Capítulo 19
«E s curioso cómo las circunstancias pueden cambiar tanto en un corto espacio de tiempo», pensó Alec al mirar la puerta ante él.
Solo unas semanas antes había estado allí convocado por el rector para encargarle una misión, y entonces era él quien acudía sin invitación para tratar un tema que no solo podría acarrear un mayor problema para Robby, sino también para él.
De alguna forma, algo le decía que el futuro de ambos estaba en juego.
Aguardó a que sir William lo invitara a pasar y exhaló todo el aire que había estado conteniendo antes de entrar en el despacho y detenerse junto al escritorio del hombre.
—Señor McRae, procure ser breve; tenemos mucho trabajo, como ha de saber. El primer ministro emprende el regreso a Londres el sábado, pero ha aceptado venir para el baile del día anterior que damos en su honor, así que vamos muy ajustados de tiempo.
Alec contuvo una mueca. Semejante muestra de trivialidad se le antojó insoportable visto lo que había ido a decir o, aún peor, luego de lo que había ocurrido en los pasados días, algo a lo que el rector no podía ser ignorante.
Él tenía que saber cómo gran parte de la población había tomado la visita del señor Disraeli y el caos que había asaltado la ciudad, pero no lo mencionó entonces porque lo último que deseaba era empezar esa conversación con una discusión.
—No quiero quitarle mucho tiempo, señor; pero lo que tengo que decirle es muy importante —anunció.
El rector debió de adivinar la seriedad del asunto en su voz, o tal vez fue su rostro el que lo delató, porque asintió con gesto adusto, y pareció verlo realmente desde que Alec había llegado.
Lo invitó a sentarse con un ademán renuente y cruzó las manos sobre la madera pulida del escritorio, y lo alentó a hablar con una mirada.
Alec no se anduvo por las ramas. Sin entrar en detalles con respecto a sus labores en la imprenta, y mucho menos mencionar que habían sido ellos quienes habían imprimido los volantes que habían convocado a la gente a la protesta, le habló de su amistad con Donal y Robby y de como habían ido todos a la manifestación.
—No teníamos mayor intención que unirnos al resto de la gente, señor —explicó sin bajar la mirada—. Creímos que era nuestro deber.
—¿Su deber?
—Como ciudadanos y, en el caso del señor McCallum y el mío, como hombres educados.
El rector hizo un gesto de desagrado.
—Ahora va a decirme que la educación que reciben aquí les ha servido como excusa para disculpar sus actos —espetó.
—Ninguno de nosotros pretende disculparse porque no creo, y estoy seguro de que Robby se encuentra de acuerdo conmigo, que hayamos hecho nada malo. Protestar contra algo con lo que no te encuentras de acuerdo es un derecho.
—¿También lo es atacar edificios públicos, cargar contra policías...?
—Nosotros no hicimos nada de eso, puedo asegurárselo.
Sir William expresó su incredulidad con un bufido.
—Tan inocentes son que el señor McCallum está ahora en Carlton Hill —dijo irónico.
Alec contuvo a duras penas el enfado que le produjo oírlo mencionar con tal ligereza algo que a él y a sus amigos les provocaba tanto dolor. Sabía, porque había pasado horas mentalizándose para ello, que tenía que ser muy inteligente para conseguir lo que había ido a buscar.
Hizo acopio de toda su entereza y recordó las clases que le había dado el señor Fraser, su maestro de Retórica, que siempre hacía hincapié en cómo era más fácil vencer en una discusión aferrándose a la verdad y la elocuencia que dejando que lo dominara la rabia.
—Lo que las autoridades hicieron con Robby y otros que no tuvieron nada que ver en los desmanes fue injusto, y usted debe saberlo; conoce de derecho y de lo que se considera faltas razonables para este tipo de casos.
—Retomó con calma—. ¿Hubo quienes quisieron aprovechar la situación para ejercer violencia?
Temo que sí, y estoy de acuerdo en que deben ser llevados a los tribunales siempre y cuando se les ofrezca un juicio imparcial.
Pero Robby... es un buen estudiante, señor, y proviene de una familia decente que en este momento no tiene cómo saber que su hijo se encuentra en una situación tan terrible sin haber hecho nada para merecerlo.
—Ha protestado contra nuestro primer ministro, señor McRae.
—Las protestas no fueron solo contra él, sino contra todo el Gobierno, y le recuerdo que ninguna ley las prohíbe.
La reacción de la policía fue desproporcionada, aunque supongo que podría disculparse en el momento debido a que las cosas se les fueron de las manos.
