Capítulo 2
Quedaban una vez al año para follar. Solo una.
Un día, en un hotel, siempre el mismo, reservado de un año para otro.
Se preguntaban cómo les iba la vida, se ponían al día lo justo y necesario, y al lío.
Los otros trescientos sesenta y cuatro días del año no se dirigían la palabra.
Ni redes sociales, ni un wasap, ni una llamada, ni un feliz Navidad.
Ni, por descontado, un te quiero. Nada. Sus vidas ya eran bastante complicadas para considerar siquiera la posibilidad de meterse en ese jardín.
La pareja, los hijos y las hipotecas —las firmadas con el banco y las firmadas con la vida— eran un lastre demasiado pesado.
Sin ese equipaje todo habría sido infinitamente más cómodo.
Pero quien sepa cambiar el pasado que explique cómo se hace.
Es fácil colgarte de la persona con la que te entiendes follando, y ellos dos se entendían muy bien en la cama.
El nivel de compenetración era absoluto, sin fisuras.
Ese era sin duda el día más esperado del año.
Después dosificarían el perfume del recuerdo durante los once meses y veintinueve días de espera hasta la siguiente cita.
Llevaban ya un largo rato en la habitación y, conociéndose como se conocían, los dos sabían que estaban a punto. Pero muy pronto empezarían las sorpresas; el móvil de Omar sonó con insolencia, más de la habitual.
—No lo cojas, no lo cojas.
Las palabras de Gabriela, entre gemidos, tenían el tono de una súplica y el trasfondo de una orden.
No.
Ahora no.
Hoy no.
No me jodas.
El teléfono, tozudo, seguía reclamando atención percutiendo con ese timbre molesto como él solo.
Omar sentía que una espiral de mala leche le subía por dentro, y no era para menos: llevaba un año esperando ese momento.
Un puto año, y el móvil de las narices se lo estaba echando a perder.
Tenía a Gabriela cabalgando encima de él, gimiendo, con la boca desencajada y esos pechos que le hacían perder el norte botando arriba y abajo.
Esto no se hace, hombre. Mierda de móvil y mierda de trabajo.
—¡Mierda! ¡Hostia!
Omar salió del cuerpo de Gabriela y se levantó de un salto para responder a la llamada.
Sentado en el borde de la cama, escuchaba y asentía con cara de malas pulgas. Ella lo miraba con inquietud, intuyendo que una mala noticia estaba a punto de hacer saltar la cita por los aires.
Al cabo de unos minutos, Omar colgó por fin.
No sabía cómo decírselo. No quería que Gabriela se cabreara, que se sintiera despreciada o que pensara vete a saber qué.
Le daba pánico pensar que el siguiente encuentro ya no llegara a producirse.
Pero en el trabajo había habido cambios y lo mejor era mantener un perfil bajo; debía tener paciencia y esperar a que el temporal amainara.
Mientras tanto, tenía que tragarse algún que otro sapo. Y este era de largo el más grande.
—Tengo que marcharme. Lo siento. Lo siento. Lo siento muchísimo. —Se lo habría repetido un millón de veces para que le quedara muy claro.
—No jodas… Es una vez al año, Omar. Es hoy.
—Lo sé, hostia. No quisieron cambiarme la guardia. En fin… Ya te imaginas cómo van estas cosas.
—Sí, sí. No pasa nada. De verdad. —Lo decía de todo corazón. Cuando bajaba la guardia, la cara de Gabriela era el espejo de lo que sentía—. Un muerto, supongo.
—Tres, para ser exactos.
Tres cadáveres. De una tacada. El instinto hizo que Gabriela abriera sus ojos oscuros como platos; la mirada que le devolvía Omar, en cambio, era tierna y, por qué no decirlo, tenía un punto de desesperación.
No podía creerse que tuviera que dejarla allí, desnuda, y esperar otro año para volver a tenerla entre sus brazos.
Sentía un no sé qué en la boca del estómago, entre bonito y angustioso.
