El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 21 — Lo que quedó envuelto
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Capítulo 21 — Lo que quedó envuelto

Lo que quedó envuelto

L a luz del taller había cambiado cuando Joaquim terminó de hablar. Elena no se había movido. Mariana estaba junto a la ventana, con los brazos cruzados.

Joaquim tenía las manos abiertas sobre la mesa.

—¿Y la pieza? —preguntó Elena al fin.

Joaquim negó con la cabeza.

—Nunca la volví a ver.

—Pero sabes lo que era.

—No. Solo sé que Tomás murió antes de contármelo.

—¿Alguien más lo sabe?

—No creo.

—¿Ni siquiera la policía?

Se volvió lentamente.

—La policía cerró el caso como un robo que salió mal. No preguntaron por la pieza. No sabían que existía. Y yo... yo no les dije nada. Les mentí. Dije que no faltaba nada.

—Y tú no se lo dijiste.

—No.

—Eso no fue un olvido. Fue una decisión.

—Sí.

Elena se levantó. Recorrió el taller lentamente. Vio una fotografía de Tomás y Joaquim más antigua que la del convento. Vio una libreta vacía sobre un banco. Y, en la mesa de trabajo, junto al lugar donde el paño de lino había estado, una hendidura.

—¿Qué había aquí?

Joaquim no respondió.

—¿Qué había aquí?

Bajó la vista. Se levantó con lentitud y fue hasta la estantería del fondo. Tocó el tarro de barniz, retiró la mano. Sus dedos temblaban.

—Debí quemarlo hace muchos años —dijo en voz baja.

Cerró la mano sobre una llave oxidada que colgaba de un clavo detrás del tarro. Se arrodilló junto a la mesa y abrió un cajón oculto. El mecanismo protestó.

Dentro, envuelto en una tela de lino gris, había un objeto pequeño y compacto. Joaquim lo sacó con ambas manos y lo dejó sobre la mesa.

Elena desató el nudo del lino con cuidado. La tela se abrió sobre la mesa, revelando dos objetos. El primero era un azulejo casi entero, con un rostro de mujer de ojos bajos. El segundo era una lata pequeña.

Elena abrió la lata. Dentro, doblado en cuatro, había un papel con una letra que reconoció al instante: era la misma de la tarjeta anónima que había recibido en el hotel el primer día. La misma inclinación, la misma presión sobre el papel.

—Esto no lo escribió Tomás —dijo—. Lo escribió la misma persona que me dio la bienvenida a Lisboa.

Joaquim la miró con sorpresa.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero lleva todo este tiempo guiándome. Y ahora sé que no es un enemigo.