Capítulo 21
R owan decidió no presionar a sus padres una vez que estuvo segura de que contaba con la complicidad de su hermano.
Luego de mantenerla confinada en su habitación durante un par de días, ambos parecieron convencidos de que el escarmiento había sido suficiente.
Ella sospechaba que ninguno la había tomado demasiado en serio; con seguridad, los condes de Gairloch no creían que se encontraba realmente enamorada de alguien a quien no consideraban a su altura.
Pensarían que se trataba de un capricho que se le pasaría entonces que había visto que jamás contaría con su aprobación.
Y Rowan dejó que lo creyeran porque necesitaba que disminuyera su vigilancia para poder continuar con el plan que tan cuidadosamente había trazado.
Aceptó asistir al baile ofrecido en la universidad, en honor del primer ministro, la noche anterior a su marcha, e incluso dejó que su madre la arrastrara a la modista para las pruebas del vestido que encargó para la ocasión.
De modo que, aquel día, la condesa estaba convencida de que volvía a tener a su hija dispuesta a hacer todo lo que ella le ordenara.
Charles partiría para Londres a mitad de semana, pese a que lord Gairloch había intentado abogar por que el primer ministro lo aceptara dentro de su comitiva y que, de paso, mediara por él para que le dieran un puesto importante una vez que se presentara ante el oficial responsable en la Armada.
Según el señor Disraeli, que había aceptado recibir al conde en casa del gobernador, no acostumbraba interceder personalmente en esos casos, y lo mejor que podía hacer era enviar una carta al almirante responsable de la flota a la que fuera asignado el joven para solicitar que se lo tratara de acuerdo a su rango.
Eso era todo. De modo que el conde había fingido sentirse muy agradecido por ello, aunque, en el fondo, renegaba por lo que había considerado una falta de respeto para alguien tan importante como él.
La tarde del baile, Rowan pasó por la habitación de su hermano para dejarle un trocito de papel bajo su almohada, como había prometido que haría la última vez que había hablado con él, y se puso en manos de Morag y Nell para que la ayudaran a prepararse.
Aquella noche su vida cambiaría para siempre y contaba las horas para ello.
***
Alec notó que era observado desde que había puesto un pie en el salón del edificio de actos de la universidad.
Por un instante, no le prestó demasiada importancia a la sensación porque estaba muy entretenido estudiando lo que lo rodeaba, asombrado por todo lo que habían hecho al lugar en tan poco tiempo.
El rector no había exagerado al decir que habían agotado todos sus recursos para que el primer ministro se llevara una impresión memorable.
Las lámparas de gas iluminaban el espacio, que había sido despejado, en gran parte, de las largas mesas que normalmente albergaba a fin de que la gente que deseara bailar pudiera hacerlo con comodidad.
El estrado que lo dominaba todo había sido adornado con tantas flores que imaginó al señor Disraeli y a las otras personalidades invitadas estornudando a más no poder, lo que le arrancó una sonrisa.
Había un cuarteto de cuerdas situado en una plataforma lateral, y notó también que un buen grupo de estudiantes pululaba por allí, entremezclándose con los otros asistentes a la velada.
Aún era temprano, así que supuso que los que se consideraban más importantes irían apareciendo de a poco, con el fin de atraer tanta atención como fuera posible. Rogó con todas sus fuerzas por que ese fuera el caso de los condes de Gairloch y sus conocidos, y que Rowan se encontrara entre ellos.
La liberación de Robby y el trabajo en la imprenta lo habían mantenido muy ocupado esos días; pese a eso, había tenido que controlar el impulso de acercarse siquiera un momento a la casa de la joven para verla aun cuando fuera a lo lejos.
Temía meterla en más problemas de los que ya debía de tener, aunque él aún no podía sospechar la enormidad de ellos.
No tenía claro qué podía hacer para acercarse a ella, pero estaba determinado a intentarlo de una u otra forma porque, después de lo ocurrido la última vez que la había visto, no podía imaginar su futuro sin Rowan.
Tenían que encontrar una forma de estar juntos.
La sensación de saberse observado no hizo más que incrementarse, lo que lo obligó a volver al presente y, al mirar a alrededor, se topó con algunos rostros conocidos. Todos, compañeros de la universidad; la mayoría, tan asombrados como él por la grandiosidad del espacio en el que se encontraban.
Pero entonces reparó en un rostro que, aunque conocido, no esperaba ver allí y menos tan interesado en él.
Charles McLeod mantenía una media sonrisa y, aunque parecía algo menos elegante de lo habitual porque andaba con cierta dificultad, que Alec achacó al hecho de que aún no estaría del todo recuperado del ataque del que había sido objeto, apenas vaciló al ir hacia él.
Llevaba una copa en la mano derecha y la otra la mantenía en el bolsillo.
Alec sostuvo su mirada sin parpadear y no intentó ocultar la desconfianza que le inspiraba.
