El quinto corazón Capítulo 9
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Capítulo 9

Veinticuatro horas después, y según lo pactado con el director de comunicación del ICIB , Gabriela y Rai volvían al Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona dispuestos a cobrarse el olvido consciente en la redacción de la noticia de que los tres corazones eran, en realidad, un regalo de cumpleaños para Jesús.

El suceso publicado por La Tribuna había marcado la agenda informativa de las últimas horas, y los demás medios de comunicación se habían hecho eco.

Las especulaciones sobre el responsable del macabro envío se habían convertido en el deporte nacional, y la mafia, el tráfico de órganos o sencillamente alguien que no rulaba del todo eran las principales apuestas de los lectores en los comentarios de la noticia.

Estaba incluso el graciosillo de turno que le sugería a Carles Porta empezar la próxima temporada de su programa de televisión Crims con este caso.

Aun así, pocos se habían preguntado de qué desdichados eran esos corazones, cuyos cuerpos todavía no se habían encontrado.

En la planta desde la que se capitaneaba el ICIB , los dos periodistas y dos operadores de cámara esperaban delante de la enorme vidriera con vistas al parque de la Ciutadella en un set con cámaras, focos y micros preparado para una entrevista exclusiva que culminaría el quid pro quo entre el ICIB y La Tribuna .

Mientras esperaban, Gabriela sacó el móvil.

En la pantalla de inicio le salió una foto de Kilian con ella y las niñas.

Los cuatro sonriendo como una familia feliz.

La daga punzante de la mala conciencia le atravesó el corazón.

Sintió las mejillas como brasas. Después soltó un largo resoplido.

¿Tenía narices para mandarlo todo a tomar viento?

¿Se puede querer a dos personas? ¿Kilian la quería tanto como para permitirle «ampliar» su vida amorosa y sentimental?

Gabriela negó con la cabeza, autocensurándose; no era el momento para hacerse esas preguntas.

Para cambiar el chip, consultó el programa interno de La Tribuna para ver las audiencias de cada una de las noticias publicadas.

Aquello era un bulevar de los aciertos y las vergüenzas de cada miembro de la redacción; quedaban al aire para escarnio o elogio de los demás periodistas.

Los datos situaban la información de los tres corazones en el número uno de visitas y de tiempo de lectura, pulverizando récords históricos del periódico; una buena dosis de amarillismo suele ser imbatible.

Gabriela sintió que la sombra de la vanidad se paseaba por su rostro con una sonrisa que la zambulló en un mar de dulce autocomplacencia.

Le mostró el móvil a Rai, que se levantó las gafas para leer los datos con una mueca de esas que le almendraban los ojos y le arrugaban la nariz.

—¡La puta de oros! Lo estás petando. Muchas felicidades.

—Gracias, socio —le contestó guiñándole un ojo.

Los datos de audiencia convencieron a Rai para que siguiera su intuición. Llevaba dándole vueltas desde el día anterior y al final se lo comunicó a Gabriela. Era lo justo.

—Oye, la entrevista a Jesús Maria Barceló la haces tú sola. ¿Cómo lo ves?

¿Que cómo lo veía? Pues de coña. Habría querido dar botes de alegría, gritar, soltar vivas a diestro y siniestro, pero tenía un máster en control de las emociones.

Nunca se mostraba como un libro abierto.

Poner el freno de mano, censurar la más mínima euforia y medir las palabras eran imperativos para disimular las intenciones.

Siempre había creído que no es bueno que la gente sepa exactamente lo que piensas.

Si se te ven los sentimientos, eres débil.

Gabriela optó por dar muestra de falsa modestia. Era un papel que clavaba.

—Lo veo bien, Rai. Me siento perfectamente capaz…, pero ¿y tú? Eres el jefe de Investigación. —La falsa modestia siempre incorporaba un «pero» en la frase y un tono de pánfila.

—La entrevista la has preparado tú y el tema es todo tuyo.

Gabriela estiró los labios en un gesto que no podríamos llamar sonreír, pero por dentro estaba de fiesta mayor.

El día anterior, Rai ya había decidido que la noticia la firmaría solo ella, y ahora le decía que la entrevista la haría solo ella.

