Capítulo 25 — La familia que hornea mentiras
La familia que hornea mentiras
L a sede de Pastelarias Coutinho ocupaba un edificio de fachada moderna en el Chiado. Ricardo Coutinho los recibió sin cita, con una cortesía demasiado rápida para ser espontánea.
—Imagino que vienen por la receta —dijo, antes de que nadie hablara.
—Venimos por Henrique Salema —respondió Elena.
—Una tragedia. Lo conocía bien.
—Encontró la mitad que faltaba de la receta original —dijo Mariana—. La que su familia lleva vendiendo como propia desde hace setenta años.
Ricardo no lo negó. Se limitó a apoyar las manos sobre el escritorio.
—Mi bisabuelo compró esa receta a una hermandad que ya no existe, en un momento en que este país necesitaba que alguien mantuviera vivo su patrimonio en lugar de dejarlo pudrirse en un convento cerrado. Sin nosotros, la Custódia habría desaparecido.
—La compró, o la robó —dijo Joaquim—. Yo estaba allí, Ricardo. Era joven, pero recuerdo la cifra que su padre me ofreció para que olvidara lo que Tomás había encontrado aquella mañana en São Vicente de Fora.
—Usted aceptó ese dinero —dijo Ricardo.
—Sí. Y con él pagué treinta años de no volver a restaurar un solo azulejo sin sentir que estaba enterrando algo por segunda vez.
Ricardo se levantó y caminó hasta la vitrina.
—Henrique vino a verme hace tres semanas. Me dijo que tenía la otra mitad. Que no quería dinero. Solo quería que la marca dijera la verdad en la etiqueta.
—¿Y usted qué le dijo?
—Le dije que lo pensaría.
—Alguien no quiso esperar a que usted pensara —dijo Mariana.
Ricardo no respondió. Pero su mano, apoyada en el cristal de la vitrina, se cerró lentamente en un puño. Luego se abrió. Luego volvió a cerrarse. No era rabia. Era el gesto de alguien que está midiendo el peso de una decisión que lleva décadas esperando.
—Henrique vino a verme hace tres semanas —dijo, sin levantar la vista—. Me dijo que tenía la otra mitad. Que no quería dinero. Solo quería que la marca dijera la verdad. Yo le dije que lo pensaría.
—¿Y qué pensó?
Ricardo levantó la vista.
—Que la verdad, a veces, es más cara que cualquier mentira.
Ricardo se dejó caer en la silla, como si las piernas hubieran decidido por él. Sus manos, que habían estado apoyadas en la madera con una calma ensayada, ahora descansaban sobre sus rodillas con una quietud que no era natural. Era la quietud de quien ha dejado de fingir.
—No sabía que iba a morir —dijo, y su voz ya no era la del director de una empresa—. Pero debería haberlo sabido. Porque cuando Henrique salió de mi despacho, yo sabía que alguien iba a hacer algo. Y no lo detuve.
Al salir del edificio, Elena se detuvo. En la acera de enfrente, apoyada contra la pared, una joven las miraba. No era una desconocida: era Beatriz Coutinho.
Llevaba el mismo abrigo que en la cena, y sus manos descansaban en los bolsillos con una tranquilidad que no era natural. Como si hubiera estado esperando.
—Mi padre no lo ordenó —dijo, sin saludar, sin presentarse—. Pero lo sabía. Y no hizo nada.
Elena no respondió. Beatriz dio un paso hacia ellas.
—He estado en el archivo —dijo—. He visto los documentos que ustedes encontraron. Y he visto la fotografía de Henrique en la fachada de la pastelería, con Duarte detrás. No sabía que estaba allí. Nadie lo sabía. Pero ahora lo sé.
—¿Y qué va a hacer con eso? —preguntó Mariana.
Beatriz guardó silencio un momento. Luego, sin apartar la mirada, dijo:
—Lo que debería haber hecho mi padre hace treinta años. Decir la verdad.
Se dio la vuelta y caminó hacia la entrada de la sede. Al llegar a la puerta, se detuvo un instante y se giró.
—Ustedes no han terminado, ¿verdad? —preguntó.
Elena la miró.
—No. No hemos terminado.
Beatriz asintió.
—Entonces nos veremos.
Desapareció tras la puerta de cristal. Elena sintió que la mirada de Beatriz la seguía incluso después de que la puerta se cerrara.