El quinto corazón Capítulo 5
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Capítulo 5

A diferencia de otros arcos de triunfo de marcado carácter militar, el de Barcelona tiene un gran componente civil caracterizado por el progreso artístico, científico y económico.

Allí, bajo los monumentales treinta metros ideados por Josep Vilaseca, Gabriela se sentía una insignificancia minúscula sumida en sus pensamientos.

Entre todos ellos, una gota malaya que no dejaba de repetir lo largo que es un año.

—Más te vale que sea bueno, porque me has hecho venir hasta aquí, a mi edad, echando el hígado por la boca.

La característica voz de Rai, muy grave y muy potente, le llegó desde atrás. Gabriela respondió sin girarse hacia los dos metros y ciento no sé cuántos kilos que tenía a su espalda.

—Merece la pena, Rai. Créeme. —Le hizo por fin el honor de darse la vuelta—. Por cierto, buenas tardes para ti también.

—Sí, sí. Buenas tardes, buenas tardes.

Gabriela y Rai empezaron a caminar por el paseo de Lluís Companys abajo en dirección al complejo sanitario Antoni Gaudí.

—¿Me dirás de una vez qué coño hacemos aquí?

—El doctor Jesús Maria Barceló ha recibido un regalo de cumpleaños con tres corazones humanos.

Pam. Como titular era imbatible. Necesitas unos instantes para procesar algo así. Después, Rai silbó a modo de exclamación mientras se peinaba la calva con la palma de la mano.

—La madre que me pa… ¿El cardiólogo?

Gabriela asintió con cierta condescendencia en su expresión, que, de no haber sido por la confianza, Rai habría reprobado con un rapapolvo de los que tiempo atrás solía echar, de esos que marcan los límites del respeto, de los de no te pases ni un pelo o sabrás lo que es bueno.

Pero se limitó a sonreír porque ahora, quién lo habría dicho, incluso le hacía gracia ver la jeta con la que subía la generación que empujaba por detrás.

Rai deseaba jubilarse más que nada en el mundo y, a sus sesenta y cuatro años largos, lo tenía muy cerca.

Estaba de vuelta de casi todo. El matiz del «casi» era importante, porque con un caso así no se había encontrado nunca en sus cuarenta años en el oficio.

Pero, por muy mayor que lo pillara, subiría a ese tren. Claro que subiría.

—¿Quién más lo sabe?

—Solo nosotros.

—Hostia, Gabriela… Esto es bueno de cojones. ¿Y cómo sabes que ha sido un regalo de cumpleaños?

—Dejémoslo en que lo sé. Además, viniendo hacia aquí he mirado la web del ICIB . Mira, justo hoy cumple cincuenta años.

Gabriela levantó el móvil guiñándole un ojo.

Aún tenía abierta www.icib.com/miembros.

En la parte de arriba de la web, las fotos de los dos peces gordos del ICIB : Jesús Maria Barceló, el director médico, y Carla Sala, adjunta a dirección.

Rai miró por encima de las gafas con sus ojazos azules y señaló la foto de Jesús.

—Es este, ¿verdad?

—Hombre, tú mismo. No será la mujer…

Rai volvió a mirar el móvil como si su cerebro escaneara las caras de los doctores. Fotos de estudio, sonrisas falsas, batas blancas y toneladas de suficiencia en la mirada.

—¿De dónde has sacado la información?

Gabriela pensó en Omar, desnudo y hablando por teléfono en la habitación del hotel.

—Eso ya no te lo puedo decir.

El jefe de Investigación del periódico La Tribuna y su segunda llegaron al final del paseo de Lluís Companys, frente al parque de la Ciutadella, y por lo tanto a la entrada del complejo sanitario Antoni Gaudí.

Reinaba una normalidad impostada; todo parecía en orden y no se veía presencia policial por ninguna parte.

Avanzaron hasta la recepción del ICIB , y también allí la vida fluía con absoluta normalidad.

—¿Estás segura de lo que dices?

Gabriela riñó a Rai con la mirada. ¿Cuándo le había fallado?

