Capítulo 20
El día y la hora habían llegado. Uno de los epicentros del poder en Barcelona, el Gran Teatre del Liceu, se engalanaba para reunir a lo más selecto de la sociedad civil con motivo de la gala De Todo Corazón que organizaba cada año el ICIB para recaudar fondos para la investigación de enfermedades cardiovasculares.
En medio del majestuoso vestíbulo del Liceu, Jesús hacía un pomposo rendez-vous a la larga fila de personalidades que asistían a un acto que se había convertido en una cita obligada para la flor y nata de la ciudad.
Anclado en una silla de ruedas y flanqueado por Ismael Valdés, el mejor cardiólogo del mundo inspiraba oxígeno de un respirador portátil entre apretón y apretón de manos.
No sustituía totalmente la respiración, solo la apoyaba.
La mecánica era sencilla: susurro al oído de Ismael anunciando al siguiente invitado, bienvenida, cumplido y foto de rigor con sonrisa impostada pero perfectamente ensayada.
Carla Sala y Nelson, como siempre en un prudente segundo plano, estaban pendientes de Jesús.
—Míralo…, sentado en una silla de ruedas, enfermo, con oxígeno y todo el mundo haciéndole fotos. No es bueno que se exponga así ante los medios. La imagen que quedará de él será esta.
—¿Ya lo estás sentenciando?
Carla puso cara de no saber dónde meterse ante el reproche de Nelson. Maldito subconsciente. Si un día Jesús faltaba, sería ella la que tendría que encabezar todo ese show. Negó con la cabeza, contrariada ante la perspectiva.
—Es lo que él quiere. Esperemos que no, pero, si vienen mal dadas, esta será la última vez que podrá hacerlo. Así que… —Nelson se encogió de hombros como diciendo hágase su voluntad.
—Tienes razón, qué caray. Y ahora que no está Toni, que lo disfrute, que bastante putas nos las hizo pasar.
El vestíbulo del Liceu, de estilo ecléctico y basado en el Renacimiento, estaba alicatado en blanco y negro, como un inmenso tablero de ajedrez.
Era uno de los pocos espacios que habían sobrevivido al incendio de 1994.
Unos operarios torpes, una chispa en el telón, mucha mala suerte y en cosa de tres horas ya no quedaba Liceu.
Esta fue la versión oficial que pasaría a la historia como verdad (o posverdad, según las malas lenguas).
La previa a la gala era un desfile de personalidades ametralladas por los flashes de fotógrafos y cámaras de televisión.
En una ciudad como Barcelona, pocos eventos tenían ese poder de convocatoria.
Actores, cantantes, políticos, deportistas, periodistas estrella y empresarios con ciertas aspiraciones querían tener su foto con Jesús para publicarla en las redes sociales.
Tan importante era estar como decirlo y colgarlo.
En medio de ese batiburrillo llegó la consejera de Sanidad.
Sara Mauri era un pedazo de mujer de elegancia innata, cerebro privilegiado y ambición desmesurada.
Aunque no había cumplido los cuarenta, los rumores, cada vez más insistentes, la situaban como futura candidata a la presidencia del Gobierno, apoyada por unas encuestas que le sonreían de oreja a oreja.
Junto con el empresario tecnológico Robert Piqué, formaban la pareja de moda en el mundo empresarial y político catalán.
Casados, dos hijos, apuestos, con buenos trabajos, sueldos de seis dígitos y futuros brillantes.
Todo de color de rosa. Asquerosamente perfectos.
Como consejera de Sanidad, Sara Mauri era uno de los puntales que sustentaban el ICIB con generosas aportaciones anuales en nombre del apoyo gubernamental a la investigación.
Jesús no era tan hábil como Toni García en el arte de las relaciones públicas, pero lo cierto era que en los últimos años se había convertido en un experto en la materia.
Aun así, en el caso de Sara Mauri, había pensado de antemano lo que quería decirle.
Su relación era frágil como un jarrón de porcelana, pero a ninguno de los dos les convenía que se rompiera.
Él perdería mucho dinero, y ella, su vida asquerosamente perfecta.
A pesar de los equilibrios, Jesús era de los que pensaban que era importante dejar claro quién tenía la sartén por el mango.
—Consejera Mauri, muchas gracias por venir. Sé que tenía muchas ganas. Un placer contar con su presencia, como siempre.
—El placer es mío, doctor Barceló. Vaya montaje han organizado. Lo felicito. Cada año se superan. Aunque este año veo que no cuentan con CardioAdvance entre los patrocinadores.
—El asunto de CardioAdvance es un mal recuerdo del pasado. Actualmente, por suerte, tenemos a personas como ustedes, que, sin pedir nada a cambio, nos echan una mano para poder seguir investigando.
