El quinto corazón Capítulo 14
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Capítulo 14

Ese podía ser un gran día. Si todo iba bien, Ricard Pedrola terminaría el análisis de ADN y pondría nombre y apellidos a dos de las personas cuyos corazones habían regalado a Jesús Maria Barceló.

La máquina había procesado automáticamente los datos y había hecho el trabajo mecánico y de lectura, pero la interpretación final, sobre todo en entornos forenses, siempre recaía en un especialista que pudiera justificar los resultados ante un juez.

Ricard atravesó el laboratorio de genética forense del complejo policial de Egara con su andar lento y oscilante.

El sol, generoso esa mañana, se filtraba por la amplia vidriera que daba al patio interior.

Un buen presagio, tal vez. Uno a uno, Ricard fue dejando atrás a los tres desgraciados que le habían amargado la existencia en los últimos tiempos.

Solo podía desearles lo peor. Carles Capella, Òscar Solans e Ivan Arañó.

El trío de ases de la hijoputez. Si todo iba bien, caería uno detrás del otro.

Òscar Solans, segundo de a bordo de los facultativos del laboratorio.

Gracias a él, Ricard cayó en el pozo de los antidepresivos y de creerse la mierda más grande sobre la faz de la tierra.

Un inútil, un despojo humano. «Haz tú de subdirector del laboratorio, si tanto sabes», le decía a menudo Solans en tono burlón ofreciéndole la silla.

Llegó a amenazarlo con dejarlo sin la otra pierna.

«Caminarás con los cojones», le dijo agarrándolo por la pechera.

Ricard no podía ni mirarlo sin que se le acelerara el pulso y se le encogiera el estómago.

Solans era un tarado. Un psicópata de manual.

Hay muchos camuflados entre las personas que se autodenominan sensatas.

Cuando las campanas de un ascenso sonaban con fuerza, Solans manipuló unos análisis de ADN y otras pruebas forenses del caso Àbac para encubrir un error (otro) de Capella.

Lógicamente, afectaron a las investigaciones criminales y, por consiguiente, a la sentencia.

El azar quiso que un técnico de laboratorio se estampara barranco abajo con el coche y, para seguir con los casos abiertos, que Ricard pudiera acceder a su correo electrónico, donde descubrió el pastel: allí estaban los análisis sin manipular.

Vete a saber si aquello fue un accidente o no, pensaba a menudo Ricard.

Ivan Arañó, sargento de la División de Investigación Criminal.

Una rata de alcantarilla. Cuando Ricard volvió al trabajo después de la muerte repentina de su padre, Arañó, en lugar de darle el pésame, le echó una bronca de mil demonios porque aún no había pedido los reactivos para unas muestras.

La excusa de la muerte de su padre no le sirvió.

«A mí no me cuentes tu vida». Más de una vez lo había pillado burlándose de su manera de andar.

Ricard todavía guardaba, con enorme placer, unas capturas de pantalla en las que Arañó, el cerdo de Arañó, le insistía a una técnica de laboratorio recién salida de la facultad para que se fueran a un hotel, y para convencerla qué mejor que una fotopolla.

«Puedo hacer que prosperes mucho aquí». La técnica le contó el percal a Ricard y le mostró la retahíla de pruebas.

¿Qué harías tú? Pues denunciarlo. Pero recibió una oferta de un laboratorio privado y, pies, ¿para qué os quiero?

, se marchó sin denunciarlo. ¿Quién quiere tener problemas con la policía?

Ricard llevaba un largo rato revisando el electroferograma, interpretando el perfil genético y comparando perfiles entre la muestra problema y la muestra de referencia hasta que llegó a la conclusión de que los tejidos y las muestras coincidían.

La probabilidad de error era de una entre mil millones.

Bingo. Ya tenía los nombres de dos de las víctimas.

Un escalofrío la mar de agradable le cosquilleó la nuca. Por mucha que hubiera sido la humillación recibida, todavía tenía su orgullo profesional. Después, una sonrisa le iluminó la cara, el alma y sobre todo el espíritu de venganza. Inmediatamente pensó en Rai y en su acuerdo.

Alfred Hitchcock decía que la venganza es dulce y no engorda.

Más razón que un santo, porque, al ver los resultados, Ricard empezó a salivar de lo lindo.

Ni Capella ni Solans ni Arañó sabían que el desvergonzado de Pedrola tenía sus trapos sucios perfectamente documentados.

Se lo había ido apuntando todo en la libreta del rencor, que sacaría a pasear cuando llegara el momento de los reproches.

Estaba muy cerca. Medio añito, más o menos.

Disfrutaba solo de pensar en la lluvia de guantazos que les caerían a esos tres cuando La Tribuna lo publicara.

Ricard llevaría a cabo su plan a escondidas y de manera sutil.

Incluso delicada. Porque sería anónima. No hay peor tortura que no saber quién te la ha clavado ni por qué.

Sospechas de todo el mundo y te vuelves loco.

En su caso, la venganza no perseguía hacer justicia, sino gozar del placer de ver hundidos y destruidos a los que le habían destrozado la moral después del accidente, en el peor momento de su vida.

Pobres infelices, no sabían que disfrutaban de sus últimos meses de paz, justo los que le quedaban a Ricard para jubilarse. Entonces les hundiría la vida.

Desde su sitio, en el laboratorio de Egara, cogió el móvil y tecleó con delicadeza saboreando el dulzor de cada palabra: « ADN coincidente. Uno de los corazones enviados al ICIB para Jesús Maria Barceló era de Montserrat Casanovas y otro de Olga Mir».

Cuando tuvo escrito el mensaje para Rai, lo leyó un par de veces y, con la sonrisa más puta que había esbozado en años, pulsó el icono de enviar. Empezaba el mambo.