Capítulo 26 — La noche del muelle
La noche del muelle
—Podríamos esperar a que la policía obtenga una orden —dijo Mariana.
—La policía tardará semanas. Y ya hemos esperado demasiado.
El edificio de aduanas estaba más oscuro de lo que Elena recordaba. La llave encajó en la cerradura con el mismo clic seco de la primera vez.
Dentro había un cuaderno envuelto en hule y, sobre él, una fotografía reciente: la propia Elena entrando al edificio de Pastelarias Coutinho aquella misma tarde.
—Alguien nos vigila desde antes de esta noche —susurró Mariana.
—Alguien nos vigila desde el primer día.
El sonido llegó desde el fondo del pasillo: un paso deliberado, sin prisa. Elena guardó el cuaderno en el bolso y apagó el móvil.
—Sabía que volverían —dijo una voz de hombre. Duarte salió de entre dos hileras de taquillas con las manos visibles—. El señor Coutinho cree que basta con hablar. Yo llevo treinta años sabiendo que a veces hay que hacer algo más.
—Usted mató a Henrique —dijo Elena.
—Yo protejo un negocio que da de comer a doscientas familias. Henrique quería hundirlo por una etiqueta.
—Por la verdad —dijo Mariana.
Duarte avanzó un paso. Elena apretó el cuaderno contra el pecho. Pero él no la miró a ella. Miró el cuaderno.
—No quería hacerlo —dijo, con la voz más baja—. Yo quería a Henrique. Éramos amigos. Pero él no entendía que algunas cosas no se pueden decir sin romper todo lo demás.
Elena vio algo en sus ojos que no esperaba: arrepentimiento. No era un monstruo. Era un hombre que había hecho lo que creía necesario, y que ahora, al verla allí, empezaba a preguntarse si había sido necesario de verdad.
—No se lo voy a dar —dijo Elena.
Duarte dio otro paso. Pero no era el paso de quien va a atacar. Era el paso de quien no sabe qué hacer a continuación.
Entonces, desde el extremo opuesto del pasillo, una luz se encendió: los faros de un coche entrando por la verja lateral.
—¡Duarte! —La voz de Joaquim atravesó el muelle—. Se acabó.
Duarte se giró un instante. Elena empujó a Mariana hacia la salida. Corrieron entre las grúas hasta alcanzar la luz de los faros y las dos siluetas de agentes que bajaban ya del coche patrulla.
Duarte no intentó huir. Se quedó de pie entre las taquillas, con las manos ahora sí levantadas.
—Usted también guardó un secreto treinta años, viejo —dijo Duarte—. No finja que es distinto de mí.
—No lo soy —respondió Joaquim—. Por eso sé exactamente cómo termina esto.