Capítulo 21
El taxista bajó el volumen de la radio y silbó a modo de exclamación antes de mirar a Gabriela a través del retrovisor.
—A los picoletos que estaban de guardia se les va a caer el pelo.
Pese a sus evidentes ganas de conversar, recibió silencio por respuesta. Gabriela se hizo la desentendida mirando por la ventana, concentrada en el encuentro que tendría en unos minutos. Pero el hombre, que no se callaba ni debajo del agua, volvió a intentarlo.
—Y estos periodistas… ¿Ahora sacan eso de que la cárcel está hecha una mierda? ¿Ahora lo dicen? ¿Y antes qué, eh? Callados como putas.
Pero de nuevo punto en boca. El segundo intento de entablar conversación también fracasó. Esta vez sí, mensaje recibido.
El silencio se prolongó hasta que el taxi llegó al complejo sanitario Antoni Gaudí.
El lugar, como siempre, era un hervidero de pacientes, acompañantes, médicos, enfermeras y trabajadores.
Para acceder había que atravesar una alfombra de colillas, gentileza de la legión de fumadores enganchados a esa droga llamada tabaco.
La mayoría de ellos con bata blanca, a pesar de las reiteradas advertencias de la dirección.
La bata, en teoría, era de uso hospitalario por el riesgo de exposición a gérmenes.
Sacarla del ámbito sanitario podía contribuir a propagar infecciones.
Pero no nos engañemos: a la dirección le preocupaba mucho más la imagen del centro que la propagación de gérmenes.
Fuera por lo que fuese, parecía que quitarse y ponerse la bata de las narices suponía un trabajazo impresionante.
Gabriela se fijó en uno de los fumadores, un mosso uniformado que aspiraba como si no hubiera un mañana: metro ochenta y pico, ojazos y una espalda para mojar pan.
Enseguida pensó en Omar tumbado debajo de ella mientras follaban en el hotel del Fòrum y sintió ese no sé qué que le erizaba cada centímetro de la piel.
Estaba convencida de que tenía más conexión con él de la que tendría nunca con Kilian, pero, cuando se planteaba dejarlo y pedirle a Omar que lo intentaran, se abría la mochila en la que cargaba todas sus dudas y volvía a alzar esa barrera mental que abortaba toda tentativa de revolución.
Que si lo tienes idealizado, que si el pasado es pasado, que si en realidad no lo conoces a fondo, que si ahora tampoco estás tan mal, que si mandarlo todo a tomar viento es un follón de campeonato.
Y las niñas, Emma y Paula. Claro. Ah, y el dinero.
Que a Kilian le caía una buena pasta a final de mes.
Y eso, no nos engañemos, lo hacía todo mucho más fácil.
Negarlo sería contar unas películas que no se creía ni ella.
Sacudió la cabeza con fuerza para intentar centrarse en la entrevista. No era el momento de entrar en un bucle del que sabía por experiencia que costaba Dios y ayuda salir.
De repente, un par de toques en el hombro hicieron saltar por los aires sus cavilaciones. Al girarse, una retaca de pelo canoso y cara arrugada la miraba fijamente.
—Gabriela Palau, ¿verdad? He visto tu foto en el periódico. Soy Helena Soto.
El marido de Montserrat Casanovas, Santi Nadal, había mencionado a la enfermera Helena Soto en su conversación con Gabriela en el Banco de Barcelona.
No le resultó difícil contactar con ella a través de las redes sociales.
Facebook e Instagram abiertos y tan feliz.
Luego hay quien se queja de ciberacoso, phishing o suplantación de identidad, pero este ya era otro tema.
Tenía la voz áspera de quien ha fumado durante años como una carretera y ha ido procrastinando sistemáticamente lo de cuidarse hasta convertirlo en un hábito de vida.
Gabriela peinó a Helena Soto de arriba abajo con la mirada y después le tendió la mano.
Su apretón fue firme, y su piel era rugosa al tacto.
—Muchas gracias por venir, señora Soto.
—Helena, si no te importa. Mejor Helena. Lo de hablar de usted suena burgués de cojones.
—Pues muchas gracias por venir, Helena.
Gabriela hizo el gesto de invitar a la enfermera a sentarse en uno de los bancos que abrazaban los jardines del recinto hospitalario.
—¿Te importa si vamos a otra parte? No me hace puta gracia que me vean hablando con una periodista.
