Capítulo 17 — La llave y el silencio
La llave y el silencio
E lena no durmió aquella noche. La llave descansaba sobre la mesilla, junto a la fotografía de Joaquim y Tomás. La imagen de la silueta escapando por la puerta de emergencia se repetía en su mente como un bucle.
A la mañana siguiente llamó a Joaquim. No respondió. Llamó al taller. El contestador: "No estoy. Deje un mensaje." Algo en aquella voz grabada le sonó a despedida.
Cuando llegó al taller, la puerta estaba abierta. Las herramientas seguían en su sitio, los libros en las estanterías. Pero el azulejo que Joaquim le había entregado ya no estaba. En su lugar, sobre la mesa de trabajo, había una nota escrita con su letra temblorosa:
"No busques la pieza. Busca lo que la pieza protege."
Mariana llegó pocos minutos después.
—No responde al teléfono.
—Ya lo sé. Y su taller está abierto.
Elena abrió el cajón. Estaba vacío.
—Tenemos dos caminos. Buscar a Joaquim, o ir a la taquilla del muelle de Alcântara.
—¿Y si elegimos mal?
—No lo sé. Pero tenemos que decidir. Vamos al puerto. A Joaquim lo buscaremos después.
El puerto de Alcântara se extendía frente a ellas como un laberinto de grúas. La sala de taquillas estaba iluminada por una luz mortecina. Elena recorrió los números hasta encontrar el 17.
La llave encajó. El mecanismo hizo un clic seco.
Entonces sonó el teléfono. Un número desconocido.
—Elena Vidal —respondió.
—Alguien que cree que usted aún no ha entendido lo que está buscando. Joaquim está en el convento del Carmo. Pero si abre esa taquilla, no llegará a tiempo.
—¿Por qué debería creerle?
—Porque usted aún cree que descubrir la verdad siempre es un acto de justicia. Aprenderá que no.
La llamada se cortó.
Elena apartó la mano de la taquilla.
—Vamos al Carmo.
Llegaron en menos de diez minutos. La verja lateral estaba entreabierta.
—¡Joaquim!
Al fondo, apoyado contra una columna, Joaquim estaba sentado en el suelo, con un corte en la mejilla y la ropa manchada de polvo.
—Llegaste.
—¿Qué te ha pasado?
—Me han dejado aquí. La única persona que sabía lo que hice.
—¿La taquilla 17? ¿La abriste?
—No.
—Entonces ya la han vaciado. —Joaquim bajó la cabeza—. Lo siento. Debí habértelo dicho antes.
—¿Quiénes son?
—Los de las ruinas.