Le parecía el tránsito natural. Cuando un periodista renuncia voluntariamente a la voracidad, está en el ocaso de su carrera profesional, y el relevo generacional es cuestión de tiempo.

Jesús llegó por fin a la última planta del ICIB .

Era evidente que tenía dificultades para andar; cada paso iba acompañado de su correspondiente resoplido, en el que parecía dejarse el alma.

Iba del brazo de su marido, Nelson, y detrás de ellos, Ismael Valdés.

Jesús se sentó en el sofá, delante de las dos cámaras a las que se enfrentaría para explicar en exclusiva lo sucedido.

Nelson le dio un beso y se situó en una prudente segunda fila, detrás de las cámaras.

Después, Ismael le susurró al oído los últimos consejos que un director de comunicación puede dar.

Recuerda decir esto, prohibido decir lo otro, cuidado aquí, puede pillarte por allá.

Jesús, obediente, asintió mirando fijamente a Gabriela, que, frente a él, estaba ya preparada para empezar la entrevista.

Pero antes la periodista se levantó para intentar romper el hielo estrechando la mano del doctor.

—Gabriela Palau. Encantada, doctor Barceló.

Jesús le devolvió un apretón débil, más propio de un octogenario que de un cincuentón. No hacía falta ser médico para darse cuenta de que el cuerpo no lo acompañaba.

—Me ha metido un buen gol, ¿eh? La felicito. Los medios no hablan de otra cosa, y todo por su culpa. Su director debe de estar contento con usted.

—Es nuestro trabajo, doctor. Y a veces lo hacemos muy bien.

La respuesta de Jesús fue una mirada que era una oda a la condescendencia.

A esa periodista todavía le faltaba tomar mucha sopa para sentarse a la mesa de los que cortaban el bacalao, pero tenía un punto de descaro y parecía ambiciosa.

Seguro que sería alguien que tener en cuenta en un futuro cercano.

El director de La Tribuna , Ernesto Makaroff, estaba muy contento con Gabriela.

Pero de eso ella se enteraría más adelante.

Ahora todo giraba en torno al protagonista, Jesús, que, pese a su precaria salud y a las circunstancias adversas, dominaba la escena a la perfección.

Sin miedo a la cámara ni a los focos ni a las preguntas malintencionadas de los periodistas, que estaba convencido de que buscarían el titular llamativo.

Si miraba atrás en el tiempo, debía admitir que no había sido fácil alcanzar esos niveles de autoconfianza.

No hacía tanto, cargaba sobre los hombros un capazo de complejos, de los que poco a poco pudo irse desembarazando.

Y mira que las había pasado canutas. Había sido un niño enfermizo, con gafas de culo de vaso, dependiente de su madre, negado para los deportes y con un labio leporino que lo obligaba a arrastrar la lengua.

Feo, tullido, enmadrado e incapaz de pronunciar la ese: el blanco perfecto de burlas crueles.

Las sufrió en la infancia, la adolescencia, la juventud y también de adulto.

La crueldad no tiene edad. No siempre había estado rodeado de buena gente.

Fue Nelson quien amainó la nube negra que siempre lo había acompañado; con él salió el sol.

Y ya superados los cuarenta, rompió una dinámica gris que parecía que iba a durar para siempre.

Gracias a Nelson había aprendido a ser un orgulloso retaco afeminado y a mirar a los demás desde una perspectiva contrapicada de forma empoderada.

Su madre, una santa que lo crio sola, habría estado muy orgullosa de él.

Uno de los operadores de cámara preparaba el plano mientras el otro le ajustaba el micro de corbata al doctor. Cuando todo estuvo a punto… Tres, dos, uno, dentro.

—La primera pregunta es obligada, doctor: ¿cómo están los ánimos en el ICIB después de lo que ha pasado?

—Pues ya puede imaginárselo. Ha provocado una gran consternación en todo el ICIB y en el Hospital Sant Jordi.

—Un suspiro se deslizó entre las palabras de Jesús—.

Por suerte, el asunto ya está en manos de los Mossos d’Esquadra, que están haciendo las investigaciones pertinentes para intentar encontrar a los autores.

