El quinto corazón Capítulo 22
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Capítulo 22

Nelson pasó las seis horas y media de vuelo conversando con su demonio interior, que, como la carcoma, le reprochaba lo que iba a hacer.

La cita con Stéphane Fournier era clandestina, y ya sabemos que todo lo furtivo lleva intrínseca una espada de Damocles que puede destrozar esa ruleta azarosa a la que llamamos vida.

Dubái lo recibió con un bochorno árido y abrasador, molesto incluso para un caribeño como él. Nada más aterrizar, taxi y del aeropuerto directo al encuentro.

Los veinte minutos de trayecto le bastaron para darse cuenta de que la ciudad parecía nueva a estrenar.

En unas décadas había pasado de pequeño pueblo de pescadores a centro global de negocios (opacos y legales) donde los rascacielos parecían crecer como setas después de un episodio de lluvia.

Decían que era una de las ciudades más impresionantes del mundo por su arquitectura innovadora, su lujoso estilo de vida y su ubicación estratégica en los Emiratos Árabes Unidos.

El milagro se había producido por obra y gracia de Mohammed bin Rashid Al Maktoum.

Con la inestimable ayuda del petróleo, claro.

Dame pasta infinita, imaginación y ganas de ostentar, y prepárate, que vas a flipar.

El jeque y el oro negro impulsaron el desarrollo de numerosos proyectos en la ciudad, incluida la creación de un parque tecnológico, una zona de libre comercio, el Dubai International Finance Center, el hotel Burj Al Arab —tres veces más alto que su hermano pequeño de Barcelona, el Vela—, las islas Palm y el Burj Khalifa, el edificio más alto del mundo, donde tendría lugar el encuentro de Nelson con Stéphane Fournier.

El taxi lo dejó en la entrada de ese mastodonte que ascendía hasta una altura de ochocientos veintiocho metros.

La recepción era el último grito en diseño y combinaba lujo, modernidad y elegancia.

Los techos altos y las paredes de cristal transmitían una sensación de amplitud.

Allí habían metido pasta gansa. No había que ser muy espabilado para darse cuenta.

Nelson miró el móvil para confirmar la habitación de la cita. Un ligero escalofrío lo embistió sin avisar; seguro que eran los nervios. Si, por lo que fuera, algún día llegaba a saberse lo que Nelson había ido a hacer a Dubái, las consecuencias serían nefastas.

Un ascensor cohete lo subió a cuarenta y cinco metros de altura en tres segundos.

Sintió como si una fuerza lo absorbiera hacia abajo, haciendo escalar la presión del estómago hasta el pecho.

Una sensación muy intensa y un poco desagradable, pero por suerte pasajera.

Un tintineo la interrumpió para anunciar su planta, la ocho.

Al salir del ascensor, buscó la habitación por el rellano enmoquetado y con un sutil olor a vainilla.

Por fin, la ochocientos doce. Inspiró profundamente, resopló y llamó a la puerta con los nudillos.

En los cinco segundos que tardaron en abrir, un carrusel de pensamientos le pasaron por delante: su familia, su infancia en La Habana, las cartillas de racionamiento y lo mal que lo había pasado en el ejército cubano después de la caída de la Unión Soviética.

Cuba le había dado una buena formación, cierto, pero tuvo que hacerse militar para ganar cuatro perras.

Hasta que conoció a Jesús y su vida se dio la vuelta como un calcetín.

Muchos lo creían un pinguero que había cazado al europeo a base de excursiones a la bragueta, pero él conocía su historia mejor que nadie.

Y de pinguero nada. Bastante putas las había pasado en el ejército para ocultar su homosexualidad.

La puerta se abrió dos dedos, y un par de ojos azules lo escanearon en tiempo récord.

—Pase.

Tanto por su acento francés como por su aspecto físico, interpretó que esa montaña humana era Stéphane Fournier, que lo cogió del bíceps y lo arrastró hacia el interior de la habitación en un visto y no visto. Máxima discreción, que nunca se sabe.

Ya dentro y con la puerta cerrada, Stéphane Fournier recorrió el pequeño pasillo hasta llegar a la habitación, equipada con una cama como un campo de fútbol, una mesa rodeada de tres sillas y unas vistas alucinantes a la Fuente de Dubái.

Sentado en una de las sillas estaba un hombre vestido con kandura, una larga túnica de color blanco que lo cubría desde los hombros hasta los pies. Se levantó y se dirigió hacia él.

— As-salamu alaykum .

— Wa alaykum as-salam . —Esta Nelson se la sabía.

—Rashid Al Nahyan.

—Nelson Sotomayor.

Se estrecharon la mano.

—Yo no me he presentado, monsieur Sotomayor, pero creo que ya sabe quién soy.

Claro que lo sabía. Stéphane Fournier: cincuenta y tres años bien llevados, natural de Ginebra, alto como un pino, vestido de tres mil euros para arriba, antiguo pez gordo de la Société Bancaire Helvétique.

Cuando en 2019 Suiza tomó medidas para mejorar la transparencia financiera y cumplir estándares internacionales, decidió que las reglas no estaban hechas para él y se convirtió en un sicario de las finanzas.

—Lo conozco. Usted es Stéphane Fournier.

—Correcto, monsieur . ¿Cómo está mi querido doctor Barceló?

—Digamos que no pasa por su mejor momento.

—Lo sé. He visto que ha hecho pública su enfermedad. Si hay algo que pueda hacer por él, solo tiene que decírmelo. ¿Sabe?, él salvó a mi hija. Viajó a Suiza y la operó.

Nelson conocía la historia. Géraldine Fournier sufría una miocardiopatía hipertrófica y necesitó una cirugía llamada miectomía septal. Cuando le has visto las orejas al lobo y a una hija en el otro barrio, el agradecimiento es eterno. Y, en este caso, también era sincero.

—Creo que ha traído algo, monsieur Sotomayor.

Nuevo en esas artes, Nelson asintió como un niño el primer día de clase.

Introdujo la combinación que abría el maletín de piel, del que no se había separado en todo el viaje, y entregó a Stéphane Fournier una carpeta con documentación.

El suizo la examinó para verificar que todo estaba en orden.

Su cara era un bloque de hielo que no filtraba emoción alguna.

—Rashid.

Stéphane entregó a Rashid Al Nahyan, representante del Dubai International Bank, las coordenadas de una cuenta bancaria secreta en la que la identidad del titular se ocultaba detrás de un código.

El agente bancario se sentó delante del ordenador e hizo una serie de comprobaciones.

El silencio granítico en la habitación del Burj Khalifa se prolongó hasta que Rashid Al Nahyan hizo el anuncio esperado.

—Dos millones ciento cincuenta mil dirhams.

Automáticamente, Nelson miró a Stéphane para que hiciera la traducción simultánea con la calculadora que tenía por cerebro.

—Quinientos mil euros, monsieur Sotomayor. ¿Es lo que se había pactado?

Nelson esbozó una sonrisa a caballo entre la alegría y el alivio. Después asintió con la cabeza.