El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 27 — El hombre que seguía los pasos
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Capítulo 27 — El hombre que seguía los pasos

El hombre que seguía los pasos

N o fue Ricardo quien empujó a Henrique contra la piedra del Carmo aquella madrugada. Fue Duarte, su hombre de confianza desde hacía veinte años. Lo confesó todo esa misma noche, en la comisaría.

—¿Por qué lo hizo? —preguntó el inspector.

Duarte tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz no era la de un hombre duro. Era la de alguien que llevaba semanas sin dormir.

—Porque él iba a hundir todo. No solo la empresa. El nombre. La historia. Todo lo que habíamos construido. Yo le pedí que se detuviera. Le supliqué. Y él me dijo: "Si no lo hago yo, lo hará otro."

Hizo una pausa. Sus ojos se perdieron en un punto fijo de la pared.

—Esa noche, en el Carmo, me di cuenta de que no iba a parar. Así que lo empujé. No quería que muriera. Quería que se detuviera. Pero ya era demasiado tarde.

Duarte bajó la cabeza. Sus hombros, que habían estado tensos durante toda la confesión, se desplomaron de repente. No era el gesto de un hombre que se rinde. Era el gesto de un hombre que, por fin, ha dejado de sostener un peso que llevaba demasiado tiempo cargando.

—Yo quería a Henrique —dijo, y su voz se quebró en el nombre—. Éramos amigos. Íbamos a pescar juntos al Tajo. Él me enseñó a hacer la Custódia. Y yo... yo lo maté por un negocio. Por una etiqueta. Por una palabra en un envase.

Se pasó la mano por la cara. No era un gesto teatral. Era el gesto de alguien que intenta borrar una imagen que no puede borrar.

—No he dormido bien desde entonces —dijo, mirando al suelo—. Ninguna noche.

Ricardo no lo había ordenado. Pero tampoco había preguntado, en los días posteriores, por qué Duarte sabía tanto sobre los movimientos de Henrique. Su silencio, más que su acción, era lo que lo condenaba.

—Eso no lo absuelve —le dijo Elena, en la puerta de la comisaría—. Usted sabía que alguien estaba dispuesto a llegar tan lejos. Y no hizo nada por detenerlo a tiempo.

Ricardo no respondió. Por primera vez, no tuvo una frase preparada.

Joaquim, a su lado, miraba el edificio de la comisaría sin expresión.

—¿Qué va a pasar con usted? —preguntó Mariana.

—Nada que no debiera haber pasado hace treinta años —dijo Joaquim—. Ocultar información a la policía en un caso de restauración no es lo mismo que ocultarla en un caso de asesinato. Pero se lo he contado todo. Y esta vez no voy a esperar a que alguien más lo encuentre por mí.

Caminaron los tres de vuelta hacia Chiado, en silencio.

—Se lo debemos —dijo Elena, finalmente—. No solo a él. También a Tomás.

Mariana asintió.

—Y a la ciudad que llevaba doscientos setenta años esperando que alguien terminara de escucharla.