Capítulo 6
Mientras llamaba al director de comunicación, el recepcionista sintió que unos hilos invisibles lo movían como si fuera una marioneta, porque era exactamente en eso en lo que acababa de convertirse.
Le habría encantado mandar a la periodista que estaba al otro lado del mostrador a freír espárragos, pero hay veces en la vida en las que no queda otra que abrazar el pragmatismo.
No sabía quién era, ni los contactos que tenía, ni la mala leche que se gastaba.
Mucha, a juzgar por las apariencias. Y él de ninguna manera podía permitirse dejar de llevar los poco más de mil euros de su sueldo a casa.
—El señor Valdés me ha dicho que baja en unos minutos. —El recepcionista consiguió proyectar un tono amable, sin ninguna grieta que supurara enfado.
—¿Ves como no era tan difícil, querido?
A Gabriela no le bastó con ganar; quiso recrearse.
El chico sintió brasas en las mejillas, fruto de una furia que emergía en su interior.
Era jovencito y acababa de estrenarse en el bonito arte de callarse, agachar la cabeza y consolarse con eso tan gastado de la nómina a final de mes.
Él aún no lo sabía, pero le esperaban humillaciones similares a paladas a lo largo de su vida laboral, así que más le valía empezar a endurecerse la piel.
Entretanto, esa tarde tenía orgullo con patatas para merendar. Que aproveche.
Mientras esperaban a Ismael Valdés, Gabriela y Rai pasearon la mirada por la recepción del ICIB .
Tenía aspiraciones minimalistas y estaba presidida por un enorme busto de mármol blanco en memoria del doctor Toni García.
Los periodistas se acercaron con el mismo respeto con el que lo harían en una tumba.
«Al doctor Toni García. Siempre entre nosotros, amigo», rezaba la inscripción de la placa.
Por orden de la dirección, siempre había flores frescas velando el busto.
Mientras lo observaba desde cerca, Rai recordó el día que conoció a Toni García en la gala De Todo Corazón que cada año organizaba el ICIB .
Tenía muy presentes su rostro y su expresión; pensó que la escultura estaba francamente conseguida.
Si eso lo había parido alguien con una escarpa y un martillo, era para quitarse el sombrero.
—Fue el primer famoso que murió de covid —recordó Gabriela ante el trozo de mármol esculpido.
—Ostras, sí, ya me acuerdo. Creo que lo sacamos en portada. De hecho, creo que lo publicó todo el mundo.
—En esa época solo se hablaba del puto covid.
—Lo conocí. —Rai señaló el busto con la barbilla—. Un crack, el tío. Un relaciones públicas nato. Él solito montó todo esto.
—Creo que ahora el Ayuntamiento va a dedicarle una calle. Como a Freddie Mercury y a Montserrat Caballé. Aunque este ha tardado menos.
—Sí, leí que el pleno del Ayuntamiento lo había aprobado. —Rai chasqueó la lengua y negó con la cabeza—. Nunca he entendido eso de que solo te dediquen una calle si la has palmado. Joder, la gracia es verlo, ¿no?
Por detrás de los dos periodistas sonó un tintineo y, voilà , del ascensor salió Ismael Valdés, que se dirigió directamente hacia Rai y Gabriela.
—Hola, soy Ismael Valdés, el director de comunicación del ICIB . Me han dicho que quieren hablar conmigo. ¿Les parece bien que vayamos a un sitio más tranquilo?
Si iban a tratar lo que temía que iban a tratar, mejor en un sitio más discreto que una recepción con gente circulando de un lado a otro.
Ismael —bien plantado, de apretón de manos fuerte y mirada transparente— y los dos periodistas entraron en una sala de reuniones de la planta baja del ICIB : luz fría, mesa con cuatro sillas, paredes desnudas y para de contar.
Por aquello de que quien golpea primero golpea dos veces, nada más sentarse, Gabriela disparó sin dejar que Ismael abriera la boca.
—Sabemos que los Mossos han estado aquí porque el doctor Barceló ha recibido un regalo de cumpleaños: una caja con tres corazones humanos.
Un directo a los morros. Primer asalto para Gabriela.
Ismael la miró fijamente a los ojos durante unos largos segundos sin abrir la boca. Parecía analizar cómo plantear una batalla que sabía desde el principio que era desigual. De primeras, pintaban bastos.
