Capítulo 3
Omar aparcó el coche patrulla delante del complejo sanitario Antoni Gaudí, un mastodonte de sesenta y cinco mil metros cuadrados, proyecto estrella del gobierno de la década anterior y que debía paliar, dijeron entonces, la asfixia crónica que sufría el sistema público de salud.
La realidad, maldita sea, acabó siendo otra y demostró que quizá hacía falta algo más: más médicos, más sanitarios y más recursos para la investigación.
El complejo sanitario albergaba el Hospital Sant Jordi, el Centro Nacional de Investigación Biomédica y el Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona.
Un lugar de esos que a los políticos les encantaba inaugurar para sacar pecho e incluirlos como activos de peso en la siguiente campaña electoral para arañar votos.
Una zona ajardinada daba la bienvenida al complejo que acogía a las tres instituciones. De derecha a izquierda: el Centro Nacional de Investigación Biomédica —siembre usted hoy y recoja vaya a saber cuándo—, el Hospital Sant Jordi —público y de referencia— y el ICIB —privado y pionero.
Privilegios de conducir un coche de los Mossos, Omar aparcó en medio de la acera.
Con el motor parado, llegaba el ritual; se aseguró de que todos los reguladores del panel de control estuvieran inclinados a la izquierda: el del aire acondicionado, el de la calefacción y el del conducto de la ventilación.
Después, las rejillas de la ventilación hacia abajo, los parasoles recogidos y el retrovisor centrado.
Lo revisó una, dos y hasta tres veces. Con todo en su sitio, se quedó tranquilo y se adentró en los jardines que daban acceso al complejo, donde pacientes y sanitarios hormigueaban ajenos al regalo de cumpleaños que una eminencia de la cardiología había abierto esa mañana.
Atravesó el exterior y llegó a la entrada del ICIB . Era grande, con aire futurista y puertas de vidrio logotipadas. Una vez dentro, ascensor y para arriba hasta el sexto piso. El último. Los poderosos, como siempre, arriba, y el populacho, como siempre, abajo. Hay cosas que nunca cambiarán.
Un tintineo y las puertas se abrieron. Después de haber tenido que pasar de un lado a otro del complejo sanitario entre el gentío, el silencio sepulcral de la planta principal del ICIB le pareció un contraste enorme.
El lugar, amplio y fastuoso, tenía una gran recepción, luz natural, sofás de piel, plantas exóticas y mobiliario de estilo escandinavo en el que debían de haberse gastado un pastón.
En el ala derecha de la planta había varias puertas que daban acceso a despachos y salas de reuniones.
En el ala izquierda, una gran cristalera con vistas privilegiadas al parque de la Ciutadella.
Omar reconoció a Jesús Maria Barceló, que estaba sentado en uno de los sofás.
Pensó que, al margen del susto por el regalo, comprensible, estaba muy cambiado desde la última vez que lo había visto en la televisión.
Fue cuando Antoni Bassas lo entrevistó en el programa La Marató que dedicó a las enfermedades cardiovasculares.
No hacía tanto tiempo, pero estaba bastante más delgado y demacrado.
Tenía bolsas violáceas bajo los ojos y una barba canosa de tres días que no casaba demasiado bien ni con el mostacho plateado ni con el poco pelo clareado que todavía le poblaba parte de la cabeza.
Sentada con Jesús estaba la cabo Sandra Rovira, de la División de Investigación Criminal, que en ese momento empezó a tomarle declaración.
—¿Cómo se encuentra, doctor Barceló?
—Mejor. Mejor, gracias. Ha venido un compañero del Sant Jordi y ya me ha explorado. Todo bien. Un desmayo. El impacto, supongo. Hoy está siendo un día muy estresante.
Los de arriba habían decidido enviar a los peces gordos desde Egara para investigar el caso. En el Complejo Central de los Mossos d’Esquadra, Egara en la jerga, estaba la élite de la investigación criminal. Los que mandaban se tomaban el asunto del regalo muy en serio.
Mientras Jesús prestaba declaración, Omar se identificó a uno de los agentes mostrando la placa.
—¿Hay novedades de la sala de mando?
—No.
—¿Dónde está?
—Allí —le contestó señalando el despacho de Jesús.
Omar se disfrazó con la indumentaria de batalla habitual de la Científica: mono, guantes, mascarilla, patucos y todos los trastos de siempre. Antes de entrar al despacho no pudo evitar preguntar indirectamente por qué lo habían llamado a él.
—¿Dónde están Xavi Garriga y los demás?
—Ocupados. ¿Es que no has visto las noticias? Se han cargado a un matrimonio a hachazos en un piso de la zona alta. ¿Dónde has estado todo el día?
Omar chasqueó la lengua en una clara señal de desaprobación.
—Hicieras lo que hicieses, lo continúas cuando acabes esto y listos.
Y listos, decía. Le habría soltado una fresca, pero Omar no era de mecha corta. Hizo lo que llevaba haciendo toda la vida: agachar la cabeza y callar.
El despacho de Jesús parecía sacado de un catálogo de los que circulan por esas tiendas del paseo de Gràcia en las que te cobran por respirar.
A Omar le dieron ganas de ponerse a ordenar un montón de cosas.
Era de los que tenían la ropa interior clasificada por colores y los botes de cocina con las etiquetas alineadas, y no podía dormir si veía un cuadro unos milímetros torcido.
Y allí le dolían los ojos al ver libros de diferentes tamaños colocados en las estanterías de cualquier manera.
Una unidad del Área Básica Policial de Ciutat Vella destacada en el ICIB había hecho una descripción bastante precisa del regalito de cumpleaños. Bastante precisa, sí, pero no exacta, y este matiz acabaría siendo importante.
Omar se plantó delante de la mesa para examinar la caja con los tres corazones dentro desde un plano cenital.
Era alargada y estaba dividida en compartimentos, como si fuera un joyero macabro.
Cada corazón en un compartimento diferente.
Su mirada la radiografió con detenimiento.
Luego frunció el ceño, apretó los labios con fuerza y negó ligeramente con la cabeza.
Después de tantos años trabajando en la investigación criminal desde la mirada de la Científica, solo había que sumar dos más dos para darse cuenta de que la pesadilla no había hecho más que empezar.
Auguraba el peor de los escenarios. La cosa pintaba mal.