En nombre de la prudencia, Gabriela y Helena salieron del complejo sanitario Antoni Gaudí y bajaron paseando hasta adentrarse en el parque de la Ciutadella por la entrada del paseo de Pujades.
Dejaron el castillo de los Tres Dracs y el Hivernacle a la derecha y se sentaron en un banco de madera situado delante del Umbracle.
Nada más colocar el culo, Helena se encendió un Ducados, que aspiró con avidez.
—Debes de pensar que estoy sonada. Que qué coño hace fumando una persona que cada día ve a gente diñándola.
Todo se lo decía ella. Después soltó una bocanada larguísima. Lo cierto era que a Gabriela le importaba un bledo, pero se limitó a poner cara de tonta, que de eso sabía un rato.
—Es el único vicio que tengo. Antes bebía mucho. Whisky sobre todo. Y farlopa… llegué a meterme mucha. Pero hace ya tiempo que solo bebo agua y que por la nariz no entra nada, pero esto… —otra calada— me recuerda que soy humana.
—Y el trabajo también te lo recordará, supongo.
—Ni te cuento… Sin el hijo de puta de mi ex y con pasta suficiente para no tener que trabajar nunca más sería la tía más feliz del mundo. ¿Por qué querías hablar conmigo?
—Estoy investigando unos hechos que ocurrieron hace unos años en el ICIB .
—¿Unos hechos…?
—El conflicto con los San Isidoro.
—Buen eufemismo eso de «conflicto». ¿Es para el periódico? —Detrás de esos ojos oscuros estaba la mirada desconfiada de quien ha vivido toda su vida con una nube negra encima.
—Sí, es para La Tribuna . Creo que te tocó pagar el pato.
La enfermera contrajo todos los músculos de la cara esbozando una sonrisa sarcástica y se remangó la bata blanca hasta dejar al descubierto una cicatriz de un palmo en el bíceps.
—Aquí lo tienes, el trofeo de guerra. Un recuerdo de los San Isidoro.
—¿Qué pasó?
—Se montó un buen follón. Uno de la familia, Yuri Casasín, me sacó una navaja. Un angelito, el tío. Podía romperte las costillas con solo un abrazo.
Helena le contó con todo detalle la batalla campal que provocaron los San Isidoro, cómo les plantó cara y, con todo el rencor del mundo, cómo Rosa Vila la dejó en la estacada.
—La rata de mi compañera se fue corriendo. Acojonada viva. Se cagaba por la pata abajo, la muy hija de puta. Fue entonces cuando Yuri Casasín sacó la navaja y me la clavó.
Helena, venga a fumar, volvió a mostrarle la gran cicatriz blanquecina que tenía entre el hombro y el codo. Con un corte de ese calibre podía perderse sangre suficiente para que la vida pendiera de un hilo.
La enfermera lo estaba cantando todo. Tres mujeres jodidas del corazón, la tira de personas rondando por la habitación, doña Carmen San Isidoro, una familia instalada en la marginalidad, una discusión que acaba saliéndose de madre, un follón de padre y muy señor mío y Yuri Casasín atacándola con una navaja…
Ponía los pelos de punta. Coincidía de pe a pa con la versión de Santi Nadal. Solo tendría que comprobar si el nombre de Rosa Vila había salido en la conversación entre Teo Mir y Rai.
—¿Qué hiciste?
—Pues aguantar como pude. Hasta que llegaron los de seguridad pasaron bastantes minutos.
No sabría decirte cuántos. Perdí sangre a punta pala.
Uno de ellos me sacó de allí y los compañeros de urgencias del Sant Jordi me atendieron.
Un rato más y no sé si lo habría contado. Minutos después llegaron los Mossos.
—¿Estuviste hospitalizada?
—Sí. Siete días. Me metieron sangre a granel, transfusiones, y por suerte mi cuerpo reaccionó bien. Un susto de tres pares de cojones.
—Fuiste muy valiente.
—¿Valiente? Más bien inconsciente.
—Valiente, Helena, valiente. No me jodas. Hay que tener mucho valor para enfrentarse a gente así.
—Para lo que sirvió…
—Mujer, a ver, supongo que tanto las enfermas como el doctor Barceló estarían muy agradecidos contigo.
—¿Agradecidos? De desagradecidos está el infierno lleno. No me hagas hablar…
Era periodista. Naturalmente que la haría hablar, sobre todo ahora que había encontrado un hilo del que tirar. En este maldito mundo todos tienen un precio, y Helena no sería la excepción.