Capítulo 23
—¿Qué puedo ofrecerte?
La oferta de Gabriela a Helena Soto parecía una invitación a poner una cifra en un cheque en blanco.
No era la primera vez que se encontraba en situación de negociar un soborno.
Hizo el ejercicio mental de imaginar cómo lo gestionaría con el director de La Tribuna , Ernesto Makaroff.
Estos temas eran cada vez más complicados.
Los periódicos siempre habían manejado dinero negro para sobornos.
Antiguamente, el dinero en B se sacaba de la venta de publicidad en las páginas de contactos; en los ochenta se inventaron este eufemismo porque decir «prostitución» era muy feo.
La contratación solía hacerse directamente en las oficinas de los periódicos e iba acompañada del añadido «¿Con o sin factura?
». Todo el mundo puede imaginarse la mayoría de las respuestas en un gremio que, aunque no estaba expresamente prohibido por la ley, tampoco estaba regulado ni reconocido como actividad legal.
Algunos periodistas incluso habían publicado los anuncios de contactos por intercambio en especies.
Y sí, esa gente formó parte de la edad de oro del periodismo.
Con los años, la muerte de las páginas de contactos, la digitalización de la sociedad y Hacienda haciendo de poli malo, estas prácticas fueron cayendo en desuso, y ahora La Tribuna sacaba los cuartos para sobornar de las cuatro suscripciones que vendían en la recepción del periódico y de ir sacando en cajeros montos de seiscientos euros hasta llegar a la cantidad pactada.
Esto implicaba que el gilipollas del director financiero estuviera al tanto de absolutamente todo, lo que a menudo suponía depender de él, y después ya se sabe: reproches, moralidad, «¿seguro que vale la pena?
», rematado con la reina de todas las chorradas: «¿Lo monetizaremos con la venta de ejemplares?
». Una mierda, vaya. Sobornar a las fuentes era tan viejo como la propia prensa, pero a los burócratas no les entraba en la cabeza.
En el parque de la Ciutadella se levantó una ráfaga de viento fresquito a modo de recordatorio de que el verano tenía los días contados.
Helena llevaba el pelo tan corto que no se le movió ni uno solo.
Miraba a un punto indeterminado mientras aspiraba su tercer Ducados y la cabeza le carburaba a toda máquina.
Después de unos instantes, verbalizó lo que le rondaba por la cabeza.
La propuesta dejaría a Gabriela con la boca abierta.
—¿Quieres que te diga lo que puedes ofrecerme? Que La Tribuna publique una cosa.
—¿El qué? ¿Sobre qué?
—Sobre las condiciones laborales que tenemos en el hospital.
Vamos con la lengua fuera y ya estamos hasta los ovarios.
Tenemos un treinta por ciento más de pacientes por atender y no contratan a más personal.
Y, para rematarlo, la dirección del hospital se plantea cerrar una planta y quirófanos.
Desde el sindicato no dejamos de quejarnos, pero la dirección…
como si oyera llover. Como siempre, vaya.
Si esto lo publica un periódico como La Tribuna , verás como se ponen las pilas.
La enfermera —pobre como una rata, no había más que verla— podría haber salido con cualquier cantidad y embolsársela sin que nadie se enterara. Sin embargo, mira por dónde, resultó ser una persona con principios. Ese día, prejuicios con patatas para comer.
Gabriela era consciente de que La Tribuna se cambiaba de chaqueta cuando le convenía y de que desde hacía un tiempo se inclinaba hacia el centro derecha.
Costaría Dios y ayuda colarle a Makaroff un reportaje como ese.
Pero en el periodismo mandaba el cortoplacismo, así que aseguró algo que aún no sabía si podría cumplir para salir del paso y que Helena le contara con pelos y señales todo lo que sabía.
—Puedes contar con ello, Helena. Es un tema de interés.
—¿Seguro?
Sabe más el diablo por viejo que por diablo, y a Helena ya le habían tomado el pelo demasiadas veces en la vida. Las cosas nunca eran tan fáciles. Gabriela se quedó unos segundos en silencio y después interpretó un papel que nunca le había fallado.
—Mírame a los ojos. Mírame —insistió mirando fijamente a Helena—. Puedes confiar en mí. Te doy mi palabra. Y yo nunca falto a mi palabra. ¿Me has oído? Nunca.
Helena observó con atención a Gabriela. La enfermera parecía ajena al ir y venir de gente por el parque de la Ciutadella, al tabaco y a las agujas del reloj.
Concentrada en esa periodista que le pedía que confiara en ella.
Le habían metido tantos goles a lo largo de los años que ya era gata escaldada, pero también era idealista.