Jesús —mirada a los ojos y sonrisa de cabrón— se dirigió a ella antes de insuflarse una buena dosis de oxígeno.
Después le ofreció la mano. La consejera no podía soltarle la fresca que muy a gusto le habría salido de dentro.
Como buen animal político —lo de animal había quien lo cambiaría por serpiente—, Sara Mauri sabía contar hasta diez y obedecer a la cabeza en lugar de al corazón, así que se limitó a tirar del manual de pragmatismo con una risita forzada y un apretón formal.
Se concedió, eso sí, la pataleta de apretarle la mano mucho más fuerte de lo estrictamente necesario.
Cuando sintió crujir los nudillos de la débil manita del cardiólogo y vio su mueca de dolor, sintió fuegos artificiales en su interior celebrando esa pequeña victoria.
Jesús, devoto ferviente de la religión del donde las dan las toman, utilizó al marido de la consejera para marcar territorio.
—Señor Piqué, no sabe cuánto me alegro de verle esta noche junto a su esposa. Hacen tan buena pareja… La familia perfecta, podríamos decir. De esas que no querrías ver que un día se rompen.
A Sara le faltaban dedos en las manos para contar las veces que había deseado la muerte de Jesús y de Toni. No tuvo más remedio que encajar el dardo mientras su marido, muy inteligente pero poco listo, sonreía sin saber de qué iba esa contienda.
Después, en una oda a la hipocresía, Sara Mauri y Robert Piqué se fotografiaron con Jesús en un photocall repleto de patrocinadores que donaban morteradas por la causa y, solo faltaría, para lucir logotipo en todas las publicaciones de los medios y las redes sociales.
Después, los equipos de marketing y publicidad harían un informe sobre impactos, KPI , alcance y toda una sarta de métricas para valorar si la inversión había sido rentable.
Dinero para la investigación a cambio de aumentar el valor de la marca.
Altruismo, en el mundo empresarial, el justo y necesario. Que los Reyes son los padres.
Cuando la pareja de moda hubo cumplido con el ritual, subió por la escalera central de mármol que conducía al primer piso. En cuanto dejó atrás la Musa de la música de Venanci Vallmitjana y el Salón de los Espejos, recorrió el alfombrado pasillo en forma de herradura que daba acceso a los palcos.
El desfile de invitados por el vestíbulo se prolongó hasta las ocho y media, la hora de inicio de la gala, conducida por Laura López Sedano y Sergi Grimau.
El telón de terciopelo diseñado por Antoni Miró se abrió y los dos presentadores estrella del momento dieron una solemne bienvenida anunciando lo que tendría lugar esa noche en el escenario: actuaciones musicales, charlas divulgativas y una exhibición a cargo de un chef de altos vuelos encargado del cóctel posterior.
Pero antes de nada era el momento de Jesús, al que presentaron con gran ceremonia.
Los aplausos de los asistentes acompañaron la salida del reputado cardiólogo al escenario con Nelson empujando la silla de ruedas.
Fue una ovación larga y aparentemente sentida.
En el ambiente flotaba esa sensación de las últimas veces.
Ese quizá, ese vete a saber, ese regusto a despedida que solo un donante de corazón podría evitar.
Una vez solo, bajo la boca del escenario, el doctor dejó que el aplauso se alargara.
Se tocó el pecho con la mano derecha mientras asentía con la cabeza, y la ovación aumentó de decibelios hasta que los asistentes se pusieron de pie.
Hay que ver lo que había aprendido sobre el dominio de la escena.
Quién lo había visto y quién lo veía. Cuando la ovación hizo conato de disminuir, se dirigió a los asistentes.
—Muchas gracias… Muchas gracias. Es una alegría ver el Gran Teatre del Liceu lleno a rebosar. En nombre del Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona, muchas gracias a todas y a todos por venir.
La gala coincidía con la emisión del telediario, que conectó en directo durante el discurso de Jesús. En televisión, como en la vida, nada es azaroso. Todo atado y bien atado.
—Mi padre murió cuando yo era muy pequeño.
No tengo recuerdos de él; apenas conservo algunas fotografías juntos.
Se lo llevó un ataque al corazón demasiado pronto.
Pero si hoy estoy aquí es sobre todo gracias a una mujer valiente: mi madre.
Ella salió adelante sola con un bebé recién nacido, con una fuerza y una dignidad que me han acompañado toda la vida.
Su ejemplo ha sido siempre mi guía. Cuando empecé a entender lo que significaba realmente la ausencia de mi padre, también descubrí lo que quería hacer con mi vida.
Fue entonces cuando decidí que quería ser cardiólogo.
Quería entender los secretos de este órgano misterioso que nos da vida y, si era posible, ayudar a evitar que otras familias tuvieran que pasar por lo mismo que yo.
Lo conseguí junto con el doctor Toni García.
En un día como hoy, no puedo ni quiero olvidarme de Toni.
