Capítulo 18 — El hombre que no habló
El hombre que no habló
E l regreso desde el Carmo fue lento y doloroso. Joaquim apenas podía apoyar el peso sobre la pierna derecha. Elena lo sujetaba por el brazo.
—Deberías ir al hospital —dijo Mariana.
—No.
Cuando llegaron al taller, Joaquim se dejó caer en la silla. No pidió agua. No miró a ninguna de las dos. Sus manos descansaban sobre la madera, inmóviles.
—¿Qué pasó? —preguntó Elena.
Joaquim no empezó a hablar de inmediato. Se quedó en silencio un largo rato, con la mirada fija en la pared del fondo. Luego, sin mirar a Elena, empezó a contar.
—Llegué al taller antes de que el sol hubiera terminado de salir. La puerta estaba entreabierta. Pensé que Tomás se había quedado a dormir. Pero no era sueño. Era otra cosa.
Su voz se quebró.
—Lo encontré junto al sofá. No había sangre. No había violencia. Solo la camisa arrugada y la boca entreabierta, como si hubiera intentado decir algo antes de que el silencio se lo llevara.
Hizo una pausa. Sus dedos, sobre la mesa, se movían sin control.
—Y yo mentí. Dije que no faltaba nada. Dije que no había visto nada. Y desde entonces, cada noche, veo su cara preguntándome por qué.
Elena no dijo nada. No había palabras que pudieran sostener aquel peso. Solo su presencia, sentada frente a él, esperando.