Capítulo 4
—Su asistente me ha dicho que han recibido el paquete esta mañana —siguió diciendo la cabo Rovira.
—Si lo ha dicho él…
Jesús se encogió de hombros.
—Lo hemos corroborado en recepción.
—Pues así será.
—Necesitaremos los nombres de los que lo han tenido en sus manos e intentaremos saber cuál ha sido el recorrido antes de que llegara a la oficina.
Jesús asintió con la cabeza con la convicción de a quien le importa un rábano el procedimiento policial.
—¿A qué hora ha llegado al despacho, doctor?
—A las dos y media.
—¿Es su hora habitual?
—Más o menos. Por la tarde vengo al instituto y por la mañana voy al hospital, al Sant Jordi. Soy el jefe de Cardiología. Como vivo cerca, normalmente a las siete y media de la mañana ya estoy por allí, pero hoy no he ido.
—¿Por?
—Tenía hora con el médico.
—Ah…
—Los médicos también vamos al médico. —Era tan obvio que la cabo se sintió ridícula—. Nada más llegar aquí he llamado a una buena amiga, la doctora Carla Sala, para comentar con ella los resultados de unas pruebas.
La cabo hizo un gesto con la mano para que Jesús continuara con la explicación.
Omar los miraba desde el despacho con un ojo en la declaración y el otro en el regalo de cumpleaños.
Acercó la cara hasta colocarla a un palmo de los órganos.
El tufo metálico de la sangre traspasó la mascarilla y le castigó las fosas nasales.
Suele creerse que el olor metálico de la sangre se debe al hierro que contiene, pero en realidad es por un compuesto químico llamado trans-4,5-Epoxi-(E)-2-decenal.
Un perfume ideal para atraer a depredadores.
Se acercó todavía un poco más y entrecerró los ojos con fuerza para fijar la mirada. Llevaba tantos años viendo todo tipo de atrocidades que tenía muy pocas manías.
Los cortes de las venas y las arterias de todos los corazones se habían hecho con una precisión poco habitual.
Cuando el mercado de la Boqueria todavía no era un parque temático, su familia tenía una carnicería en uno de los puestos.
Pasillo central, horarios infernales y vianda de primera, nada de gato por liebre.
Con el paso de los años, sus padres se jubilaron y, donde antes estaba la carnicería, ahora vendían zumos de fruta para turistas a ocho euros el vaso, pero las horas detrás del mostrador se quedaron grabadas en su disco duro de por vida.
De cortes sabía un rato. Lo había mamado desde chaval.
Sabía reconocer un corte limpio a un kilómetro de distancia.
Solo era un humilde agente de la Policía Científica —y por cómo soplaban los vientos en comisaría, ni ganas de más—, pero, si se pusiera a hacer el trabajo de los investigadores, apostaría fuerte por un perfil de sospechoso hábil en estos menesteres y con un cuchillo en las manos.
Una imagen de la mañana se paseó fugazmente por sus pensamientos. Su cabeza, obstinada, cuando bajaba la guardia se empeñaba en proyectar a Gabriela.
Recorrió con la mirada la mesa del despacho. La pantalla de la lámpara estaba un poco torcida y tuvo el impulso de colocarla recta, pero un sexto sentido hizo saltar todas sus alarmas internas. Estaba de servicio y no podía tocar nada.
Volvió a centrar toda su atención en los tres corazones.
Tenía que llamar al Instituto de Medicina Legal para que fueran a recogerlos.
Nadie tocaría esos vestigios hasta que llegaran allí.
Los trasladarían en una nevera para evitar que el proceso de putrefacción se acelerara y, por supuesto, se fijaría una cadena de custodia que no podría saltarse nadie bajo ningún pretexto, porque en caso contrario un juez podría decir que tararí que te vi en una vista, y los restos quedarían inhabilitados como prueba.
Omar decidió que la llamada podía esperar unos minutos. Seguía con la oreja puesta en la declaración de unos metros más allá.
