El quinto corazón Capítulo 15
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Capítulo 15

—¿Qué podemos hacer para conseguir que algunos políticos confirmen su asistencia a la gala?

Ismael hizo el gesto de contestar, pero en el último instante se tragó la respuesta por prudencia. Jesús, perro viejo en eso de leer las intenciones de las personas, habló por él.

—Tengo que hacer llamadas, ¿verdad?

—A ver, doctor, iría bien, la verdad. Barahona i Fumanal, la agencia de relaciones públicas que nos lleva la gestión de los invitados, puede insistir todo lo que quiera, pero una llamada tuya abre puertas.

Al final, si los de arriba habláis, todo es más fácil.

Aunque, para serte sincero, en tu estado no sé si es lo que más te conviene. No me atrevo a pedirte este esfuerzo.

—Ya me dirás qué gran esfuerzo es hacer unas llamadas. Estoy hablando contigo, ¿no? Pues puedo hacer unas llamadas. Venga, pásame la lista y me pongo.

—Pero, doctor, si te cuesta hablar. ¿Estás seguro de que…?

Hacer que la gente dependa de ti es un activo que muchos querrían pero que muy pocos consiguen. Jesús abrió y cerró la mano repetidamente e Ismael le dio la lista impresa.

—Yo me encargo, no te preocupes.

—Gracias, doctor.

Hay sonrisas que lo dicen todo, y la que le dedicó Jesús a Ismael era de esas.

Por esta razón decidió aceptar la oferta de volver a llevar la dirección de comunicación del ICIB después de que Toni lo despidiera de forma abrupta.

«Será una nueva etapa», le prometió Jesús.

Y sin Toni bien sabe Dios que lo era. La vida sin el diablo al lado siempre es mejor.

El director de comunicación se marchó agradecido y dejó al doctor en la soledad de su despacho.

Después de que hubiera cerrado la puerta, Jesús hizo una mueca acompañada de un gruñido y se llevó la mano al pecho.

Hacía rato que no se encontraba bien. Los nervios son traicioneros como ellos solos y, cuando se está tan jodido, cualquier reacción del cuerpo dispara las señales de alerta.

Jesús era consciente de que en adelante caminaría entre la niebla de un futuro incierto, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta tenerlo interiorizado, por muy buen cardiólogo que fuera.

Y conocimientos para asimilarlo tenía de sobra.

Sabía mejor que nadie que la insuficiencia aórtica que sufría no era como un infarto, que te dejaba el corazón hecho un guiñapo de un día para otro.

Su cardiopatía avanzaba despacio, silenciosa como una serpiente y nociva como una gota malaya.

Antes del diagnóstico, a menudo sentía presión en las mandíbulas y las cervicales, pero no en el pecho.

Lo minimizaba atribuyéndolo a los nervios y al estrés.

Que si trabajaba catorce horas diarias, que si viajes, que si congresos, que si la tensión de dirigir un transatlántico que salva vidas, que si Toni por aquí o Toni por allá.

Pero, en una enfermedad como la suya, el proceso era progresivo, y el cuerpo, sabio como siempre, iba adaptándose instintivamente a sus necesidades sin que él se diera cuenta.

Subía menos escaleras, caminaba menos y así un montón de cosas, hasta que un día, sin más ni más, empezó a darle vueltas la cabeza y al final se desmayó.

El susto fue mayúsculo y Carla Sala dijo basta y lo obligó a pasar por el aro.

Le hicieron una ecografía y le detectaron la enfermedad.

Pero su corazón estaba tan desgastado que ya no podía aprovecharse.

Había pasado demasiado tiempo sin que le llegara la sangre suficiente, y eso le había causado lesiones irreversibles.

Había formado parte del Programa de Insuficiencia Cardiaca del Instituto Catalán de la Salud, donde se plantearon si valía la pena operarlo y si, llegado el caso, saldría adelante.

Pero desde el programa rápidamente vieron que, aunque le arreglaran la válvula, el corazón estaba tan deteriorado que no lo aguantaría y que lo único que podía salvarlo era un trasplante.

El peor de los escenarios, la última esperanza, una ruleta rusa.

El asunto del regalo de cumpleaños había sido la guinda de un pastel macabro.

Se concedió unos instantes y las molestias cesaron por fin.

Una vez recuperado, repasó la lista de invitados que le había dado Ismael.

Era extensa, pesada, una colección de cromos de los personajes que habían protagonizado los titulares de las noticias durante la tira de años.

Estaban el gobierno autonómico en pleno, antiguos consejeros y todos los expresidentes vivos.

En definitiva, todo aquel que había cortado el bacalao durante las dos últimas décadas.

Entre tanto animal político, un nombre le llamó la atención: Toni de Casacuberta i Moll, actual consejero del Interior.

Metro ochenta y pico coronado con una bola de billar reluciente y una sonrisa que era la encarnación de la condescendencia.

Habían coincidido en más de un acto institucional de esos que duermen a las ovejas y, como el roce hace el cariño, su relación había acabado siendo bastante cordial.

