El quinto corazón Capítulo 13
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Capítulo 13

Carla Sala vivía instalada en el día de la marmota.

Hospital Sant Jordi por la mañana, ICIB por la tarde, casa por la noche, cena, lectura y, a las diez como muy tarde, a la cama.

Como una autómata. Así un día tras otro.

Un año tras otro. Y ya llevaba unos cuantos.

¿Dónde está escrito que una no pueda ser feliz así?

No necesitaba mucho más que pensar en los enigmas del corazón humano y descifrarlos a través de la cirugía cardiovascular.

Tener la cabeza ocupada todo el santo día en esto la llenaba.

Tan fácil de entender para ella y tan difícil para la mayoría.

Estaba destinada a ser la «rarita» y hacía ya tiempo que se había acostumbrado a lucir el traje de oveja negra; podía decir con orgullo que le gustaba lo que veía en el espejo.

Seguramente por eso no había encontrado a la media naranja que la completara.

Se había enamorado, sí. Una vez, pero la hostia fue tan grande que cerró el chiringuito para siempre.

No quería a ningún tío a su lado. Nunca más.

Viento fresco y buena mar. Y, como estaba escaldada, por mucho que hubieran pasado los años, la herida seguía supurando rencor.

Toda una vida era demasiado poco tiempo para perdonar tantas humillaciones.

Como cada día, esa mañana había hecho su jornada en el Hospital Sant Jordi, y allí mismo se había comido un menú, que, por norma general, consistía en verdura al vapor y pescado a la plancha regados con agua mineral, y café descafeinado con sacarina como traca final.

Después, a primera hora de la tarde, se dirigió al ICIB .

Sabía perfectamente que Jesús iría a trabajar.

Él aconsejaría reposo a un paciente en su misma situación, pero las eminencias tienen estas cosas.

Pocas personas pueden toserles y son expertos en hacerse los longuis.

Carla entró en el despacho de Jesús y se apoltronó en el sofá.

Miró a su alrededor. Era bonito, imponente, y representaba el Everest de la profesión.

Inspiró profundamente, cerró los ojos y se dejó acunar por las suposiciones.

Por un momento se le pasó por la cabeza la idea de ocupar ese despacho algún día.

Tenía que admitir que alguna mariposa le aleteó en el estómago solo de pensarlo, pero de inmediato movió con fuerza la cabeza de un lado a otro.

Nada une más que un enemigo común, y eso había forjado una relación con Jesús que creía indestructible.

Pocos minutos después de lo que había calculado, apareció el patrón por la puerta.

—¿Qué haces aquí? Tienes que descansar —le recriminó Carla.

—Ya me conoces, trabajar me distrae. En eso somos clavaditos. —Jesús le guiñó un ojo y cerró la puerta tras de sí—. No sé estar en casa.

—¿Y la silla de ruedas? ¿Y el respirador?

—Mañana. Te lo prometo.

—Venga, hombre, que sabes que solo será para las noches, los esfuerzos o las descompensaciones puntuales. Hazlo, ¿de acuerdo? ¿Me lo prometes?

Jesús se llevó la palma de la mano al pecho y lanzó un beso al aire para escenificar la promesa.

—¿Cómo estás?

—Pues haciéndome a la idea. —Resopló largamente mientras se sentaba a paso de tortuga—. Tantos años dando malas noticias a los demás y ahora me toca a mí aceptarlas.

—Confiemos en que aparezca un donante.

—Cada uno forja su futuro, Carla.

—La cardiopatía no es culpa tuya.

—Yo ya me entiendo.

—He visto tu entrevista en La Tribuna . ¿De verdad era necesario?

—Si era necesario ¿el qué?

—Hablar abiertamente de la caja con los corazones.

—La entrevista es un mal menor. No han publicado algunas informaciones a cambio de la entrevista.

—Tanto elogio a Toni me dio urticaria.

—En esta vida, cariño, es imposible luchar contra un mito. Aprovechémoslo. Y recuerda quién es el muerto y quiénes son los vivos.

—No llevo bien eso de que le dediquen una calle. Era una mala persona, Jesús. Además de un tarado… que tenía permiso de armas, hostia. Nos robó durante muchos años. No sé qué mierda vi en él.

—Lo de CardioAdvance fue un buen susto, sí.

—Casi un millón de euros nos trincó, el muy hijo de puta. Más el regalito de la inspección fiscal. Recuerda lo acojonados que estuvimos.

—Lo recuerdo bien, Carla. Pero, mira, por suerte, muerto el perro, se acabó la rabia, y el proceso judicial terminó. Supimos capearlo. La verdad es que habría sido un buen escándalo.

—Y encima le dedican una calle. Es que…

—Déjalo correr, Carla. Si la alcaldesa está contenta…

—Pero…

—Hay que vencer con actos, no con argumentos. Y nosotros ganamos.

—Aún tengo su mirada aquí. —Se señaló la sien—. Y aquel lunar rojo por encima de la ceja…

Carla chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Sabía que Jesús tenía razón. Siempre la tenía. Así que prefirió pasar página.

—¿Y estás seguro de que tenías que hablar de tu enfermedad?

—Creo que nos humaniza. Ayudará a las donaciones al ICIB y a la cena de la gala, que, por cierto —Jesús miró el reloj—, tenemos que preparar con Isma. Debe de estar al caer. Tenemos que hablar de los invitados.

Como si lo hubiera oído, en ese momento llamaron a la puerta e Ismael asomó la cabeza.

—¡Hombre! Hablando del rey de Roma… Pasa, pasa.

Ismael entró en el despacho y Carla se levantó del sofá.

—Pues os dejo trabajar.

—Puedes quedarte si quieres. Así te pones al día de la gala.

—Uf, paso, Jesús. Ya sabes que a mí eso de las relaciones públicas… En fin, que te lo dejo a ti.

Carla levantó la barbilla para despedirse de Jesús y de Ismael, que se sentó en el sofá.

El doctor y el director de comunicación habían quedado para hablar sobre la preparación de la gala De Todo Corazón, que recaudaba fondos para la investigación del ICIB .

La gala, en su momento idea de Toni García, era un evento social de primer orden.

Muchos eran los famosos que querían sumarse a la causa. Salir en la foto era importantísimo.

—¿Cómo van las confirmaciones, Isma?

—Tenemos bastantes caras conocidas confirmadas: Ferran Adrià, Clara Segura, Pau Gasol…

—¿Vendrá Pau Gasol?

—Sí, confirmado. Tiene previsto estar en Barcelona y vendrá.

—Qué bien. Nunca lo habíamos conseguido.

—Pues este año lo tendremos. La mala noticia es que vamos flojos de políticos. Tengo la sospecha…

—… de que el asunto de los corazones nos está pasando factura —terminó la frase Jesús.

Ismael asintió con la cabeza.

—Pero la consejera de Sanidad, Sara Mauri, ha confirmado su presencia, ¿verdad?

—Sí, sí. Esta sí. Nunca falla.

—Más le vale no fallar. No puede permitírselo.

Y así era. Jesús no abriría la caja de los truenos mientras Sara Mauri cumpliera. Es el problema de tener un muerto en el armario y que todo esté perfectamente documentado.