Era un hermano para mí. Un hermano gemelo, podríamos decir.
Nacimos el mismo día del mismo año y en el mismo hospital.
Incluso, cosas de la vida, teníamos exactamente la misma altura y el mismo grupo sanguíneo, AB +.
En contra de lo que podría pensarse, no éramos gemelos.
La mochila de burlas por su físico y su condición sexual era dolorosamente pesada. Gay, calvo, papada muy pronunciada y labio leporino. Antagónico a Toni García. Un Brad Pitt de la vida. Quitarle importancia con ese tono sarcástico era de una impostura de matrícula de honor.
—Toni y yo fuimos a la misma escuela, jugamos juntos al balonmano y estudiamos medicina en la misma universidad.
Compartimos sueños… Y los hicimos realidad.
Juntos ideamos el ICIB . Muchos nos decían que estábamos locos, que la medicina de primer nivel era cosa de los estadounidenses.
Ahora, veinte años después, nos sentamos a la mesa de los mejores.
Hace tiempo que nos dieron la bienvenida al grupo de personalidades que engrandecen la historia de la medicina, de la investigación y del humanismo.
Lo digo con modestia pero con orgullo. No es una opinión subjetiva, es una realidad objetiva.
Por el descubrimiento de la descripción del algoritmo genético clave para identificar el riesgo de infarto, yo mismo fui merecedor del Premio a la Trayectoria Científica de la Federación Mundial del Corazón, me nombraron doctor honoris causa por la Facultad de Stanford, considerada la mejor facultad de medicina del mundo, y gané el Premio Lasker de Medicina.
El auditorio interrumpió el discurso de Jesús para aplaudir la mención de los tres premios, dos reconocimientos internacionales de primer nivel y el segundo premio más importante del mundo en medicina, que automáticamente lo situaban como candidato al Nobel.
Mientras honraba los reconocimientos con aplausos, él aprovechó para acercarse la mascarilla de oxígeno.
—El descubrimiento del algoritmo genético clave para identificar el riesgo de infarto, que he tenido el honor de liderar, supone una auténtica revolución en el campo de la medicina en lo que se refiere a la prevención de muerte por infarto y cambiará radicalmente la prevención cardiovascular de los infartos, porque de este modo se podrá aplicar un tratamiento precoz a las personas en riesgo.
Este descubrimiento supone tener un marcador que prevé si una persona sufrirá un infarto.
Si da positivo, se le aplicará un tratamiento preventivo.
El resumen de todo esto es que la investigación salva vidas.
Desde el ICIB salvamos vidas. En nuestra tierra, en Barcelona, hacemos una medicina de la que se beneficia todo el mundo.
Y para hacerla necesitamos financiación.
—Los segundos de pausa y la mirada fija a Sara Mauri estaban estudiadísimos—.
Necesitamos galas como esta. Gracias a la generosidad de todos los que estáis aquí se salvan vidas todos los días.
Pero hoy, caprichos del destino, soy yo quien necesita un donante de corazón para sobrevivir.
Si no lo consigo, muy probablemente no estaré entre vosotros el año que viene.
—El amargo presagio flotó durante los segundos de un silencio milimetrado—.
Así pues, como cardiólogo, pero sobre todo como enfermo, os pido que os impliquéis en esta lucha que empecé hace veinte años con Toni.
Cinco años después de su muerte, su legado sigue más vivo que nunca.
Los dos siempre tuvimos claro que, aunque la tecnología avanza rápidamente, es necesario asegurar que este avance esté alineado con los valores éticos y el respeto a la dignidad humana.
Están surgiendo grandes brechas en ciencia y salud, entre las tecnologías digitales y la creatividad cognitiva, que debemos afrontar entre todos.
Y para afrontarlas, repito: valores éticos y respeto a la dignidad humana.
Valores y respeto. Esto es y será siempre el ICIB .
Os confieso que ver tantas caras conocidas aquí reunidas me llena de energía para seguir luchando.
No puedo hacer otra cosa que dar las gracias.
Gracias a los donantes particulares, gracias a los voluntarios, gracias a las caras conocidas por la visibilidad que dais a la investigación y gracias a la administración por estar aquí.
Como sabéis, el año que viene tenemos elecciones.
Consejera Sara Mauri, todo indica que en la próxima gala, si estoy, le daré el tratamiento de Muy Honorable Presidenta.
Cuando ostente este cargo, confío en que seguirá renovando su confianza en el ICIB desde la presidencia exactamente igual que lo ha hecho desde la cartera de Salud.
Jesús le dirigió una mirada traviesa a Sara Mauri, que le devolvió una sonrisa de cartón piedra y una mirada cargada de odio. Los dos sabían por qué. Pero de cara a la galería había que guardar las apariencias, que en este maldito mundo lo son todo.