El puente de Rowan Capítulo 22
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Capítulo 22

R owan aguardó pacientemente a que la noche avanzara hasta que todos estuvieran lo bastante alegres como para que apenas le prestaran atención.

Sus padres se habían unido a otras parejas y formaban un corrillo muy cerca del lugar en el que se hallaban el primer ministro y algunas autoridades de la universidad.

Y Charles, el sorprendente Charles, se había ocupado de entretener a sir Archibald y a su hijo con tanto éxito que estos dos últimos apenas se sostenían en pie debido a todas las copas de champaña que su hermano había puesto sistemáticamente en sus manos en la última hora.

Así, segura de que contaba con algo de tiempo y de que nadie la echaría en falta de inmediato, siguió con su plan.

Tal y como había esperado que sucediera, Alec desapareció poco antes que ella, así que atravesó sola el salón, con cuidado de no llamar la atención.

Cruzó las puertas acristaladas que conducían a uno de los jardines y anduvo con mucho cuidado siguiendo las instrucciones que le había dado Charles, que conocía los terrenos de la universidad como nadie.

A los jardines les siguieron un patio y, luego, otro jardín.

Parecía un pequeño laberinto, pero había algunos puntos de señalización de los que iba advertida, así que llegó a las caballerizas con bastante facilidad y sin cruzarse con nadie, salvo con algunas parejas que parecían demasiado concentradas en ellas mismas como para que siquiera notaran su presencia.

Una vez cerca de las cuadras, se mantuvo en las sombras tanto como pudo, atenta a los sonidos de los caballos y al olor familiar que le infundió cierta tranquilidad.

Estaba más asustada de lo que se habría permitido reconocer, pero sus pasos no flaquearon en absoluto cuando advirtió una silueta familiar junto al edificio y fue hacia ella.

—Si tu hermano usara su buena cabeza con más frecuencia, no terminaría metido en tantos líos.

Rowan sonrió al oír las palabras de Alec.

Él se había puesto un abrigo algo viejo, pero que evidentemente debía de calentarlo lo suficiente, y le tendió el suyo, con el que Rowan se envolvió mientras observaba al caballo que había sacado del establo.

El animal tenía una contextura recia y se veía muy despierto mientras bufaba con suavidad, en tanto Alec comprobaba el interior de las alforjas que llevaba sujetas a los costados.

—¿Tenemos todo lo que necesitamos?

Alec asintió en respuesta a su pregunta.

—Y bastante más, diría, aunque tendremos que detenernos en algún momento para descansar y reabastecernos —dijo.

—Pero no pronto.

—No, no pronto. Es más, si vamos a buen paso, y pretendo que así sea, deteniéndonos solo unos momentos, creo que haremos la gran parte del camino en un solo tramo.

Ella exhaló un suspiro de alivio.

—Mejor nos vamos ya —pidió tras mirar sobre su hombro con semblante inquieto, pese a que no vio ni una sombra acechando.

Alec no se movió de inmediato. En su lugar, tomó sus manos y le dio un cálido apretón, tirando de ella para que lo mirara a los ojos.

—¿Estás segura de esto? —preguntó con un tono grave—. Porque, en cuanto nos pongamos en camino, no habrá vuelta atrás.

Rowan ni siquiera tuvo que pensarlo. Sonrió y se puso en puntillas para acercar su rostro al suyo, y habló sobre sus labios al responder.

—No quiero que haya vuelta atrás, lo que quiero es que me ayudes a subir a ese caballo y nos alejes de aquí.

Alec cabeceó en señal de asentimiento y la tomó por la cintura para auparla. Una vez que se aseguró de que estaba cómoda sobre el caballo, él se asentó tras ella y, con un leve tirón de las riendas, alentó al animal a ponerse en movimiento.

Fueron despacio al principio, pero, una vez se alejaron del centro de la ciudad, aumentaron la velocidad y, como por encanto, mucho más pronto de lo que ambos habían calculado, se encontraron a las afueras, camino a su nueva vida.

***

El viaje a Gretna Green era largo, agotador y muy exigente.

Como Rowan había supuesto y puesto en antecedentes a su hermano una vez que este le había ofrecido su ayuda, consideraba que lo mejor sería que ella y Alec hicieran el primer tramo a caballo, aunque fueran algo más despacio, porque les permitiría cubrir mejor su rastro.

Entonces se alegró de no haber confesado la identidad del hombre al que amaba ante sus padres, porque habrían tenido más simple unir cabos e ir en busca de ambos.

Una vez que descubrieran su desaparición, bien avanzada la noche del baile, sin embargo, solo supondrían que se había marchado con un desconocido y no sabrían cómo se veía su acompañante, lo que les hubiera hecho más sencillo encontrarla.

El caballo que eligió su hermano para ambos era lo bastante fuerte para recorrer una buena distancia y, como contaban con buenas provisiones para unos cuantos días, si las racionaban con inteligencia, apenas pararon esa primera jornada.

Rowan no respiró con cierta tranquilidad hasta que cruzaron Penicuik, una pequeña ciudad en la orilla oeste del río North Esk, que marcó la primera cuarta parte del camino.

