El quinto corazón Capítulo 12
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Capítulo 12

Ricard Pedrola vertió con la pipeta el volumen exacto de reactivo sobre las muestras de tejido de la placa de Petri para después generar los cultivos.

A partir de ahí, coge una silla y espera sentado, que no estás en el cine.

Desde hacía unos años, los especialistas forenses hablaban del efecto que series como CSI habían causado en la población.

Se había extendido la idea de que la ciencia forense era infalible y sobre todo inmediata, lo que podía generar una visión distorsionada de la prueba frente a jueces, fiscales y, en especial, jurados de los tribunales de justicia.

Hacía años, muchos años, que Ricard Pedrola sabía que entre las cuatro paredes de un laboratorio no se puede correr más que el reloj. Por mucha prisa que tuviera, los cultivos no se generarían más deprisa. Allí dentro todo necesitaba su tiempo, y quien no quisiera entenderlo tenía un problema.

Cerró la tapa de la placa de Petri, la colocó en posición invertida para evitar la condensación de agua en el agar, la dejó en una incubadora y en adelante paciencia, santa paciencia.

Una señal acústica del móvil interrumpió su concentración, que estaba focalizada en el reactivo.

Como era un culo inquieto, tenía que leer los mensajes al instante y responderlos de inmediato.

Todo tenía que ser para ya mismo. Así funcionaba.

Fuera del laboratorio, eso sí. Dentro ya hemos dicho que la ley no la hacía él.

Tras pasar el índice por la pantalla del teléfono y leer el mensaje, sintió ese no sé qué que le daba sentido a todo en el momento de la vida en el que se encontraba.

El riesgo de que te pillen, jugar a la ruleta del destino y forjar tu propia suerte.

Los trapecios de la tentación no tienen red de seguridad, pero cuando ya sabes tu fecha de caducidad y la pensión que va a quedarte, y eres consciente de que en muy poco tiempo ya no serás ni un triste recuerdo para tus compañeros, que, por cierto, te han mostrado respeto con cuentagotas, no tienes nada que perder.

Ese juego, además de un punto de morbo, le daba poder.

El poder de señalar a alguien que te debe una y de hacer cruz y raya a quien te ha tocado lo que no suena.

A su edad, de inocente le quedaba poco y, qué coño, no tenía nada que perder.

Dicen que, a medida que vas haciéndote mayor, las cosas te resbalan cada vez más, que todo te da igual.

Pero en su caso se acumulaba un patrimonio que él llamaba «hostias y decepciones».

Era un patrimonio incómodo, intangible e intransferible que le alimentaba el espíritu de forma negativa.

Algo así como un depósito bancario con interés compuesto; su capital de odio crecía a base de acumular intereses.

Efectivamente, Ricard Pedrola estaba de vuelta de todo.

Vivía instalado en la amargura, apurando los últimos meses como facultativo del laboratorio de genética forense.

En el Complejo Central de los Mossos d’Esquadra, en Egara, los de su especie eran una rara avis : especialistas que formaban parte del cuerpo de Mossos pero que no eran agentes de la autoridad.

Las personas como él desempeñaban un papel crucial en la investigación criminal, ya que analizaban ADN para identificar a sospechosos y aclarar casos, tanto criminales como de interés social.

Miró el reloj. Hora de marcharse. Ese día no regalaría ni un minuto.

De hecho, hacía tiempo que había dicho basta, que no regalaba uno más.

Con el saldo de horas que tenía acumuladas a su favor podría pegarse unas vacaciones del copón.

Siempre había estado al pie del cañón y nunca lo habían honrado con un gracias ni con una triste palmadita en la espalda, así que a las cinco y media clavadas colgó la bata blanca, apagó el ordenador, móvil, cartera, llaves y adiós muy buenas, que mañana será otro día.

Uno menos para la jubilación y para perder de vista algunas caras.

Con la cojera que lo acompañaba desde el maldito accidente, atravesó el laboratorio de genética forense del complejo policial, un espacio amplio, luminoso y con vistas al patio interior de la sede central de los Mossos.

Su paso lento y oscilante saltaba a la vista.

Nunca podría volver a marcharse deprisa de ningún sitio, cruzar el semáforo en ámbar ni jugar con los veteranos de balonmano.

A menudo coqueteaba con la idea de que iba superándolo, pero cuando se miraba en el espejo sabía que de momento era un espejismo a años luz de hacerse realidad.

