Capítulo 18
—C reo que hasta aquí está bien. No quiero que te expongas a la ira de tu padre más de lo necesario.
Alec sintió cierto alivio al ver que Rowan no protestaba y, por el contrario, asentía cuando se detuvo a un par de calles de su casa.
La había convencido de acompañarla hasta los alrededores tan pronto como ella le había confesado que no había llevado a Morag con ella ni había un carruaje esperando en algún punto de la ciudad para acompañarla de vuelta.
Según le había dicho, había estado tan preocupada por él que no había tomado demasiadas precauciones y estaba bastante convencida de que, tan pronto como cruzara la puerta de entrada, recibiría un buen rapapolvo.
Él se habría ofrecido a ir con ella y explicar a su familia el porqué de su conducta, así como asegurarles que había estado a salvo en su compañía, pero tuvo que reconocer que, tal y como había dicho Rowan, aquello solo hubiera empeorado las cosas.
De modo que allí estaban, junto a un frondoso árbol que los ocultaba de las miradas indiscretas, mientras la noche caía sobre sus cabezas y el sonido de unas aves que surcaban el cielo los envolvía hasta que pareció que eran las únicas personas en el mundo; a ese grado desaparecía todo cuando se hallaban juntos.
—¿Estás seguro de que hablar con el rector es una buena idea?
Alec hizo una mueca. Había confesado a Rowan una idea que no dejaba de dar vueltas a su mente y que no se había atrevido siquiera a mencionar frente a Donal e Isobel: hablar con las autoridades de la universidad para que estos abogaran por Robby.
Era una jugada peligrosa porque bien podrían negarse.
Salir en defensa de alguien detenido por haber formado parte de las protestas contra el primer ministro podía ponerlos en una posición complicada; pero, por otra parte, Robby era uno de sus estudiantes, uno que nunca había dado problemas, además. Eso tenía que significar algo.
—Probaré primero con él. Sir William siempre ha velado por los estudiantes; si él no acepta ayudarnos, entonces hablaré con el director —indicó él.
—Sir Alexander, lo conozco; ha ido a algunas cenas en casa de mis padres, no parece un hombre muy acomedido.
—No lo es. Pero haré que me escuche y, no sé cómo, lograré que entienda que no puede dejar a Robby a su suerte.
Rowan dio un paso hacia él; el chal que llevaba sobre los hombros se le deslizó hasta rozar la hierba sobra la que se encontraban, y esbozó una sonrisa triste.
—Parece que el mundo conspira para complicar las cosas, ¿no?
—se preguntó—. Cuando vine aquí lo único en lo que podía pensar era en que deseaba verte.
Creí que el mayor de nuestros problemas sería que tú comprendieras...
—Sacudió la cabeza de un lado a otro, con una sonrisa triste—.
Pero lo único con lo que nos hemos encontrado ha sido una crisis tras otra; primero, lo de mi hermano y, luego, todo esto.
Alec la miró a los ojos. Tardó un momento en responder, no porque no lo ansiara, sino porque no podía encontrar las palabras... No, eso no era cierto. Sabía perfectamente lo que deseaba decir, pero el hacerlo significaría dar un paso del que no podría volver luego.
Aun así, decidió que no podía continuar callando; Rowan había sido muy valiente al ir a buscarlo y exponer sus sentimientos de la forma en que lo había hecho, pese a que él no había dejado de comportarse como un absoluto cobarde.
Tomó una de sus manos con la suya y usó la otra para acariciarle la mejilla. La sintió estremecerse bajo su toque y, no por primera vez, se sorprendió por cuán suave era su piel y por la forma en que cada parte de ella parecía adecuarse a él.
—Nada de lo que ha pasado cambia lo que ocurre entre nosotros, Rowan —susurró inclinando el rostro para hablar sobre sus labios—. No quise aceptarlo antes, pero ahora...
—¿Ahora sí?
Alec sonrió al captar su tono de anhelo. ¡Cuán transparente era! ¿Cómo era posible que una joven a la que habían educado con tantas restricciones pudiera ser tan sincera con respecto a sus sentimientos más profundos?
—Ahora sí —asintió él.
—No será porque no tienes otra alternativa, visto que no he hecho más que acosarte estas últimas semanas.
—Lo cierto es que llevas acosándome prácticamente desde que nos conocimos.
—Ella le dio un golpecito en el brazo y él sonrió aún más, enternecido hasta lo más hondo por el leve rastro de inseguridad que vio en sus ojos—.
Esto no será fácil, Rowan —dijo poniéndose serio de golpe—.
Olvida a tu hermano y a Robby por un momento. Lo que nosotros queremos...
—Queremos lo mismo.
—Sí, pero es posible que no podamos tenerlo.
Alec no se esperó su reacción. En lugar de parecer dolida o enfadada por que lo dijera, se puso de puntillas y posó una mano sobre sus labios; el pulgar le acarició las comisuras de la boca como si intentara alisar las huellas de su inquietud.