—¿Puedo preguntarles de dónde lo han sacado?
—Poder puede, pero usted ya sabe que no le revelaré mis fuentes. El caso es que lo sabemos, y más le vale que no nos lo niegue, porque empezaremos con el pie izquierdo.
Gabriela sacó el móvil y se lo mostró a Ismael. Iba a por el segundo asalto.
—Ya tenemos la noticia escrita. Si queremos, podemos colgarla ahora mismo. Hoy en día…, un clic y empieza a correr por todas partes. Ya sabe cómo funcionan estas cosas.
—Pero hemos venido a hablar con usted porque queremos que nos dé su versión de los hechos. —Rai había adoptado el papel de poli bueno.
Ismael tenía una edad en la que la vida ya le había enseñado a verlas venir, así que el numerito de la noticia tampoco es que lo impresionara demasiado. Se ajustó las gafas y dedicó toda su atención al móvil de Gabriela.
Una noticia maquetada para colgar en la web de La Tribuna .
«El doctor Jesús Maria Barceló recibe un regalo con tres corazones humanos en su despacho del ICIB el día de su cumpleaños».
Todos los elementos para hacer daño en un titular a cinco columnas: el nombre del doctor y el nombre de la institución salpimentados de amarillismo.
Y con foto del protagonista, claro. Todo a un solo clic.
Qué fácil y qué rápido es hacer daño hoy en día.
El director de comunicación leyó la noticia con detenimiento.
Mientras tanto, Rai, con cara de póquer, pensó que él ni siquiera sabía que ya estaba redactada.
En otros tiempos le habría pegado una sarta de gritos a Gabriela en cuanto hubieran puesto un pie fuera de esas cuatro paredes.
Pero, si ponía las luces largas, veía la fecha de su jubilación, y por lo tanto no iba a hacerlo.
Para qué generar un conflicto con la despedida en el horizonte.
Cómo cambian las cosas. Definitivamente, se había convertido en un blando.
Ismael terminó de leer la noticia y por un instante se quedó mudo, maquinando sus opciones en esa partida, aunque lo cierto era que no tenía buenas cartas.
Los periodistas lo sabían todo y él tenía poco que ofrecer.
Aun así, no podía bajarse los pantalones hasta los tobillos a la primera de cambio, así que empezaría pidiendo lo imposible y ya iría bajando el listón.
Tenía claro, eso sí, que tendría que tragarse más de una. Pronto sabría cuántas.
—¿Puedo pedirles que no lo publiquen?
—Estoy convencido de que usted es bastante listo y ya sabe la respuesta.
Efectivamente, la sabía, pero tenía que intentarlo. Esta se la tenía que envainar. La primera.
—¿Cuándo lo recibieron? —Gabriela puso la directa.
—Hoy por la mañana.
—¿Alguna sospecha de quién ha sido?
—No tenemos ni idea.
Los periodistas miraron a Ismael con cara de pocos amigos.
—Les digo la verdad. Se lo juro.
La mirada transparente del director de comunicación jugó a su favor y los dos periodistas pusieron cara de creérselo.
Pensó que, si ese par descubría que a la caja le faltaban dos corazones para completar los cinco compartimentos, el revuelo mediático sería de los que marcan época.
Y precisamente eso es lo último con lo que un director de comunicación quiere lidiar.
Cruzaba los dedos. Entretanto, debía conseguir que los daños fueran los mínimos posibles.
—Quiero pedirles que no mencionen al doctor Barceló.
—Me temo que nos pide demasiado. —El tono de Rai no dejaba margen para la negociación. La segunda que tenía que envainarse.
—Pues eviten el tema del regalo de cumpleaños, que no hará más que alimentar las especulaciones y la alarma social. Es puro morbo.
—Sí, lo es. Pero el morbo da audiencia. ¿Qué nos ofrece a cambio? —Gabriela no se anduvo con rodeos.
—Pueden volver a la redacción con una campaña de publicidad solo para La Tribuna . Seríamos muy generosos con la inversión.
—¿Es que tenemos cara de comerciales de publicidad? No se equivoque con nosotros.
—Señora Palau, ¿puede decirme entonces con qué podemos llegar a un acuerdo?
Esta sería la tercera que Ismael tendría que tragarse.