—¿Quién cree que puede estar detrás?

—El tema es muy grave, señora Palau. Y, precisamente por eso, la policía nos ha pedido máxima discreción mientras siga investigando.

—Pero ¿tiene alguna sospecha?

Con su amaneramiento habitual, Jesús unió el índice y el pulgar y cerró una cremallera imaginaria que sellaba sus labios.

—Usted es director médico y presidente del Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona y jefe de Cardiología del Hospital Sant Jordi. ¿Cómo cree que puede afectar este incidente a la imagen de estas dos instituciones?

—Gracias a la labor que el doctor Toni García, que en paz descanse, y yo mismo llevamos a cabo mano a mano durante muchos años, puedo decir que actualmente algo así no afectará al día a día ni del instituto ni del hospital, y tampoco a sus bien merecidas reputaciones.

—Ha mencionado al doctor Toni García. ¿Cómo ha cambiado el ICIB desde su muerte?

—El doctor García era un modelo como médico, como humanista y como persona.

Yo, como presidente y director médico, quiero que el ICIB mantenga su visión.

La que creamos entre los dos. Cuando Toni murió, fue como si me hubieran arrancado un brazo.

Un ICIB fuerte es una manera de mantener vivo su legado.

—La vida ha seguido sin el doctor García.

—Claro que ha seguido. Me he volcado en apoyar a médicos e investigadores jóvenes para atender a los pacientes al más alto nivel y para responder al gran reto de la prevención.

Y lo he combinado con la introducción de técnicas innovadoras para el diagnóstico de enfermedades cardiovasculares y terapias de las que espero que algún día yo mismo pueda beneficiarme.

—¿Quiere usted decir que deberíamos preocuparnos por su salud?

El ojo periodístico de Gabriela supo leer entre líneas y tocó la tecla correcta. Detrás de las cámaras, Rai enderezó la espalda y prestó atención a la respuesta. Su pupila había sido muy hábil, oliendo la noticia como el tiburón huele la sangre.

—Una buena periodista como usted se habrá dado cuenta de que he llegado del brazo de mi querido marido, Nelson. No lo he hecho público, pero creo que es un buen momento para anunciar, ironías del destino, que un cardiólogo como yo sufre una cardiopatía. Tengo una insuficiencia aórtica.

Una noticia bomba. Gabriela sintió un ligero cosquilleo en la nuca, una reacción espontánea. Le acababan de servir en bandeja de plata el titular que buscaba. Muchas gracias, doctor. Dios se lo pague.

—Vaya… Ante todo, muchos ánimos, doctor Barceló. Para los no iniciados, ¿podría explicarnos en qué consiste esta cardiopatía?

—Es un defecto en la válvula aórtica. La válvula aórtica debe ser perfecta.

Si se corta, debe tener tres velos, como el logotipo de Mercedes, sin querer hacer publicidad y para que los espectadores nos entiendan.

Cuando se abre y cuando se cierra —acompañó el gesto con las manos— es perfecta porque encaja como una flor.

Pero aproximadamente un dos por ciento de la población no tiene tres velos, sino solo dos.

A esto lo llamamos bicúspide. Y es mi caso.

En lugar de abrirse como una flor, se abre como una boca de pez y no se cierra de forma perfecta.

El problema es que, cuando la sangre sale, castiga la arteria.

Este proceso hace que la aorta se dilate, que es lo que llamamos «insuficiencia aórtica».

—Jesús fue señalándose el pecho como si su caja torácica fuera transparente y los espectadores pudieran seguir la explicación.

—¿Y qué implica para su salud, doctor?

—Pues, a causa de esta cardiopatía, necesito con urgencia el corazón de un donante.

Sin un trasplante mi vida no tiene un horizonte muy lejano.

Lo que me empuja aún más a creer en la misión y el trabajo del ICIB .

Animo a todo el que haya seguido esta entrevista a que haga una donación.

Es fundamental poder financiar la investigación.

Llevo mucho tiempo salvando la vida a otras personas; ahora tengo que salvar la mía.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—No más de un año. Si no consigo un corazón antes, moriré.