El puente de Rowan Epílogo
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Epílogo

G airloch

Siete años después

—¿Segura de que tienes todo? No podremos volver con el clima que nos espera.

Rowan sonrió y dio una rápida mirada a la bolsa que había preparado con esmero, pero no se le pasó por la cabeza deshacerla; sabía que no hacía falta, había sido muy cuidadosa.

—Tengo todo lo que necesitaré durante el viaje.

—¿Y los baúles?

—Ya están en el carruaje. —Con un suspiro, dejó la bolsa y fue hacia su inquieto marido para posar una mano sobre su pecho.

Como ocurría siempre, se sintió abrazada por el suave compás de su corazón, que latía al mismo ritmo que el suyo—.

¿Por qué estás tan nervioso? Has hecho este camino varias veces el último año para dejar todo listo, ¿cierto?

Alec hizo una mueca divertida que acentuó sus rasgos atractivos.

Ella no pudo evitar pensar que los años no habían hecho más que volverlo más guapo a sus ojos.

«La madurez le sienta bien», decidió. Si cuando se habían casado era todavía un hombre joven y vigoroso que arrancaba suspiros, entonces sus facciones se habían endurecido para dejar paso a un hombre en la cima de su madurez que inspiraba tanto admiración como un profundo respeto.

—Sí, pero es la primera vez que lo haremos juntos, y con este clima —respondió él.

—Ya, pero sabes que haría falta mucho más que un poco de nieve en el camino para asustarme.

—No nos espera un poco de nieve, Rowan.

—No. Nos espera Gairloch en Navidad y no hay nada que me haga más ilusión que llegar a tiempo, así que lo mejor es que nos demos prisa en salir. Voy a ver cómo va Morag.

Dejó a Alec en el salón de la pequeña casa en la que llevaban viviendo los últimos cuatro años y, mientras se dirigía a su habitación, no pudo menos que detenerse a pensar en el largo camino que habían recorrido juntos desde su boda.

Tal y como sus padres les habían advertido poco antes de prácticamente echarlos de su casa, no lo habían tenido sencillo en un principio, pero habían conseguido salir adelante con esfuerzo y mucha paciencia.

Alec había terminado sus estudios con honores el primer año, aunque no había dejado ni un instante de trabajar tanto en la imprenta como dando clases a otros estudiantes, lo que los había ayudado a mantenerse a duras penas hasta que Rowan había conseguido una colocación gracias a Isobel McFarlane, que, una vez superada la sorpresa que les había supuesto a ella y a los amigos de Alec su inesperado matrimonio, la había recibido con los brazos abiertos y la había recomendado para un puesto de asistente en la escuela en la que trabajaba.

Al principio, no había recibido más que una paga exigua, y el trabajo era duro, sirviendo como apoyo a todas las maestras, pero con el tiempo se había hecho de un lugar y, cuando todo mejoró gracias a una beca que Alec había obtenido para hacer un posgrado que contaba con una renta que les había permitido cubrir sus gastos, había podido estudiar por su cuenta en una academia que le había recomendado la directora de la escuela con el fin de ser promovida a maestra.

No era tan bueno como ir a la universidad, como le había confesado a Alec una vez que había empezado sus clases, pero había aprendido mucho y no había descartado nunca del todo la posibilidad de asistir a la primera una vez que estuvieran del todo asentados, lo había hecho dos años después, con lo que, cuando Alec se había graduado, ella había empezado su formación para maestra.

De eso habían pasado tres años más y, con su título en la bolsa, ambos estaban preparados para dar el siguiente paso.

Alec había recibido varias ofertas para quedarse en Edimburgo.

Incluso, el señor Fraser, que entonces ocupaba el puesto de rector luego de la muerte de sir William Thomson, le había ofrecido la cátedra que él acababa de dejar vacante, pero, tras considerarlo con seriedad, ambos habían decidido que debía rechazar el puesto.

Si se quedaban allí, luego les costaría hacer lo que realmente deseaban y, como había mencionado Rowan, tenían la edad y energías precisas para poner en marcha el que era su sueño más acariciado; uno que, casi sin saberlo, habían construido también juntos.

Rowan llegó a su habitación y, con un rápido barrido, se aseguró de no olvidar nada. Luego, se dirigió a la estancia siguiente y se detuvo un momento junto a la entrada con una sonrisa danzante en los labios mientras veía a Morag trastear en tanto canturreaba una canción entre dientes.

