Capítulo 11
Todo ascenso al poder suele estar envuelto de hipocresía, y el suyo no sería una excepción.
Al día siguiente de publicar la entrevista con Jesús, Gabriela entraba en la redacción de La Tribuna , y los periodistas que en ese momento estaban trabajando se pusieron de pie para aplaudir acaloradamente a la estrella emergente del periódico.
Aquello era elixir de la vanidad en vena, pero, por obra y gracia de sus dotes de actriz, nadie en la redacción habría dicho que Gabriela no se sentía abrumada.
La entrevista exclusiva al doctor había marcado la agenda informativa de las últimas horas e incluso, cosas de la globalización, había traspasado fronteras y eran muchas las cabeceras internacionales que se habían hecho eco de ella. El morbo vende aquí, en Suecia y en el culo del mundo.
Gabriela sonrió —con calculada timidez de cara a la galería, y de oreja a oreja de puertas adentro— mientras avanzaba entre las mesas.
Ella, que solía ir a paso ligero, caminaba por el pasillo de periodistas casi a cámara lenta para paladear el momento.
Al final del recorrido la esperaban Ernesto Makaroff, el director de La Tribuna , y Rai, el jefe de Investigación y su superior directo.
Los dos la aplaudían desde la puerta del despacho más importante de la redacción.
Como el deportista en la ceremonia de entrega de medallas, Gabriela llegó al podio para recibir su premio en público: el director la esperaba con los brazos abiertos para darle un abrazo que, la verdad sea dicha, era más interesado que sentido.
—Buen trabajo, Gabriela. Sigue así. Muchas felicidades.
—Muchas gracias, Ernesto.
—Felicidades, socia.
—Muchas gracias, socio.
Gabriela y Rai chocaron los puños como si fueran jugadores de baloncesto.
Gabriela, que sabía que nunca debe hacerse sombra al superior directo, se dirigió a su mesa una vez recogida la medalla y recibidos todos los honores.
Siempre había procurado que los que estaban jerárquicamente por encima de ella se sintieran cómodos con su sensación de superioridad.
Los dos jefes entraron en el despacho de Ernesto, cerraron la puerta y se apoltronaron en el sofá.
—He pedido a los de Datos un seguimiento de la noticia de los corazones y de la entrevista a Jesús Maria Barceló.
¿Y sabes qué, Rai? Son las más vistas de los últimos tres años.
Todos los programas matutinos de la radio y los telediarios han abierto con este tema.
Y todos mencionan a La Tribuna . No sé cómo lo has hecho, pero lo has petado.
—Todo el mérito es de Gabriela.
—No me vengas ahora de modesto.
—Te digo la verdad, Ernesto. Esta chica tiene madera. Sirve para esto.
—Promete. Sí, promete, no te digo que no. Pero todavía está verde.
—Por Dios, que tiene cuarenta y dos años… No es una becaria. Si no la valoras, El Universal te la robará. Además, a mí me queda poco tiempo aquí. Es la mejor para ocupar mi puesto.
—¡Venga, hombre! No me jodas, Rai. Retrásalo unos meses. Hasta que encuentre a la persona adecuada.
—Ya tienes a la persona adecuada. Te lo estoy diciendo.
—Rai, retrásalo…
—Ya lo hemos hablado —lo cortó él.
—¿No voy a convencerte?
—Estoy cansado, Ernesto. Quiero jubilarme. Pasear por Sitges, junto al mar. Leer, jugar al golf… Estoy convencido de que Gabriela sería una gran jefa. Lleva tiempo a mis órdenes. Créeme. No vas a cagarla.
—La verdad es que no sé cuál es su fuente, pero haber salido en todos los medios… ¿Sabes lo que nos habría costado si hubiéramos tenido que pagarlo?
—Un huevo, supongo.
—¿Un huevo? ¡Muchísimos huevos! En términos económicos y de reputación.
Te aseguro que una campaña de relaciones públicas así no podemos pagarla.
En prime time de todos los medios «según la exclusiva que ha publicado La Tribuna ».
Por no hablar del poder de prescripción y del prestigio que nos da.
Noticias como estas son las que nos convierten en referentes.
—Pues ya lo has conseguido.
—De ninguna manera, Rai. Esto no puede acabar aquí. —Ernesto gesticulaba con energía—. No podemos permitirnos que otro medio se apropie del seguimiento de la noticia. Debe ser nuestro. Desde el principio hasta el final. ¿Me oyes? Debemos estirarlo. ¿Qué tenéis en marcha ahora?
—Lo que tenemos más avanzado y está dándonos más trabajo es la investigación sobre los narcopisos del Raval.
—Déjalo.
—¿En serio? ¿Estás seguro?
—Totalmente. Además, no podemos ponernos de culo con el Ayuntamiento. Al menos mientras Adela Codina sea la alcaldesa. Quiero que te centres en el caso del ICIB . Tenéis carta blanca.
Rai pensó que de ninguna manera dejarían el tema de los narcopisos.
Eran ya demasiados años trabajando con Ernesto.
Lo conocía bien. Sabía que era insaciable y sobre todo impaciente.
Cuando un tema moría, enseguida quería otro, y nunca había querido entender que el periodismo de investigación, salvo contadas excepciones, se cocina a fuego lento.
—Está bien. Como quieras. Lo dejamos todo y nos centramos en el ICIB —mintió—. Ya sabes que nos ponemos al servicio de la casa cuando es necesario.
—Gracias, Rai. Necesitamos un buen chute de audiencia, y esto nos la está dando.
Entre nosotros, y que no me oigan los de Cultura: ¿de qué cojones me sirve enviar a una persona a cubrir la Berlinale, la Feria del Libro de Frankfurt o la Bienal de Venecia?
Ya te lo digo yo: en términos de audiencia, de absolutamente nada.
Los culturetas de este país son cuatro gatos, no nos engañemos.
En cambio, la historia de los corazones —llámala historia, llámala morbo— ha calado en la gente.
Necesitamos este chute de audiencia, Rai.
Te propongo lo siguiente: cada noticia sobre este tema que supere los trescientos mil clics supondrá una paga doble el mes siguiente para ti y para Gabriela.
Tres noticias que superen los trescientos mil, tres pagas dobles.
La oferta estará vigente hasta el próximo estudio general de medios, cuando salgan las audiencias.
Rai fijó la mirada en un punto del techo. Después de unos segundos de silencio, verbalizó lo que se le pasaba por la cabeza.
—Hablamos de casi tres meses.
—Exacto. Es muy ambicioso. Pero sé que puedes hacerlo.
—Que podemos hacerlo —puntualizó Rai.
—Eso, que podéis. ¿Qué me dices? ¿Aceptas el reto?
Rai asintió con la cabeza. ¿Quién dice que no a un buen pellizco antes de jubilarse?
En el mundo laboral, cuando pidas ayuda, no lo hagas en nombre de la gratitud; hazlo en el del egoísmo, que en este caso era el dinero.
Apelar al dinero es una carta segura. Siempre lo es.
En otra época, Rai habría reclamado la parte de Gabriela para él, que por algo era el jefe de la sección, pero sabía que sin ella la investigación no iba a ninguna parte; ella tenía la fuente y, por lo tanto, la sartén por el mango.
Rai le ofrecería a Gabriela todo el apoyo que necesitara y extendería la mano.
Y, como siempre, a la cultura le tocaría pagar el pato.
Adiós Berlinale, adiós Feria del Libro de Frankfurt y adiós Bienal de Venecia.
El dinero destinado a viajes para informar de estos eventos iría a la cuenta corriente de los periodistas de investigación. Si cumplían, claro.