En la sala principal dejó atrás una gran mesa con cajones llenos de reactivos y después una sala contigua en la que un cartel anunciaba almacén de evidencias .

Allí dejaban las pruebas que podían servir para la investigación de los casos que tenían entre manos.

Justo al lado había otra habitación con un frigorífico en el que se guardaban partes de cadáveres sin identificar.

Y sí, en efecto, allí estaban los tres famosos corazones que había recibido el doctor Jesús Maria Barceló.

Miró la sala y no pudo evitar esbozar una sonrisa canalla con la comisura de los labios.

Si no le fallaba el olfato —y no solía hacerlo—, este era el motivo del mensaje que lo esperaba fuera, estaba seguro.

Que en la vida más vale una onza de práctica que una libra de gramática.

Ya fuera, se dirigió al aparcamiento. Tenía el coche habilitado, plaza reservada y un nivel de discapacidad que le desgravaba un buen pellizco en la declaración de la renta.

El sistema había cumplido, cierto. Pero la vida se había pasado de la raya con él.

¿Cuánto vale una pierna? ¿Y las miradas de condescendencia?

¿Y las burlas a tus espaldas cuando solo tienes ganas de llorar?

Salió del complejo central. Avenida de la Pau, carretera de Terrassa y llegó al campo de golf El Vallès.

Al entrar en el aparcamiento, enseguida detectó el coche que lo esperaba.

No era la primera vez que quedaban allí.

Quizá sería la última. En esta vida nunca se sabe.

Aun así, siempre está bien que alguien te deba un favor.

Sobre todo si ese alguien tiene un ventilador muy grande con capacidad para esparcir mierda suficiente para provocar una reacción en cadena.

Y en este maldito mundo eso solo pueden hacerlo los periodistas.

Que un tío de estos te deba una es tener un riñón cubierto.

Ricard Pedrola aparcó en paralelo al coche de Rai. Uno mirando a la derecha y el otro a la izquierda para que las ventanas de los conductores quedaran encaradas.

—No sé por qué no me ha sorprendido que quisieras verme. El caso de los corazones del doctor Barceló, ¿me equivoco?

—¿Cuánto me va a costar esta vez?

—¿Cuánto hace que nos conocemos, Rai? ¿Veinte años?

—Más o menos, sí.

—Veinte años son muchos… Eso quiere decir que me queda poco para jubilarme.

—Mira, ya somos dos.

—Qué ganas… Estoy quemadísimo, ¿sabes? Quiero cobrarme algunas facturas, así que esta vez haremos un intercambio.

—¿ Quid pro quo ?

—Sí, quid pro quo . Ahí dentro hay gente que me las ha hecho pasar muy putas. Sobre todo desde el accidente. —Se señaló la prótesis—. Gente que tiene muertos en el armario. Cuando llegue el momento, que será cuando me haya jubilado, me devolverás el favor. ¿Podrás devolvérmelo?

—Un periodista nunca deja de serlo. Y menos si es para sacar mierda.

Era exactamente la respuesta que Ricard Pedrola esperaba escuchar.

El laboratorio de genética forense lo integraban mossos que hacían una parte del proceso de extracción de las muestras y los facultativos que analizaban dichas muestras y elaboraban el informe final con los resultados obtenidos.

Hacían unas tres mil analíticas de ADN cada año, pero algunas de ellas estaban en el centro del escenario de ese teatro llamado actualidad.

—¿Cuántas muestras tienes para contrastar?

—Dos.

—¿Dos? Pero si hay tres corazones.

—Solo se han denunciado dos desapariciones que tengan relación con el entorno del Sant Jordi.

De estas personas tenemos el ADN . Han ido a su casa y han conseguido vestigios que pueden contrastarse.

Las dos eran pacientes de Jesús Maria Barceló y estuvieron ingresadas en el hospital en el mismo momento.

—¿Sabes cómo se llaman?

—Montserrat Casanovas y Olga Mir.

Rai ya tenía trabajo: averiguar quién demonios eran esas Montserrat Casanovas y Olga Mir.

—¿Cuándo sabrás si los corazones son suyos?

—Con el follón que se ha montado, le han dado máxima prioridad, pero tardará unos días. Calculo que unos diez para saber si el ADN coincide. Tranquilo, serás el primero en saberlo.

Pues eso. Paciencia, santa paciencia. Que CSI era cosa de la tele.