Llegaron allí muy entrada la noche del primer día y, tras dejar al caballo en el establo, hicieron algunas discretas averiguaciones con respecto a carruajes que pudieran tomar para avanzar con mayor rapidez a partir del día siguiente.

Si el hombre de la posada a la que preguntaron encontró algo de raro en ellos, un par de jóvenes llegados de buenas a primeras que apenas abrían la boca, se cuidó bien de compartir su opinión.

Rowan supuso que no sería nada extraño en esas tierras ver aparecer extraños con rumbo al sur, fuese en dirección a Londres o, como en su caso, algo más cerca.

Tomaron una habitación pequeña y algo descuidada, pero ella no se quejó y logró dormir un par de horas en la incómoda cama mientras Alec montaba guardia en un sillón destartalado que atravesó contra la puerta.

Al día siguiente, continuaron el viaje, entonces en un carruaje de postas, hasta Broughton, una ciudad aún más pequeña, donde no encontraron un alojamiento que los convenciera, así que prefirieron dormir a la intemperie, envueltos entre sus mantas y aferrados el uno al otro mientras sus corazones latían al unísono, cada vez más cerca de su meta.

La última jornada fue la más agotadora, pero también la más satisfactoria porque, al no hallar un vehículo que pudiera llevarlos hasta Galloway, que era donde se hallaba asentada Gretna Green, tomaron un coche de pasajeros, en el que eran los únicos clientes, hasta Lockerbie y allí Alec consiguió un caballo en el que hicieron el resto del tramo.

El paisaje con el que se encontraron entonces, colinas onduladas y campos verdes, les recordó a Gairloch y decidieron tomarlo como una señal de que, aun cuando se hallaban lejos del que ambos consideraban su hogar y la cuna de su amor, de alguna forma, ese entorno familiar obraba como una especie de bendición.

Era ya entrada la noche cuando, agotados, llegaron a la desembocadura del río Sark y pudieron atisbar la silueta del pueblo, que, aunque minúsculo y con apenas algunas casillas que salpicaban los campos de labranza, les pareció tan bello como la mejor de las ciudades.

Alec, que llevaba las riendas con manos firmes pese a que Rowan suponía que debía de encontrarse tan exhausto como ella, giró un momento para mirarla antes de adentrarse en el pueblo.

—¿Lista? —preguntó.

No hizo falta que respondiera; tan solo dejó que el brillo de sus ojos hablara por ella, y él azuzó al caballo para dirigirse al centro del poblado, donde un labriego les dio algunas indicaciones una vez que le explicaron por qué estaban allí.

Encontraron al herrero en un extremo del pueblo, a punto de marcharse; aunque, cuando los vio aparecer, casi oscilando sobre el caballo debido al cansancio, los recibió con una amplia sonrisa en su rostro sudoroso y manchado por el trabajo.

Solo entonces, cuando se hallaron ante él dentro del tiznado espacio de la herrería, con sus manos unidas mientras el llamado «sacerdote del yunque» recitaba unas palabras ante ellos con un acento que incluso a Rowan se le antojó extraño, supo que estaban a salvo y que, entonces sí, nadie podría separarlos.

***

—Te sienta bien el matrimonio, señora McRae.

Sabía que era un comentario un poco tonto y en absoluto original, pero Alec no pudo resistirse a decirlo una vez que él y Rowan se encontraron a solas en la minúscula habitación que el herrero los había ayudado a conseguir en la posada del pueblo, luego de terminada la ceremonia en la que los había declarado marido y mujer.

«Aún me cuesta creer que esto seamos realmente», pensó al ver cómo Rowan reía con ganas y se apartaba el cabello del rostro para intentar domarlo ante un espejo desportillado que apenas le hacía justicia a su belleza.

—Dudo de que algo pueda sentarme bien en este momento, no cuando mi cabeza parece un nido de pájaros y tengo el rostro de alguien que lleva una semana sin una noche de sueño en condiciones —bromeó ella un poco distraída y con el ceño fruncido—. Lo has dicho solo porque me quieres.

Tan pronto como dijo eso, Rowan calló de golpe, y fue el turno de Alec para mostrarse ensimismado.

«¿Se lo he dicho?», se preguntó un tanto asombrado por lo mucho que tardó en encontrar una respuesta.

No podía haber sido tan idiota.

—No te lo he dicho —masculló.

—¿Qué?

—Nos hemos fugado bajo las narices de tu familia, atravesamos medio país para casarnos en este rincón perdido de la mano de Dios, ¡y no te he dicho que te quiero!

Rowan abandonó la contemplación de su reflejo y giró para mirarlo con una sonrisa divertida.

—¿Apenas te das cuenta?

—¿Tú sí?

—Por supuesto.

—¿Y no te molesta?

Ella sacudió la cabeza de un lado a otro y se acercó hasta que se encontraron tan cerca que Alec pudo percibir su cálido aliento acariciando su mentón.

—Claro que no. —Rowan hizo una mueca al toparse con su expresión incrédula—. Quizá un poco —reconoció a regañadientes—, pero no porque piense que no lo haces. Sé que me quieres tanto como yo a ti y, si te sirve de consuelo, tampoco recuerdo habértelo dicho, no con esas palabras.