Capítulo 17
Cuando alguien muere, se piensa en informar a familiares y amigos, en el certificado de defunción, en preparar el funeral con la cantidad de mandangas que comporta, en el entierro, en notificar el traspaso a la Seguridad Social, en gestionar las cuentas bancarias, en abrir el testamento y en pelearse con la compañía de seguros, que seguro que querrá escatimar un montón de euros amparándose en la letra pequeña de la póliza, que no se lee ni con lupa.
Y todo esto solo es la bienvenida. El sistema y sus facilidades.
Después llega el duelo, el procesamiento emocional, la gestión de los recuerdos y de los objetos personales.
Con toda la pesca, que no es poca, en lo último en lo que uno piensa es en internet.
Facebook, X, Instagram y TikTok siguen activas.
De todas ellas, Rai, como buen aspirante a jubilado, donde se sentía un poco más cómodo era en Facebook.
Buscó uno de los dos nombres que le había filtrado Ricard Pedrola: Olga Mir.
Por suerte, un apellido poco común. No le resultó difícil encontrar su perfil.
La última publicación era de hacía cinco semanas.
Sus principales temas de interés eran la lectura, el cine y la decoración de interiores, aunque un grupo de cuentas llamaron la atención de Rai: Federación de Enfermedades Raras, Plataforma Unitaria para la Discapacidad, Rare Diseases Europe y toda una larga lista.
Mira por dónde, Rai, enemigo declarado de las redes sociales, de los me gusta y de todas esas chorradas, encontró un hilo del que tirar gracias a Facebook.
Así pues, mientras Gabriela había ido a visitar a Santi Nadal al Banco de Barcelona, él dejó la redacción de La Tribuna y cogió el metro hasta la parada de plaza de España.
Un trayecto rápido, apenas quince minutos.
Nada más salir de la estación, se encontró al pie de las dos torres venecianas de Ramon Reventós, situadas en la intersección entre la plaza de España y la avenida de Maria Cristina.
Recordó haber leído en algún sitio que su denominación popular se debía a la similitud con el campanile de la plaza de San Marcos de Venecia.
Caminando Maria Cristina arriba y con el Palau Nacional de Montjuïc en el horizonte, Rai pensaba en la información que debía sustraer y sobre todo en las toneladas de empatía que debía transmitir para generar confianza.
Ser coherente, honesto, transparente y escuchar activamente; la teoría se la sabía, pero, sintiéndolo mucho, ese día la guardaría en un cajón.
Transparencia y honestidad no casaban con el arte de sustraer información, y él iba allí a lo que iba.
La zanahoria de Makaroff con las pagas dobles era demasiado golosa para no perseguirla.
Rai llegó a la fuente mágica de Montjuïc, el punto del encuentro.
Después de años cerrada por la sequía, ahora, con los pantanos llenos, el Ayuntamiento había decidido volver a abrirla.
El agua de la fuente brotando a chorro —rítmica y tranquilizadora— jugaba con la luz creando unos destellos brillantes con los que Rai se entretuvo unos instantes mientras inspiraba profundamente el perfume de piedra mojada que flotaba en el aire.
Tenía el Museu Nacional d’Art de Catalunya y las cuatro columnas de Puig i Cadafalch a la izquierda, y el pabellón Mies van der Rohe al fondo.
Con el sonido constante del goteo de la fuente como banda sonora, peinó el perímetro con la mirada.
Mucho turista y ningún autóctono. Japoneses, yanquis, británicos, rusos.
Gente de todas partes. Un retrato de la Barcelona de los cruceros, de los apartamentos turísticos, de la masificación, de la pérdida de identidad local y de los expats .
Entre tanto guiri detectó a un hombre que lo miraba fijamente.
Debía de estar a unos veinte metros. Rai, sin perder el contacto visual, se acercó a un quiosco de bebidas y pidió un café, por el que pagó el gusto y las ganas.
Lavativa a precio de caviar, a juzgar por el aspecto aguado.
El extraño no le quitaba ojo de encima mientras él daba el primer trago, con el que confirmó sus sospechas. Rai se sentó en un banco delante de la fuente mágica y el hombre, hasta entonces al acecho, decidió acercarse a él.
—¿Raimon Ventura? Soy Teo Mir.
Le tendió una mano, que el periodista le estrechó.
Después Teo se sentó en el banco. Rai pensó que su aspecto era diferente al de las fotos que había fisgoneado en Facebook.
Se había afeitado la barba, y donde antes había media melena, ahora a duras penas había medio dedo de pelo, que le dejaba las entradas al descubierto.
Aunque, visto de cerca, Olga Mir y él tenían el mismo mentón cuadrado, los mismos ojos marrones y la misma napia encorvada.
—Ha estado observándome.
—Perdone, señor Ventura…
—Rai. Mejor Rai. —Hablar de usted imponía una barrera imaginaria y tenía que generar empatía.
—Pues perdona, Rai. Uno acaba volviéndose un poco paranoico, ya sabes. Desde lo de Olga…
«Lo de Olga», para no pronunciar la palabra «muerte» o «asesinato». Las tragedias son difíciles de asimilar y el subconsciente se defiende como puede, pensó Rai.
—Me lo imagino. ¿Cómo lo llevas?
—No sé qué decirte… Es muy bestia. Mucho.
