El Quinto Azulejo (Los Misterios de Elena Vidal 6) Capítulo 11 — El comprador
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Capítulo 11 — El comprador

El comprador

—¿Has oído hablar de Rui Almada? —preguntó Elena.

Mariana levantó la vista de las facturas antiguas.

—El tasador. El que compra azulejos para casas suizas. El que nunca mira a los ojos cuando habla de precios. Legal a medias. Dicen que tiene una red de informantes en todo el país.

—¿Por qué se vería con Henrique?

—Porque Henrique tenía acceso a piezas que nadie más tenía. Y porque el mercado de azulejos históricos se ha disparado en los últimos años. Henrique era una mina de oro para alguien como Almada.

Encontraron a Rui Almada esa misma tarde, en una galería discreta de la Rua do Alecrim.

Almada no pareció sorprendido. Pero sus dedos, sobre la mesa, se movieron ligeramente cuando Elena pronunció el nombre de Henrique.

No era nerviosismo. Era el gesto de quien está calculando qué decir y qué callar.

—Henrique Salema. Una pérdida terrible. Me llamó dos días antes de morir. Quería verme. Me dijo que había encontrado algo que cambiaría todo. Algo que no era solo una receta.

—¿Qué le dijo exactamente?

Almada se inclinó hacia adelante.

—Dijo que la Custódia no era un dulce. Era una firma. Y que quien la había robado no sabía que había dejado su nombre en cada azulejo que tocó.

Elena asintió, pero su atención se desvió hacia un hombre que estaba al fondo de la galería, con sombrero y chaqueta de cuero. Algo en la forma en que apoyaba el peso sobre una pierna le resultaba familiar.

El hombre se levantó lentamente, se ajustó el sombrero y se dirigió hacia la salida. Al pasar junto a la mesa de Elena, su mano rozó el borde de su bolso. No fue un accidente. Elena lo supo porque, al llegar a la puerta, él se detuvo un instante, y ella sintió algo en su bolso que no estaba antes.

Una tarjeta. Sin nombre. Sin dirección. Solo tres letras escritas a mano: "T.N."

Tomás Nogueira.

Salieron de la galería. Elena se detuvo en la acera. La imagen del hombre del sombrero no se le iba de la cabeza. No era la cojera. No era el sombrero. Era algo más: la forma en que había rozado su bolso al salir. Como si no fuera un accidente.

—Mariana —dijo—, voy a hacer algo que quizá no entiendas.

—¿Qué?

—Voy a seguir esa pista que no hemos seguido. La que nos dio Almada. Ese hombre del sombrero no estaba allí por casualidad. Y si Henrique se encontró con él, alguien en el puerto debe haberlo visto.

Mariana la miró con sorpresa.

—¿El puerto? Hemos estado allí. No encontramos nada.

—No hemos estado donde teníamos que estar. No hemos mirado donde teníamos que mirar. Joaquim nos dijo que no abriéramos la taquilla. Pero nadie dijo que no pudiéramos preguntar.

Elena se giró hacia la Rua do Alecrim.

—Voy al puerto. No a la taquilla. A la oficina de registros. Alguien debe tener constancia de los movimientos del muelle en las semanas anteriores a la muerte de Henrique. Y si ese hombre estaba allí, alguien lo vio.

Mariana la miró un instante, como si estuviera decidiendo si seguirla o dejarla ir.

—Voy contigo —dijo al fin—. Pero si Joaquim se entera, te advierto que no va a estar contento.

—Lo sé —dijo Elena—. Por eso no le vamos a decir.