El quinto corazón Capítulo 16
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Capítulo 16

«Toda una vida contigo». Gabriela se topó con el eslogan que acompañaba a las campañas publicitarias del Banco de Barcelona nada más poner un pie en la oficina de la calle Beethoven.

Pensó que, si con una persona ya tienes que reflexionar muy bien eso de pasar toda una vida, imagínate con un banco, que, no nos engañemos, esos sí que solo te quieren por la pasta.

Con la información conseguida por Rai de la misteriosa fuente de Egara, Gabriela había ido a la sede bancaria para hablar con Santi Nadal, el viudo de la difunta Montserrat Casanovas, cuyo corazón era uno de los tres que había recibido Jesús.

Una mujer la recibió detrás del mostrador de la entrada con una sonrisa falsa bajo una tonelada de maquillaje que pretendía disimular el paso de los años.

—He quedado con Santi Nadal.

—¿De parte de quién?

—Gabriela Palau, periodista de La Tribuna .

Al escuchar la palabra «periodista», la mujer —una pequeñaja con el pelo cardado y una perla colgando de cada oreja— no pudo evitar una mueca de desaprobación.

Casi de asco, podríamos decir. Bastante pena tiene para que encima vengáis a molestarlo, parecía pensar.

Después de clavarle una mirada llena de desconfianza, marcó un número de extensión en el teléfono.

—Santi, tienes aquí a una tal Gabriela Palau. Dice que es periodista de La Tribuna .

«Una tal», «dice que». Gabriela sintió la llama de la irritación propagándose en su interior.

Menuda ignorante. ¿Es que no había leído un periódico en su vida o qué?

Con el teléfono pegado a la oreja, asentía con la cabeza sin perder el contacto visual con Gabriela. Por suerte, no tardó mucho en colgar.

—En la sala de reuniones. La puerta del fondo.

Así, en crudo. Ni por favor ni hostias. Gabriela la miró como si fuera una cucaracha y se dio el gustazo de dejarla con la palabra en la boca. Hay quien se cree mierda y no llega ni a pedo, pensó.

Mientras avanzaba por la oficina, le llamó la atención que los trabajadores estaban divididos en dos grupos claramente diferenciados: inexpertos recién graduados y aspirantes a jubilados.

No había término medio. Supuso, sin demasiado riesgo a equivocarse, que la juventud cobraría cuatro perras —y con eso págalo todo—, mientras que los demás arrastraban sueldos de los de antes y de ahí no los sacaban ni con agua caliente —cotizando los últimos años de la vida, muy comprensible.

De camino a la sala que le había indicado la amargada, oyó cómo uno de los veteranos intentaba embaucar a un octogenario para que dejara un buen colchón de dinero a plazo fijo a cambio de un televisor de chichinabo fabricado en China.

Y aún pretendería ser un asesor financiero en lugar de un timador, el muy jeta.

Suerte tiene el que puede dormir tranquilo.

Atravesada la oficina, Gabriela se plantó delante de la puerta de la sala de reuniones.

Llamó un par de veces con los nudillos y enseguida una voz desde dentro le dio permiso para entrar.

La sala tenía una decoración ramplona en la que predominaba el beis y el caoba.

Santi Nadal se levantó y le tendió la mano a Gabriela.

—Señora Palau, gracias por venir.

—Al contrario. Gracias a usted por recibirme.

El hombre le apretó la mano con fuerza. Su mirada parecía transparente. Se sentaron en un sofá de piel a juego con la sala.

—¿Cómo está, señor Nadal?

Santi miró al vacío unos largos segundos que culminaron en un suspiro. Después volvió a mirarla.

—Haciéndome a la idea, la verdad. Digiriéndolo. No es fácil, ya se lo imagina. Pero esto no para. —Señaló con el índice fuera de la sala.

—¿Se refiere al trabajo?

—Al trabajo, sí. El puto trabajo. ¿Cree que a alguno de los de arriba le importa una mierda cómo me siento?

¿Que a mi mujer la secuestraran, la asesinaran, le arrancaran el corazón y lo enviaran como si fuera un…

trofeo? Ya le digo yo que no. Una corona de flores, un par de días para arreglar papeles y te quieren de vuelta al cien por cien.

Que la vida sigue, oye. Quieren resultados, resultados y resultados.

Por la cabeza de Gabriela pasaron Rai, las audiencias y la promesa de Makaroff. Si hacía un mínimo de autocrítica, debía admitir que ella también había subido a la maldita rueda de hámster.

—Usted sí tiene suerte. Se nota que Ernesto Makaroff es una persona íntegra.

Si hubiera podido, Gabriela le habría pegado una buena colleja. Íntegro, decía. El pobre infeliz se haría cruces si viera cómo se caen las caretas en cuanto las cámaras funden a negro. Cincuenta años largos y todavía se creía lo que veía en la tele. Santa inocencia.

—Por cierto, ¿cómo encontró mi teléfono?

—Lo tiene en el perfil de LinkedIn.

—Ah, LinkedIn. Claro. Aquí nos obligan a ponerlo por si nos llama algún cliente. Ahora resulta que al banco le viene de ahí. En fin… Me dijo que quería hablar de la desaparición de Montse.

—Sí, eso es. Estoy investigando el caso de su esposa. Quisiera saber si estaría dispuesto a colaborar.

Santi la miró fijamente. Con el índice y el pulgar de la mano derecha hacía girar, nervioso, el anillo de casado que llevaba en el anular izquierdo.

—Ya hablé con los Mossos.

—Lo supongo, pero podría mencionarle multitud de ocasiones en las que los periodistas hemos llegado más lejos que la policía. Al fin y al cabo, estoy convencida de que usted quiere que se haga justicia.

—No tuvimos hijos de los que deba ocuparme… Dios nunca nos los dio. Que se haga justicia se ha convertido en el único objetivo de mi vida. No tengo otro.

Se miraron de nuevo, largamente, bajo un silencio pesado. Santi, convencido de que no había cruz más grande que la que tendría que cargar el resto de su vida, asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Dispare.

Gabriela se esforzó por no esbozar una sonrisa. Que ese hombre colaborara era importante para obtener resultados. Los resultados traerían audiencia, y la audiencia, una paga doble. O varias. La rueda de hámster.