Olga y yo hablábamos a menudo. No sé, como todos los hermanos, supongo.
Una vez por semana o cada dos. De repente, un día me llaman y me dicen que está muerta y que han enviado su corazón a un doctor que la trató hace años.
—Negó con la cabeza mientras miraba el agua de la fuente mágica, como si allí fuera a encontrar algún consuelo.
—¿Han encontrado el cuerpo?
Teo volvió a negar con la cabeza, esta vez mirando al vacío. El silencio fue largo y Rai lo respetó.
—No podemos ni enterrarla. Todo esto es una locura —soltó por fin.
—El duelo es oscuridad y luz a la vez. Siempre te acompañará. La oscuridad de haber perdido a alguien y la luz de haberlo querido. Tienes que dar tiempo al tiempo, Teo.
—Supongo que tienes razón. —Pero no parecía muy convencido.
—Me ha sorprendido que me respondieras tan rápido por Facebook.
—Estos días estoy pendiente de todo. Y, sinceramente, cuando me has dicho que eras de La Tribuna , no quería dejar pasar la oportunidad de hablar contigo.
Los Mossos me han pedido discreción mientras estén investigando, pero te juro que en cuanto nos den luz verde pienso hacer que este caso no deje de estar en los titulares de las noticias.
Miel sobre hojuelas, pensó Rai.
—¿Olga ha dejado hijos o pareja?
—No. Estaba soltera y no tuvo hijos. Los médicos se lo prohibieron cuando le detectaron la enfermedad, y sentimentalmente… vivía al día. Una noche loca hoy y mañana Dios dirá. No quería ataduras.
—He visto en Facebook que tenía que ir a menudo al hospital.
—Mi hermana tenía una enfermedad genética.
—¿Qué enfermedad?
—Una rara y minoritaria. No la conocerás.
—¿Cómo se llama?
— TRAPS . Es un acrónimo en inglés. Traducido es «síndrome periódico asociado al receptor del factor de necrosis tumoral», un trastorno genético inflamatorio que causa episodios recurrentes de fiebre de larga duración y otros síntomas inflamatorios.
Efectivamente, no lo había oído en su vida, como el 99,9999 por ciento de la población. Rai puso una cara como si le hablara en chino, algo que Teo había visto ya demasiadas veces.
—Tranquilo, es normal. Se pueden contar con los dedos de una mano los médicos que pueden hablar de esta enfermedad con un mínimo de propiedad.
Los demás hablan por hablar para no admitir que no tienen ni puta idea.
Tienen demasiado ego para decir «no lo sé».
Además, estas enfermedades solo las tienen los desgraciados.
—No digas eso, hombre.
—Dicen que tienes una posibilidad entre cien mil de que te toque la lotería y vivir como un marqués el resto de tus días sin dar un palo al agua.
La probabilidad de tener esta enfermedad es de una entre un millón ochocientos mil.
Desgraciado, pringado…, ponle la etiqueta que quieras.
Si la tienes, olvídate de hacer vida normal.
Lo cierto era que la sociedad se preocupaba de otras cosas que creía más importantes que ese insignificante 0,000055 por ciento de la población. Una putada si te toca una de estas enfermedades minoritarias y raras. Rai anotó las cifras para vestir un posible reportaje con el traje del rigor.
—Hay menos de ochocientas personas con TRAPS en todo el mundo.
En España, las diagnosticadas son veintitrés.
Mira si son pocas que están todas en un grupo de WhatsApp.
—Chasqueó la lengua y negó con la cabeza—.
En fin, el caso es que esta enfermedad genética provoca la inflamación aleatoria de órganos vitales.
Y a Olga le tocó el corazón. Sufrió un infarto agudo de miocardio y la ambulancia la llevó al Sant Jordi directamente.
Allí le trataban el TRAPS , así que, si tenía cualquier problema de salud, debía ir a ese hospital.
Pero esa fue una de tantas veces. Ir al hospital formaba parte de su rutina. Una putada, pero lo tenía asumido.
—¿Sabes si conocía a una mujer llamada Montserrat Casanovas?
—Montserrat Casanovas… —El nombre le resultaba familiar. Se concentró para escarbar en sus recuerdos durante unos segundos hasta que se le encendió la bombilla—. Sí, claro. Montse.
—No sabes nada, ¿verdad?
—¿De ella? No. Recuerdo haberla visto cuando estaban ingresadas, hace unos años. Antes del covid. Pero no volví a verla. Sé que mi hermana hablaba con ella de vez en cuando. ¿Por qué me preguntas por ella?
—Siento ser yo quien te lo diga, pero Montserrat Casanovas también está muerta.
El peso de estas palabras dejó a Teo profundamente ensimismado. La amiga de su hermana también estaba muerta. Se le pasaron mil opciones por la cabeza durante un rato que pareció eterno.
El reloj iba goteando segundos de un silencio que no convenía romper con palabras vacías. Era un silencio profundo y humano pero inoportuno. Estaban en un punto clave de la conversación y Rai no podía perder a Teo.
—Teo.
—…
—Teo.
—…
Al final levantó la mirada y volvió a centrar su atención en Rai.
—Uno de los corazones que enviaron al ICIB era de Montserrat Casanovas y otro de Olga. ¿De qué se conocían?
—Fueron compañeras de habitación en el Sant Jordi cuando las operaron del corazón.