El quinto corazón
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Capítulo 1
—¿Cuánto tiempo me queda?
—Eres el mejor cardiólogo que conozco, Jesús. Ya sabes la respuesta.
—Y tú, además de mi amiga, la mejor cirujana cardiovascular que conozco. Quiero saber tu opinión. ¿Cuándo crees que entraré en código cero?
La pregunta era de esas que cuesta responder, pero Carla Sala sabía que él quería que fuera sincera; no hacía falta que allanara el terreno para que la bofetada fuera más suave.
—Calculo que te quedarán unos diez meses. Un año como mucho. Dentro de poco empezarás a tener un bajón importante.
—Es lo que había imaginado, sí.
—Tienes que estar preparado. Y rezar para que llegue un donante.
—No creo en Dios. Ni tampoco en la suerte, ya lo sabes.
—Pues tendrás que creer en la ciencia, Jesús.
—Qué remedio… Y he tenido que enterarme precisamente hoy.
—No es el mejor regalo de cumpleaños, la verdad. Por cierto, felicidades y que cumplas muchos más.
—¿Muchos más? De momento, uno. O diez meses.
Jesús Maria Barceló dio por terminada la conversación y, como era habitual en él, colgó el teléfono sin despedirse.
El silencio cayó como una losa y la nada lo atrapó un buen rato con la mirada fija en un punto indeterminado de su amplio despacho de la planta noble del Instituto Cardiológico Internacional de Barcelona.
La cuenta atrás había empezado.
Su labio leporino, protagonista de tantas mofas a lo largo de su vida, empezó a temblar hasta que un ligero llanto le rasgó la cara y las lágrimas le resbalaron por las mejillas.
Necesitaba a un donante de corazón. Por narices, alguien debía morir para que él viviera. Si no, se publicaría su obituario y directo al cementerio.
Un buen baño de realidad, el horizonte más jodido que uno pueda imaginarse.
La vida podría irse rápidamente por el desagüe.
Doce meses —o diez, vete a saber— son un chasquido de dedos que, cuando te das cuenta, ya ha pasado.
Un final cercano es una fuente de la que mana angustia a chorro y de la que nadie puede escapar.
Y quien no lo vea así es que no es de este mundo.
Un suspiro actuó a modo de clic imaginario para rescatarlo de las suposiciones sobre el futuro y devolverlo al presente, al día de su cumpleaños. Se secó las lágrimas con los puños de la camisa y resopló un par de veces como para darse ánimos.
Peinó con la mirada un montón de regalos que le habían llegado, todos bien expuestos encima de la mesa.
Cincuenta años no se cumplen todos los días, y amigos, conocidos, saludados y también alguna autoridad querían quedar bien con el considerado mejor cardiólogo del mundo.
Una eminencia. Un referente. Un maestro de maestros, ahora mismo condenado a muerte.
Un cardiólogo que necesita un corazón. Qué caprichosa es la vida cuando quiere.
Entre los presentes esparcidos por la mesa, uno le llamó especialmente la atención. Era rectangular, de un palmo de alto y unos tres de largo. Estaba envuelto con papel charol rojo de lo más chillón y rematado con un lazo dorado. Todo muy llamativo, como a él le gustaba. Parecía hecho a medida.
Pese a las malas noticias, se permitió esbozar su sonrisa desfigurada, ese movimiento de labios con el que siempre había tenido que cargar frente al espejo.
Deshizo el lazo y retiró el papel charol con la delicadeza de un pianista y la emoción de un niño.
La caja era metálica, de color plateado mate, fría al tacto y estaba cerrada herméticamente.
La abrió y una bofetada de repulsiva putrefacción se cebó con su olfato trepando por sus fosas nasales.
Al ver el macabro contenido, un escalofrío le recorrió cada centímetro de la columna vertebral.
Náuseas, mareos y después un vaivén lo balanceó hasta que la visión se fundió a negro. De inmediato perdió la consciencia y se desplomó en la silla del despacho.
«Feliz cumpleaños, Jesús. Bienvenido a la realidad», decía la tarjeta que acompañaba el regalo.