—Cuando he colgado con la doctora Sala…, bueno, ya lo sabe. He abierto la caja.
—¿Quién cree que puede haberlo hecho?
—Sinceramente, no sabría decírselo, cabo.
—Un hombre de su posición podría tener algún enemigo…
Jesús negó con la cabeza a cámara lenta.
—¿Problemas en su vida personal?
—No tengo padres ni hermanos.
—¿Una antigua pareja despechada?
El doctor sacó el móvil del bolsillo y le mostró la pantalla.
—Nelson. Mi marido desde hace más de diez años. El único amor de mi vida. Pongo la mano en el fuego por él. Estamos muy enamorados. Nunca hemos tenido ningún problema.
Negro, pelo canoso cortísimo, alto como un pino, fuerte como un roble y con los dientes blancos y largos como las teclas de un piano.
Jugando al juego de los prejuicios, la investigadora se preguntó qué hacía un tiarrón como ese con un tapón poco agraciado como Jesús.
La cabo observó la foto de ese pedazo de hombre y en un gesto espontáneo levantó las cejas como quien dice sí, señor.
—¿Algún paciente resentido?
Jesús rebuscó un buen rato en los cajones de su memoria hasta que encontró un recuerdo de sabor amargo.
—Hace ya unos años, pero…
—Cuénteme, doctor.
—Los San Isidoro.
—Perdón, ¿quiénes?
—Los San Isidoro. Un clan familiar. Una panda de… Bueno, el caso es que tenían a su madre ingresada en el Hospital Sant Jordi. Fue hace años, unos meses antes del covid. Tuvimos problemas con los familiares de la mujer y ordené que la trasladaran.
—¿Qué problemas?
—Había unas diez personas en la planta día y noche.
De un lado a otro del pasillo, haciendo ruido, niños jugando.
Los demás internos y sus familiares no dejaban de quejarse, y con razón.
Personas operadas del corazón que no tenían tranquilidad y no podían descansar.
Después de varios intentos cordiales para que dejaran de alborotar y de recibir muchas quejas de los demás pacientes, decidí pedir que trasladaran a la mujer a otro hospital.
Encontramos una habitación individual y aislada en el Vall d’Hebron.
La situación era insostenible. El día del traslado se montó la de Dios es Cristo y los familiares agredieron a las enfermeras.
Tuvieron que intervenir la seguridad del hospital y los Mossos.
—Menudo percal, doctor, pero de ahí a enviarle tres corazones humanos…
—La mujer estaba muy débil y murió durante el traslado. —Jesús apretó los dientes, consciente de que ese era uno de los errores del pasado que habría podido manchar su brillante carrera.
—Y la familia de la mujer lo culpó a usted de su muerte —dio por hecho la cabo Sandra Rovira.
—Efectivamente. Aunque me gustaría señalar, como ya dije en su momento, que el estado de la paciente en ningún caso impedía su traslado. Puede ver los informes cuando quiera y pedir una segunda opinión.
La investigadora tomó una serie de notas en la libreta con una caligrafía que ríete tú de la de los médicos. La más importante, subrayada y en mayúsculas: «Investigar a los San Isidoro».
Después dirigió la mirada hacia el despacho donde Omar, con la oreja pegada a la declaración, hacía tiempo para llamar al Instituto de Medicina Legal, en la Ciutat de la Justícia.
—Por cierto, ¿por qué tiene tantos obsequios en la mesa?
—Hoy cumplo cincuenta años.
—Pues le han hecho un buen regalo. En la caja hay cinco espacios, cinco compartimentos, pero solo tres corazones. ¿Sabe lo que significa?
Jesús creía saber la respuesta, pero levantó la barbilla invitando a la investigadora a verbalizarla.
—Que dos personas tienen las horas contadas.
Desde el despacho, Omar asintió con la cabeza. La cabo Rovira y él habían pensado lo mismo.