No le dio tiempo a soltarle una fresca porque por delante de ellos pasó la doctora Carla Sala: pelo corto, nariz aguileña y hecha un guiñapo.

Los dos proyectaron la imagen de la web del ICIB .

Era ella, seguro. La segunda de a bordo.

A Gabriela y Rai les bastó con intercambiar una mirada y salieron disparados detrás de ella.

—Doctora Sala —gritó Gabriela.

—¿Nos conocemos? —le preguntó sin dejar de dirigirse hacia la salida del complejo sanitario.

—Somos Gabriela Palau y Raimon Ventura, periodistas de La Tribuna .

Periodistas. Puaj, qué asco. Si Carla Sala tenía alguna duda sobre si hablar con ellos o no, acababa de desvanecerse del todo. A esta gente ni agua, que solo puedes salir escaldado.

Bajó la cabeza y aceleró el paso. Sabía lo que querían, los muy carroñeros. No era idiota. Hacía tiempo que peinaba una buena mata de canas.

—Nos gustaría hablar con usted sobre la recepción de restos humanos dirigidos al doctor Barceló.

Carla siguió adelante ignorando a esas dos moscas cojoneras.

—Doctora Sala, ¿puede confirmarnos la recepción de tres corazones humanos por parte del doctor Barceló?

—No sé de qué me hablan.

—Claro que lo sabe… Venga, va, que será solo un momento, doctora. Unas declaraciones y listo.

El último intento de Gabriela fue en vano.

Carla subió a un taxi y cerró la puerta como si fuera una habitual de la prensa del corazón perseguida por paparazis.

El taxi se alejó a toda pastilla por el paseo de Pujades en dirección al zoo y dejó a Rai y a Gabriela con la palabra en la boca y las manos vacías para volver a la redacción.

Mal negocio que dos periodistas se queden con un palmo de narices.

—Déjame tu móvil.

Rai tendió la mano a Gabriela. Por su tono y su gesto, más que una petición era una orden en toda regla.

Y ella obedeció, claro. Conocía esa mirada y no era momento de andarse con chiquitas.

Rai hizo una consulta en la web del ICIB , que Gabriela todavía tenía abierta, y enseguida encontró el nombre que buscaba.

Los dos periodistas de La Tribuna volvieron a la recepción del ICIB decididos a hablar con el jefe de comunicación.

—Venimos a ver a Ismael Valdés, por favor.

—¿De parte de quién?

Rai recitó los nombres, los cargos y el medio de comunicación vocalizando cada una de las sílabas para que no quedara ninguna duda de con quiénes se las estaba viendo el recepcionista.

El chico, un espárrago con un campo de granos plantado en las mejillas, pulsó una extensión, dio el encargo, escuchó, asintió obediente y colgó.

—Me dice que no tienen cita.

—Eso ya lo sé, pero es de vital importancia que hablemos con él.

—Lo siento. —Y remató las calabazas negando con la cabeza.

Gabriela miró el nombre que el fideo tenía escrito en la placa identificativa que llevaba en el pecho.

—Joan Monfort, ¿verdad?

—Sí.

—Escúchame bien, Joan. Vas a volver a llamarlo. Vas a decirle que en unos minutos se publicará una noticia sobre los gravísimos hechos que han sucedido hoy en el ICIB y que, dado que la doctora Sala se ha negado a hacer declaraciones, queremos que él nos dé el punto de vista del ICIB .

—¿Qué hechos?

Gabriela, que ya estaba hasta el gorro, miró a ese saco de huesos con expresión desafiante.

—¿Me tomas por idiota, Joan? Mira, la doctora Sala ya nos ha toreado, y te aseguro que no estamos para gilipolleces.

O le dices a Ismael Valdés que baje ahora mismo y hable con nosotros, o publicaremos en La Tribuna que por tu culpa el ICIB no ha dado su versión de los hechos.

—El índice levantado podría homologarse como amenaza.

—Pero…

—Móntatelo como quieras, pero o consigues que baje ahora mismo o quedarás retratado. Tú eliges.

—Pero si la doctora Sala… Además, yo solo soy el recep…

—Tú eliges.