El puente de Rowan Capítulo 20
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Capítulo 20

R owan contempló la puerta cerrada de su dormitorio con tal concentración que pareció que intentaba abrirla solo con el poder de su mente, aunque, claro, eso era imposible, tuvo que reconocer para sí con un suspiro cuando empezaron a lagrimearle los ojos.

Se hallaba sentada sobre su cama, con los pies oscilantes a escasos centímetros del colchón. Era noche cerrada y hacía mucho frío, pero, pese a encontrarse poco abrigada y con la chimenea apagada, no se movió de allí.

Tenía que mantenerse firme, por mucho que le costara, si quería dejar en claro su determinación, les gustara a sus padres o no.

El pomo de la puerta se agitó unos minutos después, lo que la puso en guardia; pero, cuando esta se abrió solo lo justo para que tuviera un atisbo del rostro de su hermano, exhaló un suspiro mezcla de alivio y exasperación.

—¿Puedo?

Rowan asintió y él entró del todo, aunque se mantuvo, junto a la puerta entreabierta, con las manos en los bolsillos y el semblante pétreo.

Al parecer, ella no era la única que acababa de recibir la ira de su padre.

—¿Cómo te fue? —preguntó solo por confirmar sus sospechas.

Charles ahogó un suspiro que lo hizo verse mayor de lo que era. Aunque hacía tiempo que su vida disipada había empezado a dejar sus huellas sobre su rostro, parecía que acababa de envejecer diez años en las últimas horas.

—Pagará la deuda —indicó él.

—Eso es bueno.

—Pero tengo que ir a Londres. —Su hermano continuó con una mueca llena de amargura—. Y comprometerme a permanecer todo un año en la Armada.

Rowan hizo un gesto de pesar, aunque no se trataba de algo que no hubiera sospechado.

Cuando, más que convencer, había obligado a su hermano a enfrentar a su padre para confiarle cuál era la verdadera razón de su supuesta enfermedad y qué era lo que lo retenía en casa, supo que aquel sería el resultado natural.

Lord Gairloch llevaba mucho tiempo acariciando la posibilidad de meter en cintura a su heredero, pero no terminaba de decidirse. Semejante transgresión, sin embargo, le ofrecía la excusa perfecta para ello.

—Míralo de este modo —dijo ella intentando imprimir a su voz un tono más animado—: nadie intentará rebanarte el cuello en un barco.

Charles arqueó una ceja.

—Es obvio que nunca has estado en uno.

—Y tú tampoco, así que tal vez no sea tan malo como intentas convencerte a ti mismo.

Su hermano se encogió de hombros y se apoyó contra la pared, mirándola de arriba abajo con expresión insondable.

—Supongo que podría haber sido peor —reconoció—; podrían haberme encerrado.

Fue el turno de Rowan para hacer un gesto de desagrado; la iniquidad de aquello la golpeó con la fuerza de un tsunami.

Aunque no había albergado muchas esperanzas de que su padre se mostrara magnánimo con ella cuando había tomado la decisión de confesar sus sentimientos, resultaba cuando menos injusto que a Charles, que había cometido tantas faltas, se le diera una nueva oportunidad para reformarse, por poco que esta le gustara a él; mientras que, en su caso, había sido confinada solo por reconocer que amaba a alguien a quien sus padres no aprobaban.

No era justo, pero lo cierto era, también, que no era nada que no hubiera esperado.

Aún no sabía qué la había poseído esa noche.

Haber pasado tanto tiempo con Alec, haber disfrutado de sus besos, sus palabras y ver en sus ojos el reconocimiento del amor que sabía que albergaba hacia ella le había dado un valor y temeridad que jamás habría imaginado.

Tan solo con poner un pie en casa, consciente de que todos aguardaban que permaneciera a la espera de los regaños de su madre, para luego seguir como siempre, como una muñeca sin deseos propios sobre la cual decidían a su antojo, algo se rebeló dentro de ella.

No permitiría que sus padres hicieran y deshicieran sobre su vida, y mucho menos estaba dispuesta a continuar recibiendo las atenciones de sir William ni alimentar esa absurda idea de que algún día se casaría con él.

No.

Rowan quería ser libre y pensaba conseguirlo sin importar lo que tuviera que hacer para ello, incluso renegar de su propia familia.

Las cosas, en un principio, no habían salido tan mal como esperaba; la furia de su padre cuando le había confesado que no iba a continuar fingiendo que estaba dispuesta a aceptar alguna vez a sir William como marido porque estaba enamorada de alguien más, alguien que no pertenecía a su círculo social, había sido poco menos que explosiva, igual que la de su madre cuando había llegado a casa y su marido la había puesto en antecedentes.

Entre los dos, la habían machacado a reconvenciones durante tanto tiempo que había sido muy avanzada la noche cuando al fin la habían enviado a su habitación con la amenaza de que, si ponía un pie fuera de ella, tendría que enfrentarse a un destino aún peor.

Entonces Rowan no había discutido y había fingido una docilidad que, esperaba, los hubiera engañado, al menos, por el momento. Estaba física y emocionalmente agotada, y lo único que quería era descansar y pensar en cuál sería su próximo movimiento.

—No puedo creer que le hayas dicho a padre acerca de McRae. —Su hermano continuó tras estudiar su gesto sombrío—. Nunca van a permitirlo.

—No espero que lo hagan.

—¿Y por qué se los dijiste?

—Porque estoy harta de fingir ser alguien que no soy, y que siento cosas que no son verdad.

Charles sacudió la cabeza de un lado a otro y esbozó una sonrisa amarga.

—¿No lo hacemos todos? —replicó.

—No. Alec no lo hace, y tampoco los hombres y mujeres como él, que están acostumbrados a luchar por lo que quieren aunque todo el mundo intente convencerlos de que no valen lo suficiente para ello.

—Y tú quieres ser así.

Rowan elevó el mentón en un gesto desafiante.

—Ya lo soy. Siempre lo he sido, pero solo ahora soy lo bastante valiente para decirlo.

Su hermano suspiró.

—¿Qué es lo que piensas hacer, Rowan? —preguntó él con un tono algo más amable.

—No lo sé.

—Bonita forma de mantener una rebelión.

Ella bufó.

—Sé lo que debo hacer —se corrigió con un tono afilado—, solo que no estoy muy segura de cómo.

—Bueno, si necesitas mi ayuda, más te vale decidirlo pronto porque salgo para Londres en unos días; luego, estarás del todo por tu cuenta, porque nadie más en esta casa moverá un dedo para ayudarte.

Una llama de esperanza se prendió en el pecho de la joven al oír aquello.

—¿Me ayudarás? —murmuró—. ¿Por qué?

Charles se encogió de hombros.

—Porque al menos uno de nosotros debería de tener la posibilidad de ser feliz y, por desgracia, hermanita, algo me dice que ese no voy a ser yo.

***

Alec aguardó a un lado del antiguo edificio que alguna vez había formado parte del complejo de la prisión de Carlton Hill, pero que entonces servía solo para almacenar los pertrechos de los militares que trabajaban allí.

Estaba lo bastante cerca del edificio que albergaba la prisión para tener una buena vista de la entrada, pero suficientemente apartado para no llamar la atención de los guardias.

Dudaba de que fuera buena idea que lo vieran merodeando por allí aun cuando sus intenciones no fueran dignas de sospecha.

Además, no estaba solo.

—¿Cuánto tiempo más crees que tendremos que esperar?

El murmullo de Isobel resonó en su oído y Alec contuvo una mueca de hastío.

Esa debía de ser la décima vez, en la última media hora, que ella hacía esa pregunta.

No la censuraba; suponía que, de estar en su lugar, actuaría igual, pero empezaba a ponerlo nervioso.

Se preguntó si habría sido buena idea invitarla a ir con él a la prisión para aguardar los resultados de las gestiones del rector Thomson, pero, al mirar su semblante ansioso y la forma en que se apretaba las manos ante el pecho, supo que no habría podido hacer nada más.

Isobel estaba angustiadísima por el destino de Robby, y si podía hacer algo para aliviar esa zozobra habría sido un crimen no intentarlo.

Alec estaba a punto de decir que debían de tener un poco más de paciencia, como había repetido ya hasta la saciedad, cuando las puertas delanteras de la prisión se abrieron de golpe.

Primero, vio surgir un par de figuras elegantes del interior y reconoció a una de ellas: era el rector, mientras que la otra...

Alec entrecerró los ojos para observar con mayor claridad y le pareció que podría ser el gobernador, o el director de la prisión, no estaba seguro, pero sin duda debía de ser una autoridad importante porque lo vio dirigirse a los guardias apostados a los lados de la entrada y ladrar, más que decir, algunas órdenes que no pudo descifrar a esa distancia.

Sintió todos los músculos de su cuerpo ponerse tensos por la expectativa, atento a qué sucedería luego, y no tuvo que esperar demasiado.

La mano de Isobel, que seguía lo que ocurría tan atenta como él, se aferró a su brazo con tanto ímpetu que sintió sus uñas enterrarse en su piel, pero no la retiró.

Sabía que estaba asustada, y lo cierto era que él lo estaba también.

Tras el rector y el otro hombre, surgió una sombra que andaba con mucha menor prestancia, y a esa le siguió otra y, luego, otra más.

Al cabo de unos minutos, toda una hilera de unas quince personas que andaban con obvia dificultad salió a la luz del exterior, y Alec dio unos pasos hacia adelante sin ser muy consciente de lo que hacía.

En un principio, le costó distinguir a uno de otro porque todos andaban con la vista gacha y los ojos entrecerrados, como si la luminosidad del día los lastimara luego de permanecer mucho tiempo entre las sombras.

Pero entonces reconoció un cabello rojizo medio apelmazado por la suciedad, y su corazón dio un brinco.

Antes de que atinara a hacer algo, sin embargo, Isobel se le adelantó al echar a correr hacia el grupo y, en lo que pareció un parpadeo, la vio aferrarse a esa figura familiar.

Robby.

Estaba muy lejos para haber podido asegurar cómo se encontraba exactamente su amigo, pero, por la forma en que se aferró a la mujer, dedujo que su estado no podía ser muy malo. Y no pudo menos que sonreír aliviado.

Su mirada se dirigió de inmediato al rector, que seguía lo ocurrido con un rictus de reprobación, aunque, cuando sus ojos se encontraron con los de Alec, esbozó una sonrisa torcida que él no pudo menos que igualar.