El quinto corazón Capítulo 18
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Capítulo 18

En la sala de reuniones del Banco de Barcelona parecía que el aire llevara semanas estancado. Cada vez que respiraba, Gabriela sentía que le entraba en los pulmones una pesadez polvorienta, pero, ahora que Santi Nadal se había decidido a hablar, no levantaría el pie del acelerador.

—¿Qué relación tenía Montse con el doctor Barceló?

—Fue su médico cuando estuvo ingresada en el Hospital Sant Jordi.

—¿Cuánto hace de esto?

—Seis años. Acabábamos de empezar las vacaciones cuando a Montse le dio un infarto.

Estábamos en el Born, delante de Santa Maria del Mar, tomando algo en una terraza.

«Santi, no me encuentro bien, me estoy mareando.

Me falta el aire. Santi, me encuentro muy mal».

Estaba empapada en sudor y tenía náuseas.

Una vez leí en un artículo que los síntomas de un infarto son diferentes en hombres y en mujeres; los suyos coincidían, así que no me lo pensé dos veces y la llevé al Hospital Sant Jordi.

Estábamos cerca. Cuando entramos en urgencias, por lo que me dijeron, pintaban bastos…

Tenía muy pocas opciones de sobrevivir. Entre nosotros, yo la daba por desahuciada.

Pero el doctor Barceló la salvó. Gracias a Dios.

Los días siguientes estuvo en la UCI y después en la UVI hasta que la subieron a planta.

Ella era una fumadora empedernida, encendía un cigarrillo con la colilla del anterior.

Uno tras otro. Una auténtica chimenea. Pero con el infarto le vio las orejas al lobo.

No volvió a llevarse un cigarrillo a la boca nunca más.

Lo llevó mucho mejor de lo que yo había imaginado, la verdad.

El doctor Barceló le dijo que tenía que cambiar radicalmente de vida: dieta saludable, descanso y sobre todo nada de estrés.

Y ahí fue cuando chocamos con los San Isidoro.

—Perdón, ¿con quién?

—Con los San Isidoro. Una familia gitana.

—¿Y cuál fue el problema?

Trasladarse a los peores momentos de la vida siempre es complicado, en especial cuando son recientes, pero Santi hizo un esfuerzo. Tomó impulso y siguió con la explicación.

—La mujer, doña Carmen, había sufrido un ataque al corazón. Al parecer estaba jodida.

—¿Y?

—Pues que toda su familia se pasaba los días y las noches en el hospital. Entraban y salían de la habitación pegando gritos. Les importaba un bledo que los enfermos necesitaran descansar. Una mañana conté catorce personas rondando por allí.

—Cator…

—Sí, catorce, y montaban un follón… Hablaban, gritaban, niños corriendo de un lado a otro… Joder, ¿es que esos críos no van al colegio o qué? Montse necesitaba descanso y tranquilidad y se ponía cada vez más nerviosa. No podía pegar ojo. Pero un día se montó un buen pollo. Ahí se torció todo.

—¿Qué pasó?

—Vinieron unos familiares a visitar a doña Carmen.

Otros distintos. Ya ni cabíamos. Y se pusieron a ver un partido de fútbol en el móvil con el volumen a toda pastilla.

Comentaban las jugadas, gritaban cuando marcaban goles…

Era surrealista. Montse y Olga Mir, la otra compañera de habitación, porque eran habitaciones triples, empezaron a ponerse de los nervios.

Tenían la tensión por las nubes. Las dos estaban recuperándose de un infarto.

A Montse empezó a dolerle el pecho. Salí al pasillo y les pedí que pararan.

Las enfermeras les dijeron que se marcharan, que estaban molestando a los enfermos.

«Estaremos al lado de doña Carmen. De aquí no se mueve nadie», les contestaron.

Yo no tengo nada de racista, pero esa gentuza no atiende a razones.

En fin, que la tensión fue a más. Entonces una enfermera, Helena Soto, recordaré su nombre toda la vida, se enfrentó a ellos.

Era una tirillas que no levantaba dos palmos del suelo, pero debo decir que los tenía muy bien puestos.

Como le decía, Helena Soto les plantó cara, y uno al que llamaban Yuri sacó una navaja y se la clavó aquí, en el brazo.