—Por un momento, temí que no vendrías.
Aquello lo extrañó lo suficiente para que le dirigiera una mirada confusa, lo que al hermano de Rowan pareció hacerle gracia, porque sonrió y lo estudió de arriba abajo con gesto crítico.
Eran los únicos en esa zona del salón, aunque Alec dedujo que quienes los veían, aun cuando fuera de lejos, debían de encontrar sorprendente que estuvieran juntos; tan poco tenían en común.
—Siempre me pregunté qué vería ella en ti, pero supongo que es algo que solo podrán entenderlo ustedes.
Charles continuó con su extraña disertación sin dejar de examinarlo.
—Señor McLeod.
—Señor McRae.
Alec notó la burla en su voz e incluso, de no haberlo hecho, lo habría desconcertado igual porque él nunca se había mostrado tan ceremonioso con él.
Durante su tiempo en Gairloch, se dirigía a él como si fuese la mascota de su hermana pequeña y allí, pese a compartir aulas, apenas parecía consciente de su existencia.
Entonces, sin embargo...
—Espero que seas consciente de la suerte que tienes.
—Tengo muchos motivos para sentirme afortunado.
—¿Sí? A mí solo se me ocurre uno.
Alec advirtió movimiento en la entrada y miró en esa dirección como si su atención hubiera sido reclamada por una suerte de hechizo y, cuando vio quién se encontraba allí, supo a qué se debía.
Rowan acababa de llegar.
Iba de verde; la falda de su vestido oscilaba alrededor de sus piernas como el batir de una mariposa, y la pedrería del corpiño destellaba bajo las luces del salón.
Pero fue su rostro lo que atrajo su mirada.
Sus preciosos rasgos se veían tensos e inquietos y, al girar de un lado a otro como si buscara a alguien, los rizos de su cabello sujetos en la coronilla revoloteaban como si tuvieran vida propia.
Entonces lo vio y se detuvo de golpe, con sus ojos fijos en los suyos, y no avanzó hasta que alguien tras ella pareció alentarla a seguir. Luego la engulló la muchedumbre y le perdió el rastro.
Además de Rowan, atisbó entre la multitud a sus padres y también a otras gentes importantes de la ciudad, así como a autoridades de la universidad; entre ellas, el rector y el director.
Pero si alguien atrajo toda la atención, como supuso que ocurriría, fue el primer ministro.
Alec miró la figura pequeña y en apariencia frágil de aquel, que era casi un anciano, y lo sorprendió que la presencia de alguien como él hubiera influido tanto en su mundo en tan poco tiempo.
—Parece que todo Edimburgo está aquí esta noche.
—Alec abandonó su inspección de los recién llegados y posó su mirada sobre el hermano de Rowan, pero no dijo nada y este no pareció esperarlo.
Tras medirlo de arriba abajo, una vez más, en un gesto algo menos displicente, le extendió su copa vacía—.
Sé que nunca fuiste nuestro sirviente, pero tal vez puedas ayudarme acercándole esto a uno de los meseros —pidió él con una sonrisa burlona, señalándose a sí mismo cuando Alec le dirigió una mirada airada—.
Acabo de tener un accidente, como tal vez sepas.
Antes de que pudiera decir algo desagradable, como que estaría encantado de lanzarlo para ayudarlo a que pudiera entregar esa copa por sí mismo, notó algo en su mirada, una súplica silenciosa o una demanda mucho más amable de lo que dejaban develar sus palabras.
Lo que fuese lo sorprendió tanto que, sin saber lo que hacía, tomó la copa y entonces reparó en que no era lo único que le entregaba; sintió el roce de lo que pareció un trozo de papel doblado y vuelto a doblar hasta que apenas podía notarse que estaba pegado al cristal.
Luego de intercambiar una mirada insondable, Charles asintió y dio media vuelta para alejarse, en tanto que Alec permaneció allí durante varios segundos, aún consternado; pero, cuando se dio cuenta de que una andanada de gente se dirigía en su dirección, sacudió la cabeza para centrarse y se encaminó hacia un rincón de la estancia.
Dejó la copa vacía sobre la bandeja de un camarero que pasaba por allí, con cuidado de mantener el trozo de papel a salvo entre sus manos.
No lo leyó hasta que estuvo seguro de que no había nadie cerca y, cuando por fin descubrió su contenido, sintió cómo su corazón empezaba a latir con una rapidez inusitada.
Miró entre la multitud, desesperado por encontrar a Rowan, pero no logró dar con ella.
«¿En verdad ha planeado semejante locura?», se preguntó, todavía incrédulo, pero con una llama de esperanza prendida en su pecho.
Porque, si era así, que Dios los ayudara a ambos, porque no pensaba hacer nada que la apartara de sus fines. Por el contrario, estaba ansiando encontrarla para decirle que podía contar con él.
