El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 16 — La mirada del otro
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Capítulo 16 — La mirada del otro

La mirada del otro

M ariana no había vuelto al taller desde que encontró el cajón vacío. Elena lo sabía porque había pasado por su casa dos veces y las persianas seguían bajadas. La tercera vez, Mariana abrió la puerta. Tenía los ojos enrojecidos.

—He estado pensando —dijo—. Joaquim no es el único que guarda silencio. Hemos estado siguiendo sus pistas, sus gestos. Pero no hemos mirado donde él no mira.

—Esto lo encontré anoche, en una caja sin etiquetar del archivo municipal. Dentro había una carta.

Le tendió una hoja mecanografiada. La primera línea decía:

"A quien encuentre esto: no soy el primero en buscar lo que Joaquim esconde."

Elena sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Quién escribió esto?

—No lo sé. No está firmada. Pero menciona un nombre que he oído antes: Tomás Nogueira.

—¿El maestro de Joaquim?

—El mismo. Y según los archivos del gremio, también el maestro de Henrique. Los tres se conocieron aquí, en este taller, con treinta años de diferencia entre unos y otros.

Elena guardó la carta junto a los fragmentos de azulejo.

—Necesito ver esa caja.

—Ya no está. Alguien la retiró del archivo hace dos días. Pero dejaron esto.

Sacó otro papel: una nota manuscrita, con la misma letra que Elena había visto en el convento y en el horno:

"Deja de buscar a Tomás. Busca lo que él encontró."

—Esto no es un aviso —dijo Elena—. Es una provocación.

—¿Y qué vas a hacer?

—Vamos al archivo. Ahora.

Salieron al atardecer. El archivo municipal ocupaba la planta baja de un edificio del siglo XVIII. Mariana conocía la entrada lateral.

—Esta noche no hay guardia, solo un vigilante que hace rondas cada hora. Tenemos cuarenta minutos.

Entraron. La sala había sido registrada.

Las estanterías estaban volcadas, los documentos cubrían el suelo.

En el centro, sobre una mesa despejada, quedaba una fotografía en blanco y negro: dos hombres jóvenes delante de un enorme panel de azulejos.

Uno era un joven Joaquim. El otro, Tomás Nogueira. Al reverso, escrito a mano:

"Nunca busques el quinto donde están los otros cuatro."

Entonces lo oyó: un ruido metálico. Una silueta que corría entre las sombras.

—¡Quédate aquí! —gritó a Mariana, y salió tras ella.

La persecución duró apenas un minuto. Elena no era rápida, pero la desesperación la impulsaba. Vio al hombre girar hacia una salida de emergencia. Corrió. Vio la puerta entreabrirse.

Entonces él se giró.

Fue solo un instante. La luz de la calle se coló por la rendija y bañó su rostro durante una fracción de segundo. Elena alcanzó a ver sus rasgos: una barba de varios días, los ojos oscuros, la mandíbula tensa. Luego desapareció.

Elena se detuvo, jadeando. Algo en aquel rostro le resultaba familiar. No sabía qué. Pero la imagen se quedó grabada en su memoria.

Cuando llegó al marco de la puerta, el hombre ya se había ido. Pero en el suelo, junto al marco, había una llave. Pequeña, de metal oscuro, con el número 17 grabado en el lateral.

Mariana la alcanzó, jadeando.

—¿Qué es eso?

Elena le tendió la llave.

—Lo que el que huía no quería que encontráramos.

Mariana la sostuvo bajo la luz. En el extremo superior, casi borrada por el óxido, había una inscripción: APDL y, debajo, Muelle de Alcântara.

—Esto es del antiguo gremio de confiteros del puerto —dijo Mariana, con la voz temblorosa—. Cuando el azúcar llegaba de las colonias, tenían taquillas propias junto a las de los estibadores.

Elena sintió un nudo en el estómago. No era la llave lo que la inquietaba. Era el rostro que había visto por un instante.

—Elena —dijo Mariana—. ¿Qué pasa?

Elena tardó en responder.

—He visto su cara.

—¿Y?

—Me suena. No sé de dónde. Pero me suena.