El quinto corazón Capítulo 7
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Capítulo 7

Cuando una persona famosa se veía salpicada por un marrón, en los principales despachos de la comisaría de Les Corts sonaban todas las alarmas.

Los de arriba querían conocer cada detalle por aquello de que, cuando explotara en los medios de comunicación —porque tarde o temprano todo acababa explotando—, no los pillara con el paso cambiado.

Por esta regla de tres, Omar tuvo que explicar con todo detalle lo que había hecho esa tarde en el ICIB .

Entre una cosa y la otra, salió de la comisaría pasadas las once de la noche.

A esa hora, en la Travessera de Les Corts no había ni un alma.

Aunque el día había sido larguísimo y estaba reventado, decidió volver a casa paseando tranquilamente.

Si hubiera querido autoengañarse, podría haber fingido que era por tomar un rato el aire después de un día pesado, pero en el fondo era consciente de que en buena medida era porque no quería encontrar a Alba despierta.

Ojos que no ven, corazón que no siente. O eso dicen.

Caminó por la Travessera de Les Corts y la avenida de Sarrià hasta llegar a la calle Urgell, que bajó haciendo un repaso mental de lo que habían dado de sí las últimas doce horas, y no estaba nada mal.

Nervios previos al encuentro, hotel, sexo interrumpido, llamada, despedida precipitada, comisaría, ICIB , comisaría, informe y explicaciones a sus jefes. Todo ello agotador.

Pasadas las once y media llegaba por fin al portal de su edificio, justo delante del mercado de Sant Antoni.

Al entrar en el ascensor se topó con su rostro reflejado en el espejo.

Se leía cansancio; consecuencia de la culpabilidad, de la tristeza y de sentirse un puto traidor.

Mientras subía recordó que le tocaba ponerse la máscara de no haber roto nunca un plato y fingir que aquí no ha pasado nada.

Era el pacto que había hecho consigo mismo y, por mucho que lo machacara mentalmente, no lo rompería ni por Dios.

Con un poco de suerte, Alba estaría durmiendo y todo eso que se ahorraría esa noche.

A las seis le sonaba el despertador para ir a nadar, y decía que, si no dormía ocho horas, no era persona.

Que ni café ni hostias. Omar nunca había entendido eso de meterse en el agua cuando aún no ha salido el sol.

A esa hora, él no era más que un moribundo gobernado por la mala gaita irrefrenable de quien tiene mal despertar.

Ascensor en el sexto, rellano y entró en casa. Todas las luces estaban apagadas. Alba ya debía de estar en la cama. Bingo. Resopló aliviado. Primer golpe de suerte del día. Menos mal, porque no tenía el cuerpo para actuaciones.

Se puso cómodo y pensó que probaría a ver si se le abría un poco el estómago.

Con cualquier cosa calentada en el microondas le bastaba.

En la cocina puso la tele de fondo. Ni la miraría ni la escucharía, pero el murmullo le haría más compañía que un silencio que amplificaría la carretada de reproches que la voz de la conciencia le tenía reservada.

Quería mucho a Alba. Más que a nada en el mundo.

Nunca le haría daño, y precisamente por eso no debía enterarse de la existencia de Gabriela.

No se lo perdonaría. Sería un antes y un después, un cruz y raya, un te me has caído a los pies.

Omar no estaba dispuesto a afrontar la conversación ni los lloros, ni a responder a la puñetera pregunta de por qué.

Y esta solo sería la primera. Después llegaría una buena retahíla.

¿Es que el pasado no significa nada? ¿Es que solo piensas con la polla?

Y la madre de todas las preguntas: ¿y ahora qué?

Todo para acabar en el callejón sin salida del inevitable «o ella o yo».

Y no. Por ahí no estaba dispuesto a pasar.

No quería tener que elegir porque la decisión sería demasiado traumática.

La culpa lo martirizaba. Era una emoción dolorosa fruto de haber transgredido las normas impuestas por una sociedad, hipócrita como ella sola, que veía con malos ojos que él tuviera una amante.

Alba era frágil. Se lo tomaría fatal, sí.

Pero ¿y él qué? Tenía derecho a ser feliz, joder.

Y qué coño, tenía todo el derecho del mundo a echar un polvo fuera de casa de vez en cuando; no era un pecado.

Se lo había repetido una y mil veces. Pero a ver cómo se lo contabas a Alba sin que el mundo se le viniera abajo.

Terminó de cenar ya pasada la medianoche.

Aunque estaba reventado, tuvo que fregar los platos sí o sí.

Si hubiera sido capaz, los habría dejado en el fregadero para el día siguiente encantado de la vida.

Pero la angustia lo habría torturado y habría acabado levantándose de madrugada para fregarlos, así que trabajo hecho.

Después recogió la cocina, limpió la mesa y el mármol, dobló todos los trapos —como siempre, con la etiqueta por dentro y en tres pliegues— y ya podía meterse en la cama.

Pero antes no quería dejar de hacer algo que llevaba quince años haciendo.

Entró en la habitación y le dio un beso de buenas noches.

Por el rabillo del ojo miró la foto que estaba en la mesita de noche.

Omar, Alba y Maria partiéndose de risa. Un escalofrío lo recorrió por dentro; cuando una persona a la que has querido ya no está, piensas en ella cada día de tu vida.

El puto cáncer se cebó con ella. Los dos echaban de menos a Maria; Alba como madre y Omar como esposa.

Estaba convencido de que ella se alegraría de que rehiciera su vida.

La pena había dado paso al recuerdo de una etapa que fue maravillosa, pero formaba parte del pasado y ahora quería, necesitaba, mirar hacia delante.

Y eso no significaba olvidar. Pero Alba se lo había dicho mil veces: no estaba preparada para ver cómo su padre sustituía a su madre.

Omar llevaba cinco años atrapado en esa cárcel.