasta el año siguiente.

A la cabo Sandra Rovira, el frío se le coló por la nuca hasta provocarle un escalofrío que le recorrió la columna vertebral de arriba abajo.

Sentía el punto justo de tensión y nervios antes de un operativo con el despliegue de las grandes ocasiones: antidisturbios, coches patrulla, drones y un buen grupo de agentes con pocas contemplaciones.

A la hora fijada, un pelotón de dieciséis miembros del Grupo Especial de Intervención, la unidad militarizada de la policía, armado hasta los dientes, accedió a la portería medio a oscuras, donde la mezcla de olores a humedad y orina convertía el aire en irrespirable.

Los parpadeos de un fluorescente impedían ver a más de unos centímetros alrededor.

En la entrada, el GEI se encontró una colmena de hierro oxidado empotrada en la pared que un día fueron buzones, y por el suelo, cartas, botellas, envases y colillas esparcidas por todas partes.

Los dieciséis policías fueron subiendo rellanos donde techos desconchados, grafitis en las paredes y telarañas en las barandillas daban la bienvenida a viviendas en las que abundaban problemas persistentes de penurias y tráfico de drogas.

Sí, esa Barcelona también existía. Vivía de espaldas al esnobismo de la Fórmula 1, al dinero del Mobile World Congress, a la modernidad del Primavera Sound y al glamur de la 080 Fashion.

Pero allí estaba, arrinconada y cargando con el muerto de ser la oveja negra de una ciudad que habría deseado esconderla debajo de la alfombra.

Camuflado en el silencio de la noche, el pelotón seguía subiendo pisos.

Cuarto.

Quinto.

Sexto.

En medio del rellano, un agente oyó un aullido apagado y notó que algo se movía debajo de su bota. Al levantar el pie del suelo, una rata de palmo y medio y cola larguirucha huyó corriendo.

Séptimo.

Octavo.

Noveno.

Décimo.

Los miembros del GEI se plantaron delante de la puerta, ocho en cada lado, armas a punto, que sea lo que Dios quiera.

A la de tres, un mazazo destrozó la puerta y el grito de «¡Policía!

» resonó en todo el edificio. En la primera habitación, dos niños dieron un bote en la cama al ver que los apuntaban con subfusiles de asalto, pero los críos no eran el objetivo, así que el pelotón siguió adelante.

Cocina, vacía.

Lavabo, vacío.

Nada más entrar en la segunda habitación detectaron al objetivo. Los policías encañonaron a una bestia de tío que intentaba coger una pistola de la mesita de noche para librar un enfrentamiento desigual: cuatro contra uno, subfusiles contra pistola, un cuerpo de élite contra un quinqui de barrio.

—¡No, Yuri!

Honorinda San Isidoro, que conocía los golpes de genio de su marido, no quería un baño de sangre allí.

Los niños, la pena, criarlos sin padre y ejercer de viuda.

Válgame Dios, qué follón. Si alguien podía parar los pies a Yuri era ella.

Y, por suerte, el macho obedeció, levantó las manos y un agente lo esposó.

Acto seguido, hicieron lo mismo con Honorinda.

Las maneras —hablamos de un cuerpo militarizado que no se anda con hostias— fueron las que fueron, y ella ya visualizaba la colección de moratones que le saldrían.

Yuri, encendido, se puso como una fiera al ver que le ponían la mano encima a su mujer.

Porque era suya. Desde lo más profundo del alma le salió una retahíla de «hijos de puta» a pleno pulmón, pero, al llegar a la media docena, un mosso decidió que ya había sido suficiente y le administró jarabe de palo para que se callara.

Ya reducidos, llevaron a los detenidos al comedor y los sentaron en el sofá.

Con la situación controlada, Sandra Rovira entró en escena.

Peinó el piso con la mirada. Parecía nuevo y no tenía nada que ver con la estética del edificio: suelo de parqué, carpintería exterior de aluminio, televisor plano de cincuenta y cinco pulgadas y electrodomésticos alemanes de gama alta.

La cabo se acercó al matrimonio con paso firme y les plantó un papel delante de los morros.

—Señora San Isidoro, señor Casasín, aquí tienen la orden del juez para proceder a…

Antes de que la cabo hubiera terminado la frase, Yuri emitió un ruido gutural asqueroso y a continuación estampó un escupitajo en el documento. La cabo puso los ojos en blanco y reprimió las ganas de pegarle un mamporro con el puño cerrado. Santa paciencia.

—No empezamos bien, señor Casasín. Se les acusa de ser responsables del envío de restos humanos al señor Jesús Maria Barceló.

Sandra miró a Yuri a los ojos bastante más segundos de los necesarios. Después le frotó la orden judicial por la mejilla para limpiar el escupitajo.

—No tienen pruebas. Es imposible que las tengan.

Sandra miró largamente a Yuri con la sonrisa traviesa de quien va tres pasos por delante.

Claro que tenían pruebas. Con la triangulación de la señal de los móviles de Yuri y Honorinda, los Mossos habían comprobado que los San Isidoro estaban en el complejo sanitario Antoni Gaudí la tarde en la que se dejó el regalo de cumpleaños en la recepción del ICIB .

Pero todo esto el quinqui lo sabría llegado el momento.

El clan de los San Isidoro tenía la motivación y la capacidad para materializar la venganza contra las personas que forzaron el traslado que le provocó la muerte a doña Carmen.

El juez Simón Llanos de Alcázar compró el relato de Sandra y enseguida redactó la orden de detención y de registro. Yuri ya podía decir misa.

La cabo les leyó sus derechos a los detenidos y a continuación un contingente de agentes procedió al registro de la vivienda. Lo que encontrarían no ayudaría al matrimonio Casasín-San Isidoro.