El quinto corazón Capítulo 10
15%

Capítulo 10

En la declaración prestada en comisaría, Santi Nadal corroboró punto por punto la versión que Jesús Maria Barceló había dado a la cabo Sandra Rovira el día que recibió el regalo de cumpleaños.

Poco antes de que el mundo se detuviera por el covid, su mujer, Montse Casanovas, sufrió una cardiopatía y compartió habitación en el Hospital Sant Jordi con la señora San Isidoro, a la que todo el mundo llamaba doña Carmen, y otra paciente.

Unas diez personas rondando por la habitación y el pasillo; Santi lo denunció, Jesús ordenó el traslado de doña Carmen a otro centro, los San Isidoro se cabrearon, montaron una batalla campal y la mujer murió durante el traslado.

Las versiones de Jesús y de Santi cuadraban de cabo a rabo.

Unas horas después de haberle tomado declaración en comisaría, Sandra y Omar fueron a casa de Santi en busca de restos biológicos de Montse, que después se contrastarían con cada uno de los tres corazones en el laboratorio de genética forense.

Si del análisis de la muestra y de la interpretación de los resultados de un facultativo se derivaba que el ADN coincidía con uno de los corazones enviados al ICIB , confirmarían la identidad de una de las víctimas y a la vez la línea de investigación de los San Isidoro quedaría reforzada.

La cabo y el agente de la Científica no tuvieron que caminar mucho para llegar a casa del matrimonio, a apenas seis calles desde la comisaría de Les Corts.

La finca, esquinada y de obra vista, la había edificado la constructora de un expresidente del Barça hacía unas décadas, y, aunque por fuera daba bastante el pego, nada más entrar en la portería saltaba a la vista que no había envejecido bien precisamente.

Baldosas de cenefas, lámparas superornamentadas y la joya de la corona: una pared tapizada con una escena noble de caza de ciervos.

Un puzle de lo que decorativamente fueron los años setenta.

Los investigadores se plantaron en el segundo piso y, después de llamar al timbre, la puerta se abrió con un chirrido.

Detrás, Santi mostraba una cara de la que colgaban bolsas violáceas bajo los ojos, con la mirada perdida y la barba descuidada de quien está preocupado por saber si oficialmente se le podía considerar viudo.

—Hola, señor Nadal.

Y nada más. Ya sabía por qué estaban allí. Se lo habían dicho unas horas antes en comisaría. Santi, resignado, asintió con la cabeza. Sin decir ni pío y con la mirada vacía, extendió el brazo abriendo la palma de la mano en un gesto que invitaba a los dos mossos a entrar en su casa.

El lugar, como el inquilino, había tenido su momento de esplendor hacía ya unos años, y ahora el parqué estaba desgastado, las paredes sudaban estuco y el caoba de los muebles se había descolorido.

Cruzaron el pasillo —sin luz natural, una especie de cueva alargada— y llegaron al comedor.

Al recorrerlo con la mirada, se detectaba una manera de hacer y de ser.

Omar reconoció tres imágenes religiosas: una virgen, un san Pancracio y un cristo de palmo y medio.

Cuando desvió la mirada hacia el sofá, sintió una inquietud correteándole por dentro al ver tres cojines colocados de cualquier manera.

Pero el colmo del despropósito era el aparador: monedas, gafas de sol, clavos y caramelos esparcidos por aquí y por allá sin una triste bandeja donde caer de forma cuidadosa.

Semejante desorden estaba poniendo a Omar a prueba.

Empezaba a ser perro viejo, sí, pero tenía que admitir que estas cosas todavía le crispaban los nervios.

Santi acompañó a los policías a la habitación de matrimonio.

Estaba sobrecargada de fotos colgadas por todas partes que no dejaban un metro de pared libre.

Sandra las revisó una a una: el álbum de una vida juntos.

En todas se veían sonrisas de oreja a oreja.

Siempre el matrimonio, ningún niño por ninguna parte.

La cabo no pasó por alto que, aunque los mejores años de Santi habían quedado atrás, las facciones esbeltas, los ojos verdes y el pelo rubio, ahora ya escaso, eran los vestigios de una juventud que había tenido su esplendor.