—Lo tendremos —afirmó ella con una certeza que pareció retumbar en el corazón de Alec, incrédulo porque le creyó—. Y no, seguro que no será fácil, pero haremos que valga la pena.
Él tragó espeso, arrasado por la necesidad de permanecer así por siempre. Rowan se encontraba tan cerca, lo tocaba con tanta ternura que sintió el amor desbordándose de su pecho.
Acercó aún más los labios a los suyos y la besó.
Llevaba tanto tiempo deseándolo; años durante los cuales la había mirado como si fuera lo más precioso en el mundo y, al mismo tiempo, un tesoro lejos de su alcance. Algo con lo que apenas podía soñar.
Y entonces estaba allí, estremeciéndose entre sus brazos y entregada a la pasión de la que ambos eran presas. Rowan sabía a sal y miel; sus labios parecían albergar todos los secretos del mundo y, al mismo tiempo, ser un reflejo cristalino de sus más profundos sentimientos.
¿Cómo era posible que alguna vez hubiera creído que eran distintos? Si eran lo mismo. El mismo corazón, el mismo aliento. El mismo amor.
Cuando se separaron, guardaron silencio durante lo que pareció un tiempo interminable. Sus ojos, fijos el uno en el otro, como si se conocieran por primera vez y se preguntaran quiénes eran.
—Ve a hablar con el rector. —La voz de Rowan surgió algo débil y agitada, pero tan determinada como siempre—. Aboga por Robby y mantenme informada. Yo... Creo que ha llegado el momento de que tenga una conversación con mis padres.
Él no discutió porque sabía que ella estaba en lo cierto; tenían que desafiar cada uno de esos frentes si soñaban siquiera con tener una oportunidad.
En su lugar, la atrajo nuevamente hacia sí, sosteniéndola por la cintura, y la oyó reír contra sus labios con tantas ganas que terminó riendo también.
Una risa y un beso, y luego otro, y otra risa hasta que, de nuevo, todo lo que no fueran ellos pareció desvanecerse.
***
Luego de que Rowan consiguiera escurrirse por la entrada a las cocinas, subió a su habitación y, tal y como había sospechado que ocurriría, se dio de bruces con Morag, que estaba sentada sobre un arcón con una expresión de angustia que fue rápidamente reemplazada por otra de enfado tan pronto como la vio aparecer.
Pero, antes de que pudiera pensar en alguna disculpa, la criada se le adelantó al ponerse de pie e ir hacia ella con ese paso pesado tan suyo.
—No me digas alguna mentira porque las dos sabemos muy bien dónde has estado —le espetó con el dedo índice levantado.
Rowan suspiró consciente de que no tenía sentido negarlo. Ni Morag se lo merecía ni ella quería ocultar lo que sentía. Las horas pasadas junto a Alec le recordaron por qué estaba allí y por lo que había ido a luchar.
—¿Mi madre si dio cuenta de que me fui? —preguntó.
—Por supuesto que se dio cuenta. Estuvo buscándote para llevarte a visitar a no sé quién, pero le dije que habías salido a dar un paseo con Nell. Salió hace un par de horas y no sé cuándo regresará; supongo que no ha de tardar.
Rowan asintió y dirigió la mirada a la ventana que daba al exterior. Era amplia y diáfana, y las cortinas que la cubrían estaban levemente corridas. Pudo notar que la noche casi había caído del todo.
—¿Y mi padre?
—En su despacho desde media tarde, más o menos. —Morag la encaró con un gesto impetuoso—. ¿Por qué haces tantas preguntas cuando eres tú quien debería responderlas?
La joven hizo como si no hubiera oído eso último.
—Supongo que Charles está en su habitación —continuó.
—Supones bien, pero no sé por qué... ¿A dónde vas? Quédate para que te ayude a cambiarte; tal vez puedas convencer a tu madre de que llegaste apenas ella se fue... Muchacha, ¿qué estás haciendo?
Una vez más, Rowan fingió no oírla, o tal vez no lo hacía del todo porque, luego de dirigirle una sonrisa cálida pero ausente, abandonó la habitación y se dirigió a la de su hermano. Tocó un par de veces y entró sin aguardar respuesta.
Charles estaba tendido sobre su cama en la misma posición en la que llevaba días viéndolo, y la asaltó una mezcla de afecto y furia por que fuese capaz de desperdiciar su vida de aquella forma y los muchos privilegios con los que había nacido en lugar de enfrentar las consecuencias de sus errores.
Pero ella iba a dar fin a eso.
—Levántate —ordenó antes de que él se hubiera recuperado de la sorpresa que debió de provocarle su abrupta llegada—. Mamá no está en casa y papá se encuentra en su despacho; tenemos que aprovechar para hablar con él.
Charles frunció el ceño.
—¿Hablar de qué?
—De la verdad.
—Rowan...
Ella no le permitió discutir. Fue hacia él y le tendió una mano mientras una enigmática sonrisa danzaba en sus labios.
—Vamos, tú puedes hablar primero. Te prometo que, cuando él sepa lo que tengo para decir, es posible que tus faltas le parezcan muy pequeñas.