Era intuitivo, listo y sin duda un buen padrino en caso de necesitarlo, que en esta vida nunca se sabe quién tendrá que bautizarte.

Decidió empezar por él. Zigzagueó el índice por el móvil, llamó y, bingo, descolgó a la primera. Confiaba en que fuera un buen presagio.

—Buenos días, consejero Casacuberta.

Las conversaciones entre «los de arriba», como había dicho Ismael, siempre tienen ese previo protocolario y superfluo que allana el camino hasta llegar al tuétano.

En algunos ambientes ir al grano se considera grosero.

Una vez agotada la pantomima introductoria, llegaba el momento de coger el toro por los cuernos.

—Mi equipo está persiguiendo al suyo para que venga a nuestra gala anual, De Todo Corazón, en el Gran Teatre del Liceu. Usted ya ha asistido en otras ediciones.

—He ido, sí.

—El caso es que no conseguimos confirmar su presencia para la edición de este año.

—Debo admitir que me pilla en fuera de juego, doctor. El que me lleva la agenda es mi jefe de gabinete.

—Si me permite que le hable con sinceridad, consejero, creo que el asunto que desgraciadamente hemos sufrido en el ICIB y el correspondiente alboroto mediático están pasando factura a la hora de conseguir la confirmación.

—Hombre, doctor…

—Estaremos de acuerdo, consejero —le cortó Jesús sin darle opción—, en que su presencia como titular de la cartera de Interior, pero sobre todo como jefe político de los Mossos d’Esquadra, sería un mensaje muy potente de cara a la opinión pública.

Todos sabemos que el desagradable incidente de los corazones es un contratiempo, pero no queremos que, por culpa de unos criminales como los San Isidoro, la investigación médica, que yo mismo necesito ahora más que nunca, se vea perjudicada, ¿verdad?

Ayer hice pública mi cardiopatía. Ironías del destino…

Un cardiólogo que sufre una cardiopatía.

Usted sabe que los recortes de su gobierno han afectado a las ayudas públicas en la investigación.

Lo sabe perfectamente. Y esta falta de inversión la estamos supliendo entidades como el ICIB con acciones como la gala.

Y nunca, consejero, nunca nos hemos quejado públicamente.

Para nosotros sería muy sencillo hacer llegar un estudio a los medios detallándoles lo que le estoy diciendo, pero por lealtad a las instituciones no lo hemos hecho.

En pro de esta lealtad, le pido, como también se lo pediré al presidente, que con su presencia ayude a recaudar dinero para la investigación.

Se lo pido como director médico, pero sobre todo como paciente que espera a un donante de corazón.

El tirón de orejas fue de los buenos. El punto justo de amenaza, victimismo y sacudida de conciencia. Claro que esto último, en el caso de un político, tiene el valor que tiene. Costó, pero al final al otro lado del teléfono se rompió el silencio. La habitual vehemencia del consejero se desvaneció.

—Está bien, doctor. Hablaré con mi jefe de gabinete para que me haga un hueco en la agenda la noche de la gala.

—Muchas gracias, consejero. Nos sentiremos muy honrados con su presencia.

—Será un placer.

Con el primer objetivo en el saco, la tentación llamó a la puerta de Jesús.

La muy puñetera está pavimentada de hielo y, cuando se transita por ella, todo volantazo puede hacerte perder el control.

Durante toda la conversación, Jesús había repicado en la mesa con los dedos sopesando si caer en ella o no.

Pros, contras, consecuencias, lastres y reproches.

Con todos los elementos en la balanza, decidió que sí.

Que qué caray. Que quien no se arriesga no come peces.

—Consejero, aprovechando que lo tengo al teléfono, quería preguntarle cómo van las investigaciones sobre el incidente que sufrimos.

—Es un tema que corresponde a los Mossos d’Esquadra, doctor.

—Lo sé, pero quería preguntarle si saben los nombres de las víctimas para darles personalmente el pésame a las familias.

—No lo sé, doctor. No lo he preguntado. Sería una injerencia que el mayor no toleraría.

Y, créame, la gestión del cuerpo de Mossos d’Esquadra ya es lo bastante compleja para buscarme aún más problemas.

Además, el juez ha decretado el secreto de sumario.

Mientras no lo levante, es mejor que dejemos trabajar a los investigadores.

—Naturalmente. Claro. Pero permítame sugerirle que paren los pies a los San Isidoro. Esa gente no tiene límites.

—No se preocupe. Cuando llegue el momento, ya se enterará de las actuaciones que se hayan llevado a cabo. De hecho, lo sabremos a la vez, cuando se haga público.

—¿Cuando se haga público?

—Cuando se haga público, sí.

Y hasta aquí. Tono seco, respuestas cortas, ni un nombre, nada.

Un muro. Saber la identidad de las víctimas significaba saber el objetivo que perseguía el regalo de cumpleaños.

Pero, sin esta información, Jesús no podría anticiparse a los siguientes movimientos.

Tendría que estar atento. Y eso sería «cuando se hiciera público».

Y hasta entonces, a joderse. Maldita sea la separación de poderes y la madre la parió.