***
Rowan no se negó a bailar con sir William Archibald pese a que se lo pidió en dos ocasiones; tampoco cuando, orillado por su padre, su hijo hizo otro tanto, si bien pasó todo el tiempo observándola con desagrado.
También bailó con el marido de Elspeth, que fue un compañero mucho más agradable, y con tres o cuatro caballeros más cuyos nombres apenas podía recordar.
Mantuvo una sonrisa apacible, la espalda tan recta como su madre le había inculcado que era lo que se esperaba de una dama y, en general, departió con tanto encanto con todas las personas que le salieron al paso que incluso el primer ministro pareció encantado con ella y sugirió que sería un éxito si pasara una temporada en Londres.
Aquel comentario pareció poner a su madre en una nube y, por un instante, al ver su rostro ilusionado, Rowan sintió un pinchazo de culpa, pero la sensación desapareció tan pronto como la vio observar a sir Archibald con ojos cargados de avidez.
Sabía perfectamente lo que su madre esperaba lograr esa noche: arrancar, cuando menos, una palabra a aquel hombre que confirmara su ambición de que se casaría con ella. Nada ansiaba menos lady Gairloch que saberla feliz.
Con esa triste certeza, Rowan redobló su determinación de cumplir sus propios planes, pero antes de eso quería algo más: un pequeño capricho que pensaba darse solo por el gusto de hacerlo y porque, no tenía sentido negarlo, era de sus sueños más acariciados.
Había seguido el rastro de Alec durante toda la noche.
Seguro que él habría tenido más difícil encontrarla entre la multitud, pero para ella había sido relativamente fácil.
Era uno de los hombres más altos de entre todos los presentes y había algo en él, un extraño magnetismo oculto bajo su fachada de desinterés, que la ayudaba a dar con él incluso aunque se encontraba rodeado por mil personas.
Si él estaba cerca, ella lo sentía y podía distinguirlo con una facilidad inexplicable que, sin embargo, su corazón comprendía muy bien.
Fue así como logró atisbarlo no muy lejos del centro del salón, con la mirada perdida entre los bailarines y, tras asegurarse de que sus padres estaban muy entretenidos hablando con unos conocidos, se dirigió hacia él.
***
—No has bailado ni una sola vez.
Alec no se sobresaltó al oír la voz de Rowan porque la había visto acercándose, aunque no estuvo seguro de que era hacia él a quien se dirigía hasta que la observó detenerse a su lado, con la mirada al frente como si no fuera consciente de que estaba allí.
Lo que era una mentira, claro.
—Y tú has bailado mucho —comentó él en respuesta a su comentario.
Lo mismo que ella, no la miró directamente, pero fue muy consciente del calor que despedía y de lo mucho que su presencia perturbaba sus sentidos.
—Me gusta bailar. —La risa vibró en la voz de Rowan—. Pero acabo de recordar que nunca lo he hecho contigo.
—¿No? Será que no hemos tenido oportunidad.
—La tenemos ahora.
Alec se permitió una pequeña sonrisa.
—Eres más valiente aun de lo que pensaba si crees que es buena idea.
—Entonces lo soy —replicó ella—. Por favor, no tendremos otra oportunidad como esta pronto.
—Lo sé.
—Entonces baila conmigo ahora.
—¿No se supone que soy yo quien debería pedírtelo?
Rowan dio un pasito más en su dirección, y entonces Alec no pudo resistirse más a verla a los ojos. Había un brillo travieso en los suyos.
—Quizá. Pero he decidido que, igual que con otras cosas, voy a tener que ser yo quien lo haga. No puedo quedarme esperando para siempre, Alec, así que sácame a bailar.
Alec sonrió. ¿Qué más habría podido hacer con ella mirándolo de esa forma?
Como si lo supiera todo de él, que así era, y adivinara a la perfección que no había nada en el mundo que anhelara más, en ese momento, que tomarla entre sus brazos y mecerse con ella al compás de la música.
Así que, con una inclinación un tanto burlona, le tendió una mano que ella tomó de inmediato y, así, se unieron al resto de las parejas.
¡Y cómo bailaron! Con qué seguridad se abandonó Rowan mientras Alec la guiaba por el salón, recordando las lecciones que le había dado el reverendo Sutherland.
Y cuántas risas tuvieron que ahogar cuando estuvieron a punto de tropezar llevados por el ímpetu y esa felicidad que vibraba dentro de ellos, aunque se esforzaron mucho por ocultarla.
Solo un poco más.
Cuando al fin terminó la melodía, y pese a que ambos habrían dado lo que fuera por continuar juntos, Alec la guio hacia un lado del salón y, con otra reverencia, se apartó de ella, alejándose tras intercambiar una breve mirada tan cargada de significado, tan inflamada de amor que fue sorprendente que el mundo no echara a arder a su alrededor.