El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 20 — La noche que no terminó
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Capítulo 20 — La noche que no terminó

La noche que no terminó

J oaquim llegó al taller antes de que el sol hubiera terminado de salir. El aire de la mañana era frío. Se detuvo un momento, como hacía cada día, para saludar al panadero.

—¿Otra vez con café? —preguntó el panadero.

—Siempre.

—Ese amigo suyo no desayuna, ¿verdad?

—Dice que el café es suficiente.

Joaquim siguió caminando. Pensó que, si Tomás ya había llegado, volvería a burlarse del café del desayuno. Sonrió para sí.

Cuando llegó a la puerta del taller, se detuvo.

La puerta estaba entreabierta.

—Tomás —dijo, empujando la puerta.

Silencio.

—¿Tomás?

Dio unos pasos hacia el interior. La mesa de trabajo estaba despejada. El paño de lino seguía allí, en el centro, pero la pieza ya no estaba. La silla de Tomás estaba inclinada. El café aún humeaba en el cartón.

Fue entonces cuando notó la ventana del fondo. Estaba abierta. En el suelo, junto a la mesa, había una taza rota.

Caminó hacia el fondo. Vio un cajón entreabierto. La luz del día se filtraba por la ventana abierta.

Entonces vio el sofá.

Primero la manta, caída al suelo. Luego los pies, descalzos. Luego la pierna, la camisa arrugada. Tomás estaba allí, tumbado de lado.

Joaquim se detuvo.

—Venga, deja de gastar bromas —dijo.

El cuerpo no se movió.

—No es gracioso. Tengo café.

Silencio.

—Tomás.

Se acercó. Le tocó el hombro. La camisa estaba fría.

—Tomás.

Lo sacudió suavemente. El cuerpo se movió con la inercia, pero no reaccionó. La cabeza se inclinó hacia un lado y Joaquim vio su rostro. Pálido. Los ojos entreabiertos.

Joaquim se arrodilló junto a él. Le tocó la mejilla. Estaba fría. Intentó abrirle la camisa, buscando el corazón. No sabía hacer reanimación. Nunca había aprendido. Y allí, de rodillas, con las manos temblando, se dio cuenta de que no servía de nada.

—Tomás. Tomás, despierta.

No hubo respuesta.

Golpeó el suelo con el puño. Una vez. Dos veces. La tercera, su mano se detuvo sobre la madera, y se quedó allí, quieta.

No recordaba cuánto tiempo estuvo así. Solo recordaba el ruido de su propia respiración, el silencio del taller, y la certeza de que acababa de perder algo que nunca podría recuperar.