El quinto corazón Capítulo 8
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Capítulo 8

El trayecto se le estaba haciendo eterno.

Desde la calle Beethoven hasta Travessera de Les Corts, pasando por la Diagonal y la calle Déu i Mata, no eran más de diez minutos andando; quince como mucho.

Pero cada bocanada de aire propagaba la angustia en su interior y cada paso costaba como si cargara el peso del miedo sobre los hombros.

Dicen que el alma pesa veintiún gramos, pero ¿y el miedo cuánto pesa?

Probablemente lo bastante para acelerar la respiración, dilatar las pupilas, aumentar la presión sanguínea y disparar el ritmo cardiaco.

El miedo es muy jodido. El miedo a perder lo que más quieres, a que la vida cambie en un chasquido de dedos, a que los presagios más oscuros que se edifican dentro de ti se conviertan en realidad.

Santi Nadal esquivaba a toda prisa a peatones sumidos en problemas que seguro que no eran ni de lejos de la magnitud del suyo.

Lo envolvía una camisa de fuerza invisible que le apretaba, le apretaba y le apretaba. Una negrura en forma de pegajoso sudor frío que no lo dejaba en paz.

Se santiguó un par de veces y besó el crucifijo de plata que le colgaba del cuello.

Acompañaba el paso ligero con ruegos a la Virgen.

Si alguien podía escuchar sus plegarias era ella.

Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Mal final para un momento como ese.

A la altura de la calle Entença sintió la tentación de cruzar en rojo; estaba impaciente por llegar cuanto antes.

Como si el desenlace dependiera de los sesenta segundos que tarda en cambiar un semáforo, como si fueran a cambiar algo.

Pero en esa jungla que era la Diagonal de Barcelona convivían bicicletas, patinetes, repartidores, motos, tranvías, coches y autobuses.

Esquivar a tanta bestia sobre ruedas con el semáforo en rojo era misión imposible.

Verde. Por fin. Aceleró el paso. Aunque hacía fresco, sentía que el asfalto le quemaba los pies. No podía quitarse las malditas suposiciones de la cabeza. Las coincidencias no existen. Las piezas encajaban. Dos y dos siempre son cuatro, hostia.

Sentía el cuerpo en tensión, el pecho cerrado y le flaqueaban las piernas.

Aun así seguía. Quería agarrarse al «esto no puede estar pasándome a mí», creer que había esperanza, que al volver a casa la encontraría apoltronada en el sofá leyendo un libro y le contaría cualquier historia inverosímil que lo justificaría todo.

Pero, en su interior, Santi Nadal sabía que sus sospechas eran más que razonables.

Él era una persona racional. Un hombre de orden.

No era una cuestión de cuernos, estaba seguro. Ni el tedio de una vida aburrida que ella quisiera dejar atrás. Se querían, coño. Mucho. Había pasado algo. Todo iba como la seda entre ellos. Y de ahí no lo sacabas.

Hacía ya unos días que había presentado una denuncia en la comisaría de Les Corts.

Incluso le mostró al mosso un mensaje de WhatsApp la mar de azucarado y un poco subido de tono de un día antes de la desaparición para dejar constancia de que se había esfumado en contra de su voluntad.

Pero el noventa y ocho por ciento de las desapariciones denunciadas se resolvían favorablemente, así que la mayoría de las veces el tema se solucionaba solo, y a otra cosa, mariposa.

Por lo tanto, que la primera respuesta de la policía fuera eso tan gastado de «si nos enteramos de algo, ya lo llamaremos» era de manual.

Pero no lo habían llamado, y lo que acababa de leer en el periódico le había dado la vuelta a todo como un calcetín.

Se adentró en la Illa Diagonal, templo del consumismo de la zona alta de la ciudad.

Allí, gente de buena familia deambulaba comulgando con la cultura de la moda y con la creencia de que consumir por encima de las necesidades aporta felicidad.

Santi Nadal iba dejando atrás a personas con bolsas logotipadas de papel reciclado que llevaban ropa fabricada en la otra punta del mundo; nueve mil kilómetros en barco consumiendo doscientos cincuenta mil litros de combustible al día.

Pero la bolsa, de papel reciclado, no vaya a ser que contamine. Viva la sostenibilidad.

Una vez cruzado el centro comercial, salió por la calle Déu i Mata, avanzó cien metros más a pie y llegó a la comisaría de Les Corts echando el hígado por la boca. Nada más pisarla, se dirigió a la mossa que estaba detrás del mostrador de la entrada, empapado en sudor y con el habla entrecortada.

—He leído una noticia que ha publicado La Tribuna . Creo que uno de los tres corazones que le han enviado al doctor Jesús Maria Barceló es de mi mujer. Se llama Montse. Montserrat Casanovas.