Había sido toda una sorpresa, recordó, cuando la criada se había presentado en la posada unas semanas después de la visita a sus padres.

Aunque había intentado mantener el contacto con ella por medio de notas que enviaba esporádicamente, nunca había imaginado que fuese a cometer la locura de abandonarlo todo para ir con ella, visto que apreciaba tanto su comodidad.

Pero era evidente que la apreciaba más a ella porque, cuando Rowan le había dicho que no podía pagarle un sueldo —al menos no entonces— y que, si se quedaba con ellos, al principio las cosas serían muy duras, Morag no había protestado.

Así, casi sin esperarlo, habían terminado formando una familia de tres que había compartido penas, alegrías, triunfos y no pocos fracasos. Pero entonces, al fin, empezaban a cosechar los frutos de su esfuerzo.

Y, además, entonces habían sumado a un miembro más al clan.

—No tengo idea de a quién ha salido este niño, porque Dios sabe que sus padres deben de ser los alborotadores más grandes que ha visto este mundo.

El bebé al que Morag se refería no hizo más que ahogar un hondo bostezo mientras dirigía la mirada a la figura de su madre, que fue hacia él para alzarlo y ponerlo contra su pecho. Como ocurría siempre que lo hacía, Rowan sintió que su corazón parecía a punto de explotar.

La llegada de James, apenas un año antes, se había convertido en el momento más feliz de su vida y también de la de Alec, como él repetía con frecuencia.

—Mi Jamie es un muchacho muy tranquilo, es cierto —dijo ella en respuesta al comentario de la Morag—; pero su padre y yo no fuimos tan terribles.

La criada respondió con un resoplido y aseguró la cinta del mullido bolso en el que habían guardado lo que pensaban llevar con ellas en el carruaje durante el viaje para atender al bebé.

—Fueron más que terribles, y continúan siéndolo; solo eso explica que tuvieran la peregrina idea de abandonar esta ciudad para fundar una escuela en un lugar como Gairloch —farfulló la mujer.

—Es una excelente idea —se defendió Rowan—. Ambos somos maestros.

—Gairloch ya tiene una escuela.

—No lo bastante buena. Alec y yo podemos hacer mucho por los niños de allí; además, amamos Gairloch y queremos volver. ¿Acaso tú no?

Morag respondió con un gesto incierto y tomó la bolsa con un bufido para echársela al hombro. No iba a decirlo, pero Rowan sabía que, en el fondo, se alegraba tanto como ella y Alec de regresar al lugar que había sido su hogar durante toda su vida.

En un principio, incluso Rowan había tenido sus reservas acerca de dar ese paso, no porque no lo deseara, sino porque quería estar segura de que realmente podía ser de utilidad en el pueblo.

Entonces, con ambos en posesión de un título y con los buenos antecedentes de Alec, el dinero que habían logrado ahorrar en los últimos años, y el apoyo del reverendo Sutherland, que no había cabido en sí de gozo cuando le habían escrito para contarle sus planes, sabían que era el momento perfecto.

Iban a fundar una nueva escuela en Gairloch y ofrecer a las gentes del pueblo, no solo a los niños, la educación esmerada que todos merecían recibir.

—Vamos, Morag, Alec nos está esperando —alentó a la criada con un gesto cariñoso—. No querrás recibir la Navidad en el carruaje, ¿no?

—Más te vale que no. Espero que podamos visitar, al menos, un momento el castillo.

Hasta hacía unos meses, aquel pedido habría sido imposible de cumplir.

Con las malas relaciones con sus padres, era poco probable que estuvieran dispuestos a recibirlos, pero su padre llevaba un par de años enfermo y su hermano, que había sufrido una importante transformación luego de su paso por la Armada y entonces se ocupaba de los asuntos de la familia, le había escrito para invitarla a visitarlos con su marido cuando lo considerara pertinente.

Su madre pondría mala cara, pero todos estaban acostumbrados, aseguró Charles con su irreverencia habitual, y en el fondo, creía él, a sus padres les gustaría conocer a su nieto.

Así que allí estaban, a punto de iniciar una nueva vida. Otra vez.

Cuando Rowan, con James en brazos, se reunió con Alec al pie del vehículo en el que harían el viaje, ella apoyó un momento la cabeza sobre su hombro y exhaló un largo suspiro que pareció albergar toda la felicidad que había conocido durante sus años juntos y que, estaba segura, no eran sino la antesala de una larga vida a su lado.