Capítulo 22 #2
—Pero aun así...
Alec extendió una mano y la posó sobre su hombro. Toda ella se estremeció bajo su toque y, de alguna forma, el ambiente, que era frío pese a la vieja chimenea encendida, pareció volverse más cálido y denso, como si los envolviera una ola de fuego.
—Me has querido siempre, lo mismo que yo —murmuró ella—. ¿Acaso no es cierto?
Alec sonrió.
—Sí, pero suena un poco arrogante de tu parte asegurarlo así.
—Después de lo que hemos pasado, creo que tengo derecho a serlo, y tú también.
—¿Sabes qué? —Él se inclinó para hablar sobre sus labios—. Creo que tienes razón.
***
Rowan y Alec regresaron a Edimburgo un par de días después y, por la misma vía por la que habían llegado, aunque visto que habían cumplido su propósito, casarse y asegurar así que nadie pudiera separarlos, se tomaron su tiempo para hacer el viaje con más tranquilidad, de modo que les llevó casi una semana atisbar la imponente figura de la ciudad.
En el camino, que hicieron a caballo y en carruajes de posta, tuvieron oportunidad de disfrutar de una intimidad que aún les costaba asimilar del todo.
No importaba que estuvieran a solas en medio de una llanura, donde un par de veces se habían detenido a dormir arropados por el brillo de la luna, o que ocuparan una habitación en alguna posada abarrotada.
Estaban juntos y eso era lo único que importaba; el resto del mundo parecía, simplemente, desaparecer.
Esa suerte de ceguera romántica no los hacía ignorantes del todo con respecto a lo que los aguardaba, claro; ambos eran muy conscientes del paso que habían dado y de las consecuencias que tendrían que pagar por ello.
Y, como los valientes inconscientes que eran, tal y como se refirió a ellos Alec, estaban dispuestos a enfrentarlos.
Lo primero que hicieron al llegar a Edimburgo fue dirigirse a la posada en la que él se había hospedado todo el tiempo que llevaba allí y, tras informar a la casera de su cambio de estado civil, la informó de que, si estaba de acuerdo, le gustaría continuar ocupando su habitación, entonces en compañía de su esposa.
Cuando la buena mujer pudo recuperarse de la sorpresa y, tras asegurarle que, en realidad, no lo unía ningún parentesco a Rowan, aceptó que se quedaran juntos.
Según ella, era incapaz de negarse a ayudar a una pareja de enamorados; siempre se había considerado una romántica y, aunque no lo dijo ante ellos, estaba ansiosa por hablarles de semejante aventura a sus amigas.
Lo siguiente que hicieron fue en verdad lo más difícil, pero, como mencionó Rowan, también era lo más importante: el último clavo sobre el ataúd de su vida pasada.
Tenía que hablar con su familia.
A los condes de Gairloch les duró poco el alivio que significó para ellos ver que su hija se hallaba con vida y de una pieza.
Habían movido cielo y tierra para encontrarla, pero sus pesquisas se habían reducido a Edimburgo porque jamás se les había pasado por la cabeza que tenía planeado cruzar medio país y, aún menos, que no lo haría sola.
Cierto que habían sospechado que lo último podía ser una posibilidad luego de que ella les había confesado que no estaba dispuesta a soportar los avances de sir Archibald porque había entregado su corazón a otro.
Pero, visto que no había dicho su nombre y que tampoco había dejado una nota al huir, la posibilidad de que se dirigieran a Gretna Green nunca había sido abordada.
Rowan lamentó mucho no encontrar a su hermano en casa cuando se plantó junto con Alec.
Según le informó Morag, Charles había partido dos días antes en dirección a Londres para presentarse ante el oficial en la Armada que gestionaba su ingreso.
De haber estado allí, ella estaba segura de que habría intentado apoyarla y, por poco que eso valiera ante sus padres, le habría procurado cierto consuelo saber que no todos en su familia la repudiaban.
Porque, desde luego, fue eso lo que hicieron sus padres una vez que confesó que ella y Alec se hallaban casados, que su matrimonio había sido debidamente consumado y que, solo por si lo estaban pensando, no tenía ni la más mínima intención de separarse de él bajo ninguna circunstancia.
No importó cuánto lloró su madre, las amenazas de su padre o las terribles premoniciones que hicieron ambos con respecto a su futuro; Rowan no claudicó. Ante ellos, con su mano fuertemente unida a la de Alec, mantuvo el mentón elevado, el gesto resuelto y la mirada firme.
Cuando se marcharon, luego de asegurarles que no importaba lo que hicieran en su contra —solo los sumiría a ellos en el escándalo, porque ninguno estaba dispuesto a claudicar—, ella se detuvo un momento ante la entrada y, después de dar una mirada carente de emoción a la casa, se puso en marcha junto con el hombre al que amaba.
Saldrían adelante; lo sabía con la misma certeza con la que había adivinado que sus destinos estaban irremediablemente unidos desde que se habían visto por primera vez.
Y, aunque no iba a ser fácil, sintió una emoción cálida y vivaz anidando en su pecho, porque estaba segura de que lo que fuera que el futuro tuviera preparado para ellos sería hermoso.
Porque estarían juntos.