Un año era mucho tiempo. Una Navidad, unas uvas, un Carnaval, un 14 de febrero —sin regalo, claro—, una Semana Santa, una declaración de la renta, un verano, un volver a la normalidad en septiembre, una Castañada y un puente de diciembre.
No quería esperar tanto para volver a verla y sabía cómo conseguirlo.
—¿Sabes quién es el doctor Barceló?
—¿El del ICIB ? ¿El jefe de Cardiología del Hospital Sant Jordi?
Omar asintió con la cabeza y después soltó un señuelo relleno de información con extra de picardía.
—Ha recibido una cosa y tengo que ir a inspeccionarla.
—¿Una cosa?
—Una caja, un regalo de cumple…
—¿De cumpleaños?
—Venga, va, ya sabes que no puedo hablar.
Aunque, astuto él, no hubiera completado la palabra, ya se sabe que, si a una periodista le das un dedo, te coge todo el brazo. Y de eso se trataba.
—Pero ¿él está bien?
—No me tires de la lengua, Gabriela.
—Hay cadáveres. Tres, has dicho.
—Más o menos.
—¿Qué es eso de más o menos? ¿Hay cadáveres o no?
—De hecho hay tres. En algún sitio.
—Tío, no te sigo, la verdad.
—Te lo cuento si me prometes que volveremos a quedar. Antes de que haya pasado un año, quiero decir.
Gabriela se quedó un largo rato en silencio.
Eso suponía romper el pacto, con todo lo que podía implicar.
El ángel y el demonio, el trabajo y el placer, el corazón y la cabeza, el querer y el poder.
Las puñeteras contradicciones de este viaje agridulce que es la vida.
Al final, mientras se vestía, Gabriela asintió con una media sonrisa, que Omar interpretó que sellaba el trato.
—Ha recibido una caja de regalo con tres corazones humanos.
—Hos-tia.
—Bestia, ¿eh?
—Cuéntame, cuéntame… ¿Qué más?
—¿Cómo que qué más? ¿Los periodistas nunca tenéis bastante o qué? Te he dejado a medias, pero te he dado una buena exclusiva para el periódico. Venga, no te quejes. Si quieres saber más, tendremos que volver a quedar.
Haciendo equilibrios entre las ganas de decirle que perdía las bragas por él y la cobardía de descarrilar su vida con Kilian, Gabriela, derritiéndose por dentro, se dejó abrazar. Era exactamente ese lugar, entre los brazos de Omar, donde siempre querría estar. Malditas hipotecas.
Se abrazaron con fuerza en la clandestinidad de la habitación. Siempre lo hacían en el momento de despedirse; a saber si sería la última vez. Fuera de allí actuaban como dos desconocidos. Por mucho que les doliera. Un pacto era un pacto. Un pacto para una vida más fácil, más cómoda y más triste.
Omar salió a toda prisa hacia el Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona para inspeccionar el regalo de cumpleaños de Jesús Maria Barceló.
Cerró la puerta detrás de él y Gabriela se quedó sola en la habitación de la decimoquinta planta del AC Hotel Barcelona Fòrum.
Alejado del centro, de sus respectivos barrios y de sus respectivos trabajos.
Soltó un largo suspiro que combinaba una buena maraña de sentimientos contradictorios: emoción, frustración, ilusión, pena y excitación a partes iguales.
Contempló la cama deshecha; aún percibía el olor de Omar. Su cabeza se trasladó a apenas un rato antes, en plena acción mientras se devoraban con la mirada. En adelante esos pensamientos la ametrallarían.
Terminó de vestirse y, cuando estaba a punto de marcharse, afloró su parte más racional. Mirando por la ventana de la habitación —un balcón con vistas al litoral barcelonés y al barrio de la Mina—, marcó un número y se acercó el móvil al oído. Después de un par de tonos, descolgaron.
—Deja lo que estés haciendo y ve al Arc de Triomf —dijo Gabriela—. Vamos al Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona. Nos encontramos allí. Vale la pena, créeme.