—Se señaló el bíceps—. Yo corrí a pedir ayuda a la seguridad del hospital e inmediatamente después llamé a los Mossos.

Helena Soto sangraba muchísimo, pero pudieron bajarla a urgencias para que la atendieran.

Nunca había vivido algo así, todo fue muy rápido.

Sentí mucha impotencia. Nos rodearon y empezaron a darnos patadas y puñetazos.

No solo los adultos. También los niños. Nos pegaban, nos insultaban, nos escupían…

Nos tenían acorralados. El rato hasta que llegaron los Mossos se hizo eterno.

En cuanto llegaron, desalojaron a todos los San Isidoro…

Se montó un follón de padre y muy señor mío.

Una batalla campal en pleno hospital. Tijeras y sillas volando. De locos.

—¿Y cómo acabó la película?

—Con una batalla campal, ya le digo. Mientras echaban a los San Isidoro, el hombre que apuñaló a la enfermera, el yerno de la ingresada, Yuri, nos amenazó con la navaja y nos dijo que volverían a por nosotros.

Al día siguiente, el doctor Barceló nos citó en su despacho y nos dijo que iban a trasladar a la mujer a otro hospital.

El doctor Jesús Maria Barceló es un ángel; nos ayudó en todo momento, no como el doctor Toni García. Pero, bueno, esa es otra historia.

—¿Qué pasó con el doctor García?

—Era… —Buscó en su interior hasta encontrar las palabras adecuadas para desahogarse—. Era un desgraciado. Una mala persona.

—Tenía fama de ser un gran cardiólogo.

—Puede que fuera un gran cardiólogo… Que Dios me perdone, pero también era un gran hijo de puta. —Esta vez ya no buscó tanto las palabras.

—Vaya, ¿por qué?

—Cuando Montse estaba en la UCI , pasó tres veces a visitarla para hacerle el seguimiento. El doctor Barceló se había ido a un congreso, creo. El doctor García fue un auténtico desgraciado. Hasta el punto de que lo denunciamos.

La madeja seguía liándose mientras el instinto periodístico de Gabriela mojaba pan con el relato de Santi Nadal.

—¿Lo denunciaron a los Mossos?

—A los Mossos y a la dirección del Hospital Sant Jordi.

En su tono, soberbio como la madre que lo parió, le dijo a Montse que era una drogadicta porque fumaba como una carretera.

Que, si por él fuera, las personas que no se cuidaban podrían acabar todas bajo tierra.

Pues, mira por dónde, este hombre acabó sus días con los pulmones como una piedra y murió conectado a un respirador.

Es lo único que le agradezco al covid. No me da ninguna pena, la verdad. —Se santiguó.

—No conocía esa faceta de Toni García.

—Poca gente la conoce. De cara a la galería parecía todo bondad y sonrisitas, pero era la peor persona que he conocido nunca. Por su culpa, los días en el hospital fueron un infierno.

—¿Con quién siguió Montse el tratamiento una vez en casa?

—Con el doctor Barceló.

—Pero ellos dos eran amigos.

—Eso dice siempre el doctor Barceló, sí.

—¿Y no intercedió entre ustedes?

Santi apretó los labios, hizo una mueca y se encogió de hombros, como si la cosa no fuera con él.

A continuación, una colección de delatores afloró por todas partes: desvió la mirada, tragó saliva, su expresión cambió y cruzó los brazos.

El enigmático silencio, acompañado de la comunicación no verbal, encendió todas las alarmas de Gabriela.

—Permítame que le sea clara, señor Nadal. Tengo la sensación de que hay algo que no termina de contarme. Dígame, ¿por qué el doctor Barceló no intercedió entre ustedes y el doctor García?

El viudo miró fijamente a la periodista. Hay cosas que cuesta contar, y más a una periodista, pero al final Santi tomó impulso y lo soltó.

—Prometí que haría caer a Toni García como fuera. Además, por lo que lo denunciamos era demasiado fuerte para que el doctor Barceló intentara detenerlo.

—Aparte de lo que me ha contado, ¿por qué más denunciaron al doctor García?

—Por agresión sexual.