La mirada de Omar se desvió hacia una de las mesitas de noche, superpoblada con una botella de agua, una lámpara de lectura, un libro, auriculares y un cargador de móvil.

Negó ligeramente con la cabeza, aquello era un no parar.

En medio de la habitación y presidida por un cabezal a juego con el mobiliario, la cama de matrimonio estaba deshecha solo por una mitad, como si Santi no se hubiera atrevido a traspasar la línea imaginaria que separaba la parte de Montse de la suya.

—Necesitaría inspeccionar el lavabo.

Santi, cabizbajo, accedió a la petición de Omar.

Eran unos cuatro metros cuadrados de alicatado blanco, olor a ambientador y luz de fluorescente.

Un revistero con diversas publicaciones que acompañaban los momentos de soledad en la taza del váter.

Vio un ejemplar de La Tribuna de vete a saber qué domingo e instintivamente su cerebro proyectó una imagen de Gabriela.

La consecuencia fue un escalofrío la mar de placentero que le cosquilleó la columna vertebral.

Enseguida se propinó un pescozón imaginario y volvió a centrarse en el trabajo.

Abrió su maleta, repleta de los trastos que un miembro de la Científica puede necesitar.

Cogió unos guantes —azules, de nitrilo y de un solo uso— con los que se enfundó las manos para abrir el armarito con puertas de espejo colgado en la pared.

Después peinó el contenido con la mirada.

—¿Cuál es el cepillo de dientes de Montse?

—El rosa.

El otro era azul. Azul, niños. Rosa, niñas. La manera de hacer de una generación.

Omar fotografió el cepillo rosa para el expediente. Después lo cogió por el mango con el índice y el pulgar y lo depositó en una bolsa de papel. El papel siempre era mejor que el plástico, porque aguantaba mejor la humedad. En comisaría lo etiquetaría y lo documentaría.

—¿Peine o cepillo de pelo de ella?

Santi se limitó a señalarlo con el dedo. Omar entrecerró los ojos y fijó la mirada para detectar si el pelo del cepillo tenía raíz y, por lo tanto, ácido desoxirribonucleico, conocido universalmente por las siglas ADN .

Efectivamente, la tenía, y Omar repitió el procedimiento.

Fotografía y cepillo al sobre de papel. Luego observó el lavabo con todo detalle: la taza del váter tenía la tapa levantada; el lavabo, pasta dental seca, y el espejo, rastros de huellas de dedos.

En un extremo, al lado de la ducha, vio un cubo de aproximadamente un metro de altura.

—¿Aquí está la ropa sucia? —Lo señaló con la barbilla.

—Sí.

Quizá debería haber pedido permiso, pero Omar tiró millas y levantó la tapa. Estaba lleno hasta arriba.

—Lo siento. Sin ella… Las tareas domésticas no son mi fuerte.

El azul para ellos, y el rosa y las tareas del hogar para ellas.

Omar, que tenía un máster en labores domésticas, prefirió morderse la lengua.

Seguramente no era ni el sitio ni el momento adecuados.

Bajo la mirada de Sandra, vació el cubo en el suelo e inspeccionó la intimidad ajena revolviendo ropa interior, calcetines y otras prendas.

Encontró una camiseta rosa y con el cuello de pico con manchas de sangre.

Por la dinámica de la casa, supuso que era de mujer.

—¿Y esto? ¿Es de ella? —le preguntó la cabo.

—Sí. Hace unos días se hizo sangre mientras cortaba una pata de jamón.

—Me lo llevo. —Omar no lo dudó ni un segundo. Los restos de sangre eran perfectos para contrastar ADN .

Los resultados de las pruebas de ADN tardarían en llegar.

Prioridad uno, un par de semanas, con suerte.

Prioridad dos, unos meses. Prioridad tres, espera sentado un año.

El regalito de cumpleaños de un doctor mediático acompañado de la noticia de La Tribuna ya había hecho descolgar más de un teléfono, así que el caso iba directo a la primera posición de la lista de prioridades de la policía.

En cuestión de días tendrían el resultado.

La justicia puede declarar la muerte de una persona después de diez años desaparecida, pero, en el caso de Montse, Santi estaba convencido de que tardarían mucho menos. Su mente, traicionera como ella sola, anticipaba catástrofes aún por anunciar y se preparaba para una vida sin ella.