Quizá este era su principal defecto en esta maldita sociedad. Aun así, acabó asintiendo.
—Muy bien. Trato hecho.
—Gracias, Helena. Mi compañero de la Sección de Sociedad, Xavier Manzanero, hablará contigo. Lo pondré en antecedentes y le daré tu contacto.
Helena se limitó a asentir con la cabeza y Gabriela aprovechó para reconducir el tema. Había llegado el momento de acorralar a la enfermera y que se lo contara todo.
—Las pacientes y el doctor Barceló. Nos habíamos quedado ahí. Te decía que debían de estar agradecidos contigo después de que te jugaras el pellejo por ellas.
—¿Agradecidos? ¡Y una mierda! Y eso que testifiqué a favor de la dirección después de que Carmen San Isidoro la palmara durante el traslado.
Una representante sindical como yo… Quién me ha visto y quién me ve.
Además, la verdad es que las dos pacientes eran unas gilipollas de marca mayor.
De esas que te llaman chata para tratarte como si fueras su criada.
«Chata, la comida. Chata, cierra la puerta».
Me cago en todo, ¿es que a esta gente no la han enseñado a decir por favor?
Y el marido de una de ellas, de Montse Casanovas, madre mía…
Qué pedazo de idiota. El señorito banquero… A mi barrio lo llevaba yo.
—Pero tú las defendiste.
—Naturalmente. Una cosa no quita la otra.
Es que tenían razón. Además, esas mujeres estaban a un paso de la taquicardia, y en su estado era peligroso.
Eran imbéciles, sí, pero las defendí. Las mujeres aún pasaron dos o tres de semanas en el Sant Jordi después de aquello.
El caso es que, justo después del traslado y la muerte de Carmen San Isidoro, el doctor Barceló se marchó unos diez días a Estados Unidos y el doctor García hizo el seguimiento de las dos pacientes. Y ahí se torció todo.
Gabriela, que no iba a conformarse con el titular, guardó un silencio que invitaba a desarrollarlo con una buena argumentación.
—El doctor García era una persona difícil.
Llevaba a la gente al límite. Era tremendamente exigente y se creía una divinidad.
De hecho, la mayoría de los médicos creen que lo son.
No todos, ¿eh?, pero sí la inmensa mayoría.
En la carrera deberían tener una asignatura que se llamara Humildad y Respeto.
En el caso del doctor García se añadía que no tenía ningún filtro de puertas adentro del hospital.
Otra cosa era cuando tenía una cámara o a un político delante.
Entonces podía parecer la persona más encantadora del mundo.
—Tenía una doble cara, vaya.
—Muy bestia, además. Exageradísima. Era un gran cardiólogo, de eso doy fe, pero en el hospital la psicología no era su fuerte.
El caso es que lo denunciaron tanto a la dirección del Sant Jordi como a los Mossos.
¿Recuerdas a Rosa Vila? ¿La compañera que huyó corriendo cuando Yuri Casasín me apuñaló?
—Sí.
—Pues al cabo de un tiempo de lo que te he contado, el doctor Barceló la fichó para el ICIB y le subió el sueldo.
Justo cuando le faltaban cinco años para jubilarse, a la tía casi le duplican el sueldo.
Yo me juego la vida y me quedo igual. Bueno, igual no: con cara de imbécil.
Ella huye como una rata cobarde y la premian. ¿Tú lo entiendes?
—Mujer, a ver, no. No lo entiendo. Y empresarialmente, cuando le faltaba tan poco para jubilarse, todavía se entiende menos. La gente no es tan generosa.
—Yo no soy servil con los doctores. No los trato como a divinidades ni les río las gracias, y así me ha ido. Soy una desgraciada. Pero ese cambio con ese aumento desproporcionado no tenía ni pies ni cabeza. Casualidad o no, al poco tiempo Rosa Vila denunció al doctor García por agresión sexual.
—¿Al doctor García?
—Sí… No me lo imaginaba, la verdad. A mí nunca me lo pareció —la cortó en seco la enfermera—.
Nunca. El doctor García podía ser exigente y déspota, que lo era, podía llevar a las personas al límite…
Decían que incluso tenía permiso de armas, pero yo nunca vi que fuera un guarro o un agresor sexual.
Y mira que estuve casi veinte años trabajando a su lado.
—¿Te crees a Rosa Vila?
—Ya sabes lo que pienso de ella.
Una jubilación dorada y, al poco tiempo, una denuncia que dejaba a Toni García en el centro de la diana. Demasiada casualidad. Vamos, hombre, ¿y qué más? Al olfato periodístico de Gabriela le llegaba el tufo a un kilómetro de distancia.