El que no pudo matar CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Julian

Había matado a Leonard Graeber antes de medianoche y pasé casi todo el domingo pensando en un hombre en mi sótano.

Eso representaba una falta de disciplina.

El lunes por la mañana ya había completado el trabajo práctico.

Graeber había desaparecido.

El vehículo había sido limpiado, modificado y abandonado donde el robo resultara la explicación más verosímil. El conductor recordaría a un desconocido y poco más.

El coche de Eli seguía en la ciudad.

Eso requería pensarlo.

Debía presentarse en el trabajo en menos de dos horas.

Si simplemente desaparecía, la atención acabaría recayendo en su empleador.

Yo.

Estaba junto a la encimera de la cocina, bebiendo café y sopesando explicaciones falsas.

Enfermedad.

Emergencia familiar.

Dimisión repentina.

Ninguna me convencía.

La ausencia de Eli tenía que parecer voluntaria.

La solución obvia era usar su teléfono.

No lo hice.

Otra decisión irracional.

Había pasado veintiún años eliminando cabos sueltos y cuarenta evitando vínculos.

Y ahora me descubría protegiendo la privacidad de un asistente cautivo. De mí mismo.

Renwick habría disfrutado la ironía.

A las siete y cuarto preparé una bandeja.

Avena.

Fruta.

Café.

Proteína.

Nutrición básica.

Añadí ropa limpia.

Luego la quité.

La ropa facilitaría una fuga.

Me quedé mirando los pantalones de chándal doblados.

Los volví a poner.

Aquello se estaba volviendo absurdo.

La cámara del sótano mostraba a Eli dormido bajo dos mantas, acurrucado de costado.

Había alejado el colchón de la pared.

También había tanteado la carcasa de la cámara con el lomo de un libro.

Suficientemente ingenioso para despertar mi interés.

Bajé la bandeja.

Despertó antes de que yo llegara a la puerta.

Su reacción ante el miedo estaba mejorando.

Menos pánico.

Más alerta.

Cuando entré, se incorporó.

Su mirada fue primero a mis manos.

Luego a la bandeja.

Luego a mi rostro.

—Buenos días.

Casi me detengo.

Sonaba como si nos cruzáramos junto a la fotocopiadora de la oficina.

—Buenos días.

Arqueó las cejas.

Al parecer, mi respuesta también lo sorprendió.

Dejé la bandeja.

Sus ojos se posaron en la ropa.

—Trajiste pantalones.

—Haces que la gratitud suene sospechosa.

—Sospecho de todo lo que haces.

—Razonable.

Le solté las sujeciones.

Se frotó las muñecas.

—¿Vas a ir a trabajar?

—No.

—¿Qué pasa cuando no me presente?

—Me estoy ocupando.

El miedo le afiló el rostro.

—¿Ocupándote cómo?

—Con cuidado.

—No envíes mensajes haciéndote pasar por mí.

—No lo he hecho.

Su mirada escudriñó la mía.

—¿Por qué no?

—Aún no he decidido qué historia prefiero.

—Esa no es la única razón.

Un destello de irritación me recorrió.

—Te has vuelto demasiado confiado.

—Me dijiste que se me da bien importarme por todo.

—No dije tal cosa.

—Básicamente sí.

Se levantó.

Esperaba que cogiera la ropa.

En cambio, miró hacia las escaleras.

Ahí estaba.

Cálculo.

—No.

Sus ojos volvieron a mí.

—No me he movido.

—Ibas a hacerlo.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

—Odio cuando haces eso.

—¿Predecirte?

—Actuar como si ya hubieras decidido lo que soy.

Una acusación familiar.

Renwick otra vez.

Me acerqué.

Eli no retrocedió.

—Entonces dime.

—¿Qué?

—¿Qué eres?

Abrió la boca.

La cerró.

Vi la frustración reflejarse en su rostro.

—Una persona.

—Demasiado vago.

—Una persona que secuestraste.

—Sí.

—Una persona que quiere volver a casa.

—Lo sé.

—Una persona que está aterrorizada.

—Lo sé.

—Una persona que no entiende por qué estás siendo...

Señaló la ropa con un gesto.

—Así.

—¿Así cómo?

—Decente.

Miré los pantalones de chándal.

—El listón lo tienes bajo.

—Eso pasa cuando la alternativa es el asesinato.

Cierto.

Se agachó a recoger la ropa.

—Puedes ducharte.

Levantó la cabeza.

—La puerta se queda abierta.

—Por supuesto.

—No me quedaré ahí mirando.

Se me quedó mirando.

—Gracias.

Otra vez esa gratitud.

Cada vez me disgustaba más.

—Deja de darme las gracias por cosas que ya deberías tener.

Las palabras se me escaparon antes de poder pensarlas.

La expresión de Eli cambió.

La mía también, probablemente.

Ninguno de los dos lo mencionó.

Mientras se duchaba, inspeccioné la habitación.

Había doblado una bisagra del armazón de la cama.

No lo suficiente para soltarla.

Sí lo suficiente para demostrar que lo había intentado.

Cuando volvió con pantalones de chándal grises y camiseta azul marino, el pelo húmedo formándole rizos en las sienes, vio dónde estaba mirando.

Nos miramos.

—Eso viola la regla uno —dije.

—No salí de la habitación.

—Intentaste fabricar una herramienta.

—Eso no era una regla.

Técnicamente correcto.

Mi irritación se convirtió en un interés a regañadientes.

—Estás poniendo a prueba el lenguaje.

—Me tienes prisionero. Necesito pasatiempos.

Casi me reí.

La sensación me resultaba tan ajena que solo salió como una exhalación.

Eli lo oyó.

Abrió mucho los ojos.

—¿Acabas de...?

—No.

—Sí lo hiciste.

—Siéntate.

—Ahí está.

—Eli.

Se sentó.

Sonriendo.

Sonriendo de verdad.

A mí.

El efecto fue inquietantemente físico.

Una presión bajo el esternón.

Calor en la parte baja del estómago que no era exactamente sexual, aunque lo sexual no estaba del todo ausente.

Aparté la mirada primero.

Eso no me había pasado nunca.

Recogí la bisagra doblada.

—Perderás el armazón de la cama.

Su sonrisa se borró.

—¿Qué?

—Consecuencia.

—Necesito el colchón.

—Te lo quedas.

—Ah.

—Esperabas algo peor.

—Sí.

—¿Por qué?

—Eres un asesino.

Lo consideré.

—Razonable.

Se pasó una mano por el pelo húmedo.

—No te entiendo.

—Ya somos dos.

El silencio se instaló.

No hostil.

No cómodo.

Otra cosa.

Eli miró hacia las escaleras.

—¿Puedo preguntar una cosa?

—Preguntas muchas cosas.

—Una que quizá respondas.

—Prueba.

—¿El hombre que mataste era peligroso?

—Sí.

—¿Para ti?

—No.

—¿Para alguien?

—Sí.

—¿Lo mataste por eso?

—En parte.

Eli apretó los labios.

—¿Entonces te crees una especie de justiciero?

—No.

La respuesta lo sorprendió visiblemente.

—Mato por dinero.

Palideció.

—También rechazo ciertos contratos.

—Eso no lo hace mejor.

—No he dicho que lo hiciera.

—¿Lo disfrutas?

Podría haber mentido.

—No —dije.

Me miró fijamente.

—¿No?

—No como crees.

—¿Entonces por qué?

—Porque durante un rato, no me aburro.

El rostro de Eli se quedó inmóvil.

Ya no había miedo en él.

Solo tristeza.

Reconocí la expresión, pero no entendí a quién iba dirigida.

—¿Qué?

—Eso es horrible.

—Me han llamado cosas peores.

—No. Quiero decir… —titubeó—. Eso suena horrible para ti.

No dije nada.

De todas las respuestas posibles, la compasión no había estado entre ellas.

—No deberías compadecerme.

—No lo hago.

—Sí lo haces.

—Quizás un poco.

—Deja de hacerlo.

—No puedo.

—Todos pueden controlar su comportamiento.

—Los sentimientos no son comportamiento.

La frase me golpeó con una fuerza inesperada.

Lo sabía.

Intelectualmente.

Renwick me lo había dicho de cien maneras distintas.

Eli lo dijo como si fuera obvio.

Como si los sentimientos existieran primero y las personas simplemente los sobrevivieran.

Me puse de pie.

Se tensó.

Me acerqué a la pared y retiré la sección doblada del armazón de la cama.

—Dormirás en el colchón esta noche.

—¿Ese es mi castigo?

—Sí.

—Podría ser peor.

—Puede serlo.

Su sonrisa desapareció.

Bien.

Necesitaba distancia.

Cuando llegué a la puerta, habló.

—¿Julian?

Me detuve.

—¿Vas a matarme?

La pregunta ya no sonaba aterrorizada.

Eso era peor.

Lo miré.

—Todavía no lo sé.

Asintió.

Luego, en voz baja:

—De acuerdo.

Aquello no tenía nada de aceptable.

Cerré la puerta con llave y subí las escaleras.

Diez minutos después me encontré de pie en una tienda de artículos para mascotas a treinta kilómetros de distancia.

Miraba fijamente una pared de collares para perros.

Eli había estado buscando refugios para perros ancianos en su teléfono.

Lo sabía porque había examinado el dispositivo después de quitárselo.

Había guardado cuatro en favoritos.

Uno tenía una solicitud de cita guardada pero sin enviar.

Me fui sin comprar nada.

El simple hecho de haber ido ya era bastante alarmante.