Ahora, sin embargo, han pasado varios días y están en la obligación de liberar a las personas que no han tenido ninguna responsabilidad en los desmanes.
El rector entrecerró los ojos y un rictus de malestar asomó a sus labios.
Alec se dio cuenta de que le habría gustado negar todo lo que él acababa de decir, pero, como él había señalado al principio, adelantándose a aquello, se trataba de un hombre con conocimientos de derecho; negar lo evidente habría sido una tontería que no hubiera convencido a ninguno.
Además, y Alec se aferró a esa certeza con todas sus fuerzas, no era un mal hombre. Tal y como había asegurado a Rowan, sir William siempre había mostrado bastante consideración por los estudiantes, incluso enfrentándose al director. Quería creer que sería capaz de hacerlo una vez más.
—Incluso si apoyara todas las cosas que ha dicho, cosa que no hago —indicó el hombre mayor al cabo de un momento, con una mano aferrada a una pluma de plata, lo que reveló una inquietud que se esforzaba por ocultar—, visto que es tan elocuente, señor McRae, ¿por qué no va usted ante las autoridades pertinentes y les dice lo mismo que me ha dicho a mí?
Con seguridad, el gobernador encontrará de lo más interesantes sus palabras.
Alec se permitió una sonrisa burlona.
—Usted y yo sabemos que nunca me oirán, señor —respondió sin vacilar—. Para ellos soy solo un estudiante que ha recibido cierta educación solo por la caridad del consejo; ni siquiera me creerán digno de estar ante ellos.
Fue una forma un tanto dura de decirlo, pero era la verdad.
No pertenecía a una familia de abolengo; en verdad, ni siquiera tenía una.
Era uno más de esos pobres becados de las zonas más apartadas del reino que, para la mayor parte de esa gente, no deberían de haber salido nunca del pueblo miserable de donde provenían.
—Señor McRae...
—Robby no merece esto, señor, es un buen hombre y un estudiante comprometido con la universidad.
Si usted y las otras autoridades no mueven un dedo para ayudarlo en una situación como esta, ¿qué podemos esperar los demás?
—Alec habló con rapidez; la ansiedad se reflejó en su voz y en su rostro cuando se adelantó en el asiento—.
Si usted o el director abogan por él y los otros ante el gobernador, él los oirá.
Sir William exhaló un bufido.
—¿También espera que salga en defensa de los otros? —inquirió.
—De todos los que lo necesiten. Si las más altas autoridades de la universidad no están dispuestas a abogar por los ciudadanos inocentes de esta ciudad, ¿entonces quién lo hará?
Nos educan para ser mejores personas; gente que defienda, de una u otra forma, a quienes más lo necesitan.
No pueden dejarnos a nuestra suerte, menos por congraciarse con un inglés.
Alec sabía que se encontraba muy cerca de cruzar una línea de la que no podría volver en cuanto vio destellar de furia los ojos del rector, pero no bajó la mirada. Después de todo, ambos eran conscientes de que no mentía.
Si las autoridades se habían mostrado tan inflexibles con la gente que habían detenido en la protesta había sido solo porque no querrían dar una impresión de debilidad ante el primer ministro.
Pero Alec quería pensar que, aun cuando esa hubiera podido ser también la intención de los miembros del consejo universitario, saber que uno de sus estudiantes se encontraba entre los afectados los haría cambiar de opinión.
Tenía que ser así.
—Sería una muestra muy respetable de indulgencia el que usted y el resto del consejo abogaran no solo por Robby como su estudiante, sino también por los demás —continuó con un aplomo que habría hecho sentir orgulloso al señor Fraser—.
Estoy seguro de que el primer ministro los admirará.
—De eso último no estaba tan seguro, pero...
Supo que estaba cerca de convencer al rector en cuanto vio que aflojaba un poco el agarre sobre la pluma—.
Todos los estudiantes, y me incluyo, nos sentiremos muy agradecidos por esa muestra de humanidad, señor; por el contrario, si dejan a nuestro compañero y a los otros a su suerte, temo que nunca más podamos confiar en que este es realmente un lugar en el que se valora el saber y la justicia.
—Eso suena a una amenaza, señor McRae.
—Por supuesto que no, señor, jamás me atrevería a tal cosa. Apelo a su generosidad y a la del resto del consejo, eso es todo.
El rector asintió con mucha lentitud; sus cabellos finos, un tanto despeinados, se agitaron como un halo sobre su cabeza, pero no dijo nada de inmediato, y lo único que Alec pudo hacer entonces fue mantenerse